
En la esquina de Brown y Balcarce, en pleno barrio Pichincha de Rosario, el Comedor Balcarce se ha consolidado como un emblema de la ciudad a través del tiempo, sus personajes y las anécdotas del lugar. Con más de seis décadas de historia, el bodegón es célebre por sus platos abundantes, su ambiente familiar.
Ahora con la figura entrañable de Carlos Vidosevich, un cliente habitual de 82 años que, sin proponérselo, se ha convertido en influencer en las redes y anfitrión espontáneo de la tradicional fiesta de San Carlos.
En el centro de esta historia está el carlito, el sándwich tostado de jamón, queso y kétchup, que reina como símbolo gastronómico rosarino. Pero antes, un viaje en el tiempo.
Historia y legado del Comedor Balcarce
El 1 de abril de 1961, Secundino Santarelli decidió cambiar de vida. Venía de Chabás, del campo, donde la tierra ya no daba lo suficiente. Un amigo —el fundador del bar Victoria— le había dicho que en Rosario había trabajo. “Jugátela, Secundino”, le aconsejó. Y él se la jugó.

Compró un fondo de comercio en Balcarce, un viejo almacén de un gallego apodado El Baturro. Era un despacho de día, almacén de noche. En los mostradores de madera se mezclaban el olor del vino y la harina, los saludos de los ferroviarios y los obreros de Fric Rot, la fábrica vecina que nunca dormía. Venían a cobrar, a tomar algo, a conversar.
Con el tiempo, empezaron a pedirle un plato caliente. Entonces entró ella, la abuela. Compraron una cocina a querosén y nació el comedor. Milanesas, costeletas, hígado, sopas para el invierno. Ese fuego fue el principio de todo.

De ese gesto sencillo —dar de comer— nació Comedor Balcarce. Hoy, Fernando, el nieto de Secundino, mantiene encendida esa historia. “Somos tercera generación”, dice. “Quedamos pocos en Rosario que sigamos con el lazo familiar. Pero hay algo que no se corta: la esencia”.
El Rosariazo y un apodo a través del tiempo
El Comedor Balcarce fue testigo de años convulsionados. Era 1969, plena efervescencia política y social. Los habitués comenzaron a llamarlo “El vómito”, un apodo nacido del exceso y la resistencia.

En los días del Rosariazo, cuando la ciudad era escenario de marchas, barricadas y gases lacrimógenos, el local se llenaba de obreros, estudiantes y curiosos que buscaban refugio, comida y conversación.
Entre vasos de vino y olor a querosén, las discusiones se mezclaban con el ruido de la calle. Algunos decían que el nombre surgió porque el comedor era el punto donde “se vomitaba la bronca” contra la dictadura de Onganía; otros, simplemente, porque allí se desbordaba todo: el hambre, la rabia y la necesidad de seguir.
Los estudiantes, en busca de un nuevo punto de encuentro, colmaron el Balcarce y, ante la generosidad de las porciones, bautizaron al lugar con ese nombre de manera afectuosa.

Con el tiempo, el sobrenombre se popularizó y se convirtió en una seña de identidad que traspasó generaciones y fronteras. Actualmente, la tercera generación de la familia Santarelli, con Fernando Santarelli al frente, mantiene vivo el legado y la esencia del comedor, que sigue siendo un punto de referencia para vecinos y visitantes.
Carlos Vidosevich y la fiesta de San Carlos
Carlos Vidosevich, conocido por todos como “Carlitos”, es mucho más que un cliente habitual. Nacido en Pavón Arriba y de ascendencia croata, llegó a Rosario de joven y desarrolló su vida laboral en el rubro textil, fabricando ropa y vaqueros bajo marcas reconocidas.
Tras dejar la actividad hace unos años, Carlos encontró en el Balcarce y en el club Provincial —donde juega al tenis casi a diario— un espacio de pertenencia y socialización.

Aunque se resiste a definirse como influencer, su presencia en redes sociales y su carisma lo han convertido en una figura reconocida, especialmente durante la celebración de San Carlos, donde fue el anfitrión, vestido de rey.
La fiesta de San Carlos Borromeo, que se celebra cada 4 de noviembre, fue una novedad para el comedor, un puntapié para pensar en la historia del carlito rosarino. Es que el Balcarce se llenó de vecinos y parroquianos que compartieron la mesa, el brindis y el infaltable carlito, bajo la atenta mirada de Carlos.

A pesar de los cambios en el barrio Pichincha y el paso del tiempo, el Comedor Balcarce mantiene su esencia como punto de encuentro popular, donde la historia, la gastronomía y las personas se entrelazan. Para Carlos, la vida sigue en movimiento: la rutina diaria, los paseos junto al río y la necesidad de estar en contacto con los demás son parte de su vitalidad, esa que lo impulsa a no quedarse quieto y a seguir siendo parte activa de la historia del Balcarce.
El carlito: origen y patrimonio cultural
La singularidad del carlito radica en el uso del kétchup, un ingrediente que, según los habitués, marca la diferencia respecto a otros sándwiches similares. “El kétchup que le ponemos nosotros acá a los rosarinos, ¿no? No sé por qué otro no le gusta, pero cuando viene a Rosario lo vuelve loco”, afirma Vidosevich, quien defiende con orgullo la receta local.

La tradición lingüística también tiene su lugar: la palabra carlito, cuando se refiere al sándwich y no a una persona, se escribe con minúscula, siguiendo la recomendación de la Fundéu Argentina y los diccionarios de americanismos.
El carlito nació en Rosario, entre el olor a pan tostado y el bullicio de una esquina que nunca dormía. Fue Rubén Ramírez, dueño de la chopería Cachito, en Maipú y Pellegrini, quien en 1953 improvisó un sándwich que terminaría convertido en emblema.
Untó manteca sobre pan de miga, agregó jamón, queso y una inesperada capa de kétchup. Lo llevó a la tostadora y esperó. Cuando el pan crujió y la mezcla de sabores se fundió, sin saberlo, había inventado un clásico.

Sin “s” final, el carlito se volvió parte del habla rosarina y del paisaje gastronómico de la ciudad. En 2014, el Concejo Municipal lo reconoció como patrimonio cultural, aunque su verdadero valor ya estaba escrito en las barras, los bares y las madrugadas donde se repite, una y otra vez, la misma receta simple y perfecta.
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