
La vejez en América Latina y el Caribe -y en todo el mundo- tiene un rostro innegable: de mujer. Somos testigos y protagonistas de un triunfo demográfico maravilloso: en pocos años hemos sumado décadas para vivir y disfrutar. Hoy llegar a ser longevos ya no es la excepción, sino una experiencia colectiva. Pero para pensar esta etapa es fundamental incorporar un concepto que la define: la “feminización del envejecimiento”.
Este concepto expresa el cruce de dos realidades. La primera es demográfica: en los grupos de mayor edad, y de forma acentuada a partir de los 80 años, hay más mujeres que hombres. En la llamada “cuarta edad”, la feminización se vuelve extrema: en Argentina, según datos del Censo 2022, en el grupo de 85 años y más había 228 mujeres por cada 100 varones.
La segunda realidad —la que invita a la reflexión y convoca a la acción— es estructural: muchas mujeres llegan a la vejez arrastrando desventajas sociales y económicas acumuladas a lo largo de su trayecto vital. Por eso, la feminización del envejecimiento no describe solo cuántas mujeres hay en edades avanzadas; describe cómo llegan. El concepto es, en esencia, la cristalización de una deuda social, pero también un llamado de atención a tiempo para las Silver, aquellas que hoy transitan la mediana edad.
Longevidad desigual
A lo largo de la vida, muchas mujeres tuvieron trabajos informales o trayectorias intermitentes, en buena medida porque asumieron la mayor parte del trabajo doméstico no remunerado y de cuidados, que según el INDEC representa cerca del 16% del Producto Bruto Interno (PBI) de Argentina. La desigualdad de género estructural en la distribución de las tareas de cuidado fue un “costo oculto” que se tradujo en salarios más bajos —o directamente inexistentes—, menos aportes, menos pensiones y menos ahorros, resultando en una mayor vulnerabilidad económica en la vejez.
A esa desigualdad se sumó otra brecha silenciosa: la educación financiera. Para muchas mujeres, entender o pensar en plata no formó parte del “manual de ser mujer”. Y sin herramientas para decidir sobre el dinero, el margen de autonomía se achica justo en una etapa donde debería ampliarse.
La paradoja del cuidado
Porque viven más, las mujeres suelen pasar más años con enfermedades crónicas o limitaciones funcionales, lo que puede extender el período de dependencia en la vejez. Y, paradójicamente, al mismo tiempo, muchas siguen siendo cuidadoras: de sus parejas, de hijos adultos con discapacidad o de nietos.

En esa combinación —más años de vida, más años de cuidado— aparece una realidad que la sociedad suele romantizar, pero que en la vida real cansa.
La oportunidad de las mujeres silver
La generación de mujeres que hoy transita la mediana edad tiene una oportunidad única. Es la primera en la historia con la posibilidad real de proyectar y planificar una vida que puede extenderse tres o cuatro décadas después de la menopausia.
Esta nueva madurez exige una nueva narrativa sobre la vejez femenina y, sobre todo, decisiones concretas con mirada de futuro. Entender las desigualdades acumuladas permite corregir parte del rumbo “a mitad de camino” y usar el tiempo a favor.
Se habla mucho —con razón— de ejercicio y alimentación. Pero si el objetivo es llegar con más autonomía, la planificación tiene que ser integral. Y acá aparecen tres ejes muy concretos, a considerar.
Educación financiera: la autonomía se entrena antes
El primero es la educación financiera: entender ingresos, aportes, jubilación, ahorro e inversión básica, y fortalecer defensas contra fraudes. No es “hablar de plata”: es pensar en autonomía por adelantado.

Cuando una mujer aprende a decidir cómo usar su dinero y su patrimonio —aunque sea mínimo— deja de delegar su futuro en el azar -o el criterio de sus descendientes- y puede empezar a construir un piso de seguridad propio. Cuanto antes, mejor.
Del mandato de cuidar al derecho a organizar el cuidado
El segundo eje es repensar el rol de cuidadora. Pasar del mandato silencioso a acuerdos explícitos, redes de apoyo y alternativas posibles antes de que llegue la urgencia.
El cuidado puede seguir siendo amor, pero necesita organización para no convertirse en sobrecarga crónica. La pregunta no es solo “¿quién cuida?”, sino “¿cómo se cuida?”.
Invertir en el capital de vínculos
El tercer eje es construir con trabajo, conciencia y constancia un “capital de vínculos” para la vejez: comunidad, amistades y redes que sostengan y contengan.
En la vejez femenina, con frecuencia serán otras mujeres quienes acompañen, orienten y hagan de puente. En una vida larga, la red no es un adorno: es infraestructura emocional y práctica que se construye en las décadas previas. Cuantas más, mejor.
Realismo, sí. Acción y decisión, también
Ser realistas no implica resignarse. Existen desventajas estructurales, sí, pero las mujeres Silver hoy tienen una ventana decisiva para influir en cómo será su vejez.
Este es el momento para aprender lo que no se enseñó, negociar lo que antes se aceptaba, organizar lo que se postergaba y sostener redes donde antes había soledad para cambiar lo que antes era el pronóstico. La longevidad femenina es un fenómeno social, pero sobre todo, un proyecto personal que puede traducirse en más años de decisión, libertad y presencia.
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