Estados Unidos enfrenta este lunes a Bélgica por los octavos de final de la Copa del Mundo de 2026. Si avanza, llegará a cuartos por segunda vez en la era moderna y lo hará en casa, en medio de audiencias récord y de un renovado interés por el fútbol masculino, según The Athletic.
El triunfo ante Bosnia reunió a 33,5 millones de espectadores, una audiencia que superó a las Finales de la NBA de 2026 y que, de acuerdo con la publicación, habría quedado entre los cinco eventos televisivos más vistos de 2025.
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La diferencia con 2002 es el escenario: esta vez sería en suelo propio, con estadios llenos, reuniones masivas para ver los partidos y un deporte con mayor presencia cultural que hace 24 años.
Seattle como punto de inflexión
El comisionado de la Major League Soccer (MLS) Don Garber recordó a The Athletic una escena de 2009 en Seattle, durante el partido inaugural de los Sounders en la liga.
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Al ver a decenas de miles de aficionados, la marcha hacia el estadio y las tribunas teñidas de verde, entendió que la percepción sobre el potencial del fútbol en Estados Unidos podía cambiar.
“Por primera vez dije: esto es, acá tenemos algo”, afirmó Garber. “Si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, con los dueños correctos, en las ciudades correctas, en los estadios correctos, vamos a descifrar ese código”.
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Esa intuición, sostuvo The Athletic, se tradujo en hechos. El éxito de Seattle ayudó a vender franquicias de expansión en Montreal, Orlando, Nueva York, Atlanta, Minnesota, Los Ángeles y otros mercados, mientras la MLS ampliaba su presencia e infraestructura y le dio al deporte una permanencia que antes no tenía en el país.
Sobre esa base se montó el Mundial de 2026. Por eso, que un cruce de octavos de final se juegue a orillas de la bahía de Elliott aparece como una continuidad en una ciudad vinculada al fútbol estadounidense desde la North American Soccer League en los años sesenta y reforzada por la liga local en la década de 2010.
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El propietario de los Sounders Adrian Hanauer resumió esa idea ante el medio: “Toda la historia futbolística de Seattle es, para mí, el polvorín sobre el que explotó esta pasión reciente”.
Después añadió una advertencia más pragmática: terminado el Mundial, volverá “el trabajo duro” para mejorar la liga, atraer más aficionados y convertir el interés por el torneo en seguimiento del campeonato local y en mayor participación en el deporte.
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El peso generacional del partido
Dentro del plantel de Estados Unidos, el peso simbólico del partido también quedó claro. El mediocampista Tyler Adams tenía apenas tres años cuando la selección de 2002, con Landon Donovan, Brian McBride y DaMarcus Beasley, alcanzó los cuartos de final en Corea del Sur. Danielle Reyna estaba embarazada de Gio Reyna y el defensor Alex Freeman ni siquiera había nacido.
Esa distancia generacional explicó parte de la carga de este torneo. No hubo una generación entera de aficionados con recuerdos de aquella campaña: esa misma generación está ahora en la cancha y todavía intenta alcanzar una marca que la selección masculina no repitió en casi un cuarto de siglo.
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Según The Athletic, ese grupo creció con la etiqueta de “generación dorada”. Se formó en un fútbol más globalizado, con redes internacionales de observación, más acceso a academias profesionales y experiencias de club en escenarios más altos que los de cualquier camada anterior de jugadores estadounidenses.
El recorrido de Christian Pulisic abrió puertas en Europa a edades más tempranas, y los pasos de futbolistas estadounidenses por clubes como Schalke, Dortmund, Chelsea, Milan y Juventus mostraron avances.
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El problema, planteó el texto, es que ese progreso en el nivel de clubes necesita un momento mayor para trasladarse a la estructura del deporte dentro del país.
Adams lo explicó así: “Como equipo queremos dejar nuestra marca en el juego y un legado. Quiero que sea más que lo que este momento ha creado y la expectativa que lo rodea. Si dentro de dos años seguimos hablando del equipo y del éxito que tuvo, entonces habremos hecho algo bien”.
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Qué puede dejar el Mundial de 2026
El entrenador Mauricio Pochettino vinculó esa ambición con una pregunta que repitió como consigna: “¿Por qué no nosotros?”.
La formuló después de estar en Columbus, Ohio, en un partido universitario de fútbol americano entre Texas y Ohio State en agosto de 2025, cuando observó un estadio con 107.524 personas y se preguntó qué hacía falta para que el soccer convocara cifras parecidas.
Más tarde, ya durante el Mundial, lo expresó en estos términos: “Mi pregunta era: ‘¿Por qué no?’. Si los aficionados son muy apasionados, ¿por qué no están con nosotros, con el fútbol? Si el pueblo estadounidense empieza a mostrar pasión también por nuestro deporte... Ese es el legado más importante, la conexión entre el equipo, la selección nacional y los aficionados. No es ganar el Mundial”.
El punto de fondo es que el fútbol ya dejó de ser un deporte periférico en Estados Unidos, pero la popularidad sigue fragmentada.
La Premier League amplió su alcance a través de NBC; series como Ted Lasso y Welcome to Wrexham lo acercaron a la cultura popular; la Liga MX siguió como la competencia más vista por televisión en el país; la cobertura de la Champions League de CBS ganó proyección global en redes sociales; y tanto la NWSL como la selección femenina mantuvieron una popularidad alta.
Lo que siguió sin resolverse fue cómo transformar ese mapa disperso en una fuerza más estable para el fútbol masculino dentro del mercado deportivo estadounidense.
Hanauer fue directo cuando le preguntaron cómo convertir a los espectadores del Mundial en seguidores permanentes: “No creo que tengamos la respuesta”.
La MLS ya aprobó un cambio de calendario y de estructura de competencia que entrará en vigor en 2027 para promover más partidos con peso deportivo y asumir un papel más activo en el mercado global de transferencias.
Pero, según el artículo, la modificación que muchos consideran más importante, la de las reglas de plantel para competir mejor, todavía no se concretó.
Garber dijo que desde 2018, cuando Estados Unidos, Canadá y México recibieron la organización del torneo, la liga se concentró en el “trabajo fundacional” previo a este verano y sostuvo que ese objetivo ya se cumplió por completo.
El siguiente paso, añadió, consistió en ofrecer un producto local que conecte con el interés que el país ya demostró tener.
“El rating del partido de Estados Unidos fue equivalente al de las Finales de la NBA. Hay gente en este país que ama este juego si le das el entorno y el producto por el que puede interesarse”, afirmó Garber al diario.
El artículo situó este momento en una secuencia de avances graduales: el Mundial de 1994, la creación de la MLS en 1996, la llegada de David Beckham en 2007 y el impacto de los Sounders en 2009.
En esa serie, una victoria estadounidense en Seattle sería otro escalón. Garber lo resumió con una frase breve: el Mundial “no es una bala de plata”.
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