
La creciente popularidad de los saunas en todo el mundo responde a la búsqueda constante de métodos eficaces para mejorar la salud y el bienestar físico. Numerosas personas han incorporado el uso de saunas a sus rutinas, especialmente tras el ejercicio, con el objetivo de optimizar la recuperación muscular y, en algunos casos, prolongar la esperanza de vida. El atractivo de estas prácticas radica en que el aumento controlado del calor ambiental desencadena una variedad de efectos positivos en el organismo: entre ellos, la disminución de la presión arterial y la reducción de la inflamación, dos factores estrechamente ligados a la prevención de enfermedades cardiovasculares y crónicas. Destacados especialistas, como el cardiólogo finlandés Dr. Jari Laukkanen, han realizado investigaciones exhaustivas que apuntalan estos beneficios, consolidando al sauna como un recurso respaldado por la ciencia.
No obstante, la realidad es que el acceso a un sauna sigue estando fuera del alcance de la mayoría de la población. Ya sea por cuestiones de costo, espacio o disponibilidad, pocas personas pueden disponer de este tipo de instalaciones en su hogar o en su entorno cercano. Ante esta limitación, surge una pregunta lógica: ¿existe una alternativa igual de eficaz, pero más accesible, para obtener los efectos positivos que aporta la exposición al calor? En muchos hogares, un baño caliente resulta mucho más fácil de realizar y no requiere inversiones adicionales. Esta diferencia de accesibilidad motivó a un equipo de investigadores a indagar si un baño en jacuzzi podría igualar —o incluso superar— los resultados de el sauna en términos de salud.
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Para responder a esta interrogante, científicos de la Universidad de Oregón llevaron a cabo un estudio comparativo de tres formas de terapia de calor: el sauna tradicional, el calor seco y la inmersión en un jacuzzi. La investigación, publicada en el American Journal of Physiology, fue pionera en analizar de manera directa y sistemática los efectos de estas tres modalidades en una muestra poblacional homogénea. El equipo, liderado por la estudiante de doctorado Jessica Atencio bajo la supervisión del profesor Christopher Minson, seleccionó a 10 hombres y 10 mujeres jóvenes, todos físicamente activos y con edades entre los 20 y los 28 años. El objetivo era aislar las respuestas fisiológicas a cada método de calentamiento y obtener conclusiones sólidas en un grupo sin condiciones preexistentes.
Durante el experimento, los investigadores monitorizaron parámetros clave como la temperatura corporal, la presión arterial, la frecuencia cardíaca, el gasto cardíaco —definido como la cantidad de sangre que bombea el corazón por minuto—, así como diferentes marcadores sanguíneos e inmunológicos. Se tomaron registros antes, durante y después de exponer a los participantes a cada modalidad de calor: inmersión en jacuzzi, calor seco y sauna de infrarrojo lejano. La rigurosidad del diseño permitió comparar con precisión los efectos inmediatos y posteriores de cada tratamiento térmico.
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Los resultados arrojaron datos reveladores sobre las diferencias fisiológicas entre las tres modalidades. De acuerdo con el equipo de Oregón, la inmersión en agua caliente fue la que generó el mayor incremento en la temperatura corporal central de los participantes. Este aumento, considerado el principal estímulo fisiológico para desencadenar respuestas benéficas, se traduce en un mayor flujo sanguíneo. La fuerza con que la sangre circula por los vasos es vista como un factor positivo para la salud vascular, ya que puede favorecer la elasticidad de las arterias y facilitar la eliminación de desechos metabólicos. En contraste, tanto el sauna como el calor seco produjeron aumentos menos pronunciados en la temperatura corporal central, lo que sugiere que el agua caliente tendría una ventaja significativa desde el punto de vista fisiológico.
Una de las diferencias más notables identificadas por los investigadores fue la respuesta inflamatoria tras cada tipo de exposición al calor. Aunque en todos los casos se tomaron muestras de sangre para analizar biomarcadores, únicamente la inmersión en jacuzzi provocó una respuesta inflamatoria medible, caracterizada por el aumento de citocinas y cambios en las poblaciones de células inmunitarias. Según explicó Jessica Atencio, esto se debe a que el cuerpo tiene mayores dificultades para disipar el calor cuando está sumergido en agua, ya que los mecanismos de sudoración y enfriamiento resultan poco eficaces bajo estas condiciones. De esta manera, el organismo experimenta una sobrecarga térmica más intensa, lo que desencadena reacciones inmunológicas específicas.
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En cuanto a la seguridad y la efectividad de la termoterapia, los expertos consultados mantienen una postura cautelosa. Christopher Minson, con más de dos décadas de experiencia en el estudio de los efectos del calor sobre la salud, sostiene que someterse a sesiones de terapia térmica puede ser beneficioso si se realiza con moderación y bajo supervisión médica. Advierte que, aunque la evidencia apunta a mejoras reales en la salud vascular y general, cada persona debe considerar sus condiciones particulares antes de adoptar rutinariamente este tipo de prácticas.
La comparación entre la termoterapia y el ejercicio físico revela matices importantes. Tanto el sauna como el jacuzzi logran replicar algunos de los efectos del ejercicio, como el aumento de la frecuencia cardíaca y la circulación sanguínea, aunque el jacuzzi parece inducir estos cambios de forma más rápida y eficaz. Sin embargo, Minson subraya que, si bien la termoterapia puede funcionar como sustituto parcial del ejercicio aeróbico para quienes tienen limitaciones, el ejercicio regular sigue siendo insustituible en ciertos aspectos y ofrece beneficios adicionales que la exposición al calor no puede igualar por completo. Por esta razón, recomienda que cualquier persona interesada en incorporar la terapia de calor a su rutina consulte previamente con un profesional de la salud y evite excesos que puedan poner en riesgo su bienestar.
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