
“Fue un enamoramiento de la pichula, no del corazón”, escribió Mario Vargas Llosa en un cuento, en 2020. Y ahí quedó la frase. El que hablaba no era el Premio Nobel peruano, fallecido el 13 de abril del año pasado, a los 89 años, sino un personaje, un hombre grande, muy grande, perdido en su propia ciudad y que mientras da vueltas tratando de volver a casa, repasa su vida. Un cuento, ficción: no pasó nada. Hasta que, en 2022, el escritor se separó de Isabel Preysler, que era su mujer. Y muchos ojos corrieron a releer el cuento. ¿Había sido un enamoramiento de “la pichula”? ¿El escritor, como el personaje, se arrepentía de haber dejado a su mujer de toda la vida por ese impulso?

Los Vientos
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Eso leímos en 2022. Pero había más y, creo yo, había cosas más importantes en ese cuento, que se llamó Los vientos. Ese personaje se parecía mucho a Vargas Llosa: había sido periodista, vivía en Madrid, miraba el mundo parecido y algunas de sus opiniones políticas coincidían. Y tenían más o menos la misma edad, aunque el cuento transcurre en el futuro. El hombre tiene cien años, el cuento ocurre en un futuro en que Mario Vargas Llosa -fallecido el 13 de abril de 2025- habría alcanzado el siglo.
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No se tenía piedad el escritor peruano. En el cuento, ese hombre se pierde en su propia ciudad. Da vueltas, se hace encima. Anda largando gases (de ahí el título del relato). Esa es la imagen que pinta Vargas Llosa de un hombre viejo. Más viejo que lo que él era en el momento de escribirlo, es cierto.
Asi empieza el relato, de entrada: “Fui a la manifestación por la clausura de los cines Ideal, en la Plaza de Jacinto Benavente y, apenas acababa de comenzar, me sobrevino uno de esos vientos intempestivos que ahora me asaltan con frecuencia”. Por suerte, dice, alrededor nadie se dio cuenta. O eso cree. Pero debe tener razón porque eran “ruinas humanas como yo”.
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Su memoria, describe, es una “legañosa ciénaga”. Ni que hablar ahora, que no se acuerda de su dirección y es un hombre desorientado que no puede dejar de soltar “vientos”. Una tristeza de imagen.
Mirar desde la vejez
Pero el que escribía este cuento era Mario Vargas Llosa, no se crean que iba a dar lástima. Ese personaje, que se reconoce conservador y se describe muy deteriorado, opina sobre el mundo que ve y no escatima crueldad.
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Ve que se cierran cines y librerías, ve que el sexo perdió espacio, que las guerras están a la orden del día. Ve que la literatura escrita por humanos ha sido reemplazada por la que hace la Inteligencia Artificial. “La vida sin librerías, sin bibliotecas y sin cinemas, es una vida sin alma. Si eso es el progreso, que se lo guarden donde el sol no les alumbre”, dice el personaje. Sabe que los libros están digitalizados pero no lo convence, no le alcanza.

Ni que hablar, con las artes plásticas: “¿No están acaso digitalizados los cuadros y esculturas que hay en ellos? Sin duda esa es la razón de que tan poca gente los visite. Incluso el Prado, que solía estar siempre lleno, sobre todo en los veranos. Mucha gente prefiere ahora ver los cuadros en las pantallas, igual que Osorio. ¡Como si fuera lo mismo ver a un Goya o a un Velásquez o a un Rembrandt originales que en la imagen de una computadora! "
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“En cuanto a la libertad, creo, hoy día –mañana puedo haber cambiado de opinión- que ha desaparecido enteramente de nuestras vidas”. Este era Mario Vargas Llosa a pleno, mirando el mundo. Era Mario Vargas Llosa diciendo que desde este punto de la vida se puede decir que hay cosas que van muy mal.
Era Mario Vargas Llosa hablando, desde su experiencia, del presente que veía y que protagonizaba. El que se decía liberal-liberal pero no se dejaba pegar ninguna etiqueta conservadora. El Mario Vargas Llosa parecido a sí mismo. Hagan memoria: en 2019 escribió un artículo que tituló “La capitana Rackete, candidata al Nobel”, Hablaba de Carola Rackete, la mujer que rescató a 40 inmigrantes que andaban a la deriva por el Mediterráneo y los llevó a Italia. ¿La aplaudieron? Bueno, no: la metieron presa y la declararon “peligrosa para la seguridad nacional”, aunque la soltaron a los cuatro días. Vargas Llosa se las tomó contra Matteo Salvini, el hombre fuerte del gobierno italiano. “Cuando las leyes, como las que invoca Matteo Salvini, son irracionales e inhumanas, es un deber moral desacatarlas, como hizo Carola Rackete”, escribió. Ponía la moral y la humanidad por arriba de las leyes. “La joven alemana ha violado una ley estúpida y cruel, de acuerdo con las mejores tradiciones del Occidente democrático y liberal”, escribió entonces. Si la ley es estúpida y cruel.. ¿hay que acatarla?
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No tenía 15 años Vargas Llosa cuando hizo eso. Tenía 83. Y porque tenía 83 ya había visto y pensado y cambiado de idea y vivido con nuevas ideas. Y ya sabía que envejecer es cambiar pero también -y mucho- ver cambiar el mundo alrededor de uno, empezar a ser un poco extranjero en ese mundo nuevo. Y, como les pasa a los extranjeros, tener que revalidar la residencia, demostrar que se está acorde, mostrar la visa muchas veces. Y desde ahí, hablaba: este hombre deteriorado pero con una vida atrás decía que cuidado con el entusiasmo tecnológico. Saludaba los avances en salud. Pero decía que ojo con perder el alma.
En Los vientos, Mario Vargas Llosa se permitió plantarse como un hombre mayor que evalúa el presente, que aprueba algunas cosas, que rechaza muchas. Nada salió como él había pensado pero ¿qué salió como alguien había pensado? Vargas Llosa le sacaba punta a la vejez en un cuento que a cada rato da cosas nuevas para pensar.
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