
Un académico de la Universidad de Sídney leía un informe de Deloitte, publicado en julio de 2025 para el gobierno australiano, cuando encontró la cita de un libro firmado por una colega suya. La conocía. Ese libro no existe. La cita falsa destapó un informe de AUD 440.000 (dólares australianos) con decenas de fuentes inventadas, entre ellas una jueza que tampoco existe: una fusión de los nombres de dos personas reales, una jueza y una académica. La firma terminó devolviéndole AUD 98.000 al gobierno. Fue el primero de cuatro casos, no el único.
En los nueve meses siguientes, el mismo patrón se repitió en EY, en KPMG y en PwC, siempre destapado por el mismo detector de textos generados por IA. Las cuatro son las firmas que hoy le cobran a medio mundo corporativo por enseñarle a adoptar inteligencia artificial de forma responsable.
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Las cuatro grandes repitieron el mismo error, una por una
En diciembre de 2025, EY Canadá publicó un informe sobre fraude en programas de fidelización que citaba un supuesto reporte de McKinsey sobre la industria de puntos de lealtad. Ese reporte de McKinsey no existe.
GPTZero, la empresa que detecta texto generado por IA y que destapó los cuatro casos, rastreó el origen de la cita: un blog de finanzas de segunda línea había inventado esa misma fuente meses antes, y la herramienta de investigación de EY copió la alucinación ajena sin verificarla. La empresa bajó el informe de su sitio.
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En octubre de 2025, KPMG publicó un estudio sobre inteligencia artificial agéntica que incluía 45 citas, pero solo cinco remitían a fuentes reales. En uno de los casos, el documento utilizaba un comunicado de 2019 de la ferroviaria japonesa JR East para sostener que la empresa ya empleaba agentes de IA en recomendaciones de viaje. Sin embargo, el texto original no mencionaba la inteligencia artificial y esa tecnología, en su forma actual, recién comenzó a llegar al mercado en 2024.
La inconsistencia más llamativa aparecía en una referencia a una supuesta “investigación de KPMG”, según la cual el 55% de los CEO consideraba la IA una prioridad de inversión. El informe real de la consultora sobre ejecutivos, publicado ese mismo mes, situaba el porcentaje en 71%. Es decir, KPMG no solo incluyó fuentes dudosas, sino que también habría citado de forma incorrecta uno de sus propios estudios.
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Una investigación de GPTZero publicada a fines de julio reveló que PwC Medio Oriente había promocionado, en un informe de 2025, un producto propio llamado Citizen Pulse, asegurando que los gobiernos de Dinamarca, Arabia Saudita, Estados Unidos y Australia ya lo usaban.
Sin embargo, GPTZero no encontró rastro de que ese producto exista fuera del propio informe. PwC parece haber inventado un producto y cuatro clientes de gobierno para venderlo.
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El problema no es que usen IA, es que no la revisan
De las cuatro, solo Deloitte reconoció haber usado inteligencia artificial para producir su informe y pidió disculpas. EY dijo que estaba revisando las circunstancias de la publicación y PwC señaló que estaba actualizando citas. Ninguna de las tres explicó cómo productos inventados, citas fabricadas y estadísticas que se contradicen con sus propios estudios pasaron el control de calidad que cada una promete aplicar antes de publicar.
El problema ya no se limita a los informes en PDF. GPTZero puso a prueba Perplexity, ChatGPT y Gemini —herramientas que estas consultoras promueven dentro de sus servicios de transformación digital— y comprobó que los tres sistemas presentaban como verdaderos datos falsos incluidos en un documento de PwC.
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El resultado expone un efecto en cadena: una información inventada por un modelo puede incorporarse a una publicación y, más tarde, ser reutilizada por otros chatbots como si proviniera de una fuente confiable.

Alex Cui, cofundador de GPTZero, lo resumió sobre el caso de PwC: la desinformación corporativa gana “una autoridad que no merece”.
PwC, la red que protagonizó el caso más reciente, opera en 136 países y emplea a 370.000 personas. Estas son las firmas en las que gobiernos y empresas de medio mundo confían para tomar decisiones sobre inteligencia artificial.
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Cualquier empresa que haya usado uno de estos informes para justificar su propio presupuesto de inteligencia artificial tomó esa decisión sobre datos que nadie, del otro lado, se tomó el trabajo de confirmar.
Lo que venden estas firmas no es información: es la garantía de que alguien ya la revisó por vos. Ese es el producto completo. Cuando esa revisión no existió, lo que queda es una marca de tres letras estampada sobre una alucinación.
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Cuando una consultora te cobra por enseñarte a adoptar la IA con responsabilidad, lo mínimo que debería poder mostrar es que ella misma sabe usarla así. Cuatro de cuatro, todavía no lo mostraron.
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