En Vermont, un estado norteamericano conocido por su geografía montañosa y extensas áreas rurales, la falta de cobertura celular sigue siendo un problema cotidiano para muchos de sus habitantes. Ante esa realidad, el ingeniero Patrick Schlott ideó una solución que evoca el pasado: restaurar y modernizar teléfonos públicos, brindando un servicio gratuito de emergencia y comunicación para quienes viven o pasan por las denominadas zonas muertas de telefonía móvil. Esta iniciativa, nacida del ingenio y la vocación de servicio, ha transformado la percepción y el uso de la telefonía pública en comunidades locales y ha comenzado a atraer la atención de otras localidades con problemas similares de conectividad.
Según ABC News, la inspiración para el proyecto de Schlott surgió tras mudarse a una zona rural de Vermont y constatar de primera mano la carencia de señal celular en un radio de 16 kilómetros.
“Me di cuenta de que no hay señal de celular en 16 kilómetros a la redonda”, dijo Patrick Schlott, ingeniero aeronáutico, a Amanda Swinhart de Associated Press. “La comunidad podría beneficiarse mucho de algo así” añadió.
El ingeniero, que trabaja a tiempo completo en la empresa de fabricación de aviones eléctricos BETA Technologies, vio la oportunidad de combinar su experiencia profesional con un propósito social. Tras adquirir teléfonos públicos antiguos en mercadillos, subastas y anuncios en línea, dedicó parte de su tiempo libre a restaurarlos en su taller del sótano. Su propuesta inicial fue simple pero innovadora: instalar un teléfono público completamente funcional en el exterior de la tienda general North Tunbridge para ofrecer llamadas gratuitas a cualquier persona, sin costo alguno para los dueños de la tienda ni para los usuarios.
Lograr que estos teléfonos volvieran a funcionar en pleno siglo XXI requirió algo más que una mera reparación física. Schlott empleó tecnología capaz de convertir una conexión a internet doméstica en una línea analógica compatible con teléfonos públicos tradicionales. El proceso eliminó la necesidad del mecanismo de monedas y permitió habilitar el acceso sin restricciones, usando pequeños equipos que cuestan entre 100 y 500 dólares por teléfono. Para el usuario final, la experiencia es instantánea y familiar: solo hay que descolgar el auricular y marcar, como en las décadas anteriores a la masificación de los celulares.
El mantenimiento y el funcionamiento del sistema también están a cargo de Schlott. Él cubre los gastos mensuales del servicio telefónico, que rondan entre 2 y 3 dólares por cada línea, sumando menos de 5 dólares adicionales por el uso de las llamadas. Además, cumple la función de operador remoto. Si un usuario marca cero, la llamada se transfiere directamente al celular personal de Schlott, gracias a una aplicación que protege la privacidad de su número. Esto garantiza que las personas puedan pedir ayuda o cualquier tipo de asistencia si tienen dificultades con el teléfono o si surge una emergencia. El ingeniero actúa así como un puente entre la tecnología de antaño y las necesidades actuales de conectividad.
Según ABC News, la comunidad local ha acogido los teléfonos públicos renovados con una mezcla de sorpresa, gratitud y nostalgia. Al principio, muchos no creían que los aparatos fueran funcionales. Sin embargo, tras comprobar que no solo funcionan, sino que son gratuitos, su uso se expandió rápidamente. Mike y Lois Gross, dueños de la tienda North Tunbridge, elogiaron la utilidad del servicio, especialmente en un contexto donde la conectividad móvil es insuficiente. Familias y estudiantes han recurrido a estos teléfonos para mantenerse en contacto o pedir ayuda, como es el caso en la Biblioteca Latham en Thetford, donde en apenas cinco meses se realizaron 370 llamadas, la mayor parte de ellas por estudiantes que necesitaban contactar a sus padres tras la jornada escolar.
“Todos se sorprenden bastante y preguntan: ‘¿Es un teléfono público de verdad? ¿De verdad funciona?’. Y yo les respondo: ‘Sí, pero ahora es gratis’”, dijo Mike Gross, dueño de la tienda en diálogo con Associated Press. “Hemos tenido gente que lo ha usado y se ha estropeado. Es genial porque el servicio es muy deficiente en Vermont”.
El impacto práctico y emocional de la iniciativa también se refleja en testimonios como el de Hannah McClain, madre de adolescentes, quien expresó sentirse más tranquila sabiendo que, en caso de emergencia, sus hijas pueden recurrir al teléfono de la tienda para comunicarse. Este tipo de servicios refuerza el sentido de seguridad y pertenencia comunitaria, particularmente en contextos rurales con menores recursos de comunicación.
A medida que el proyecto ganó visibilidad, Schlott comenzó a recibir solicitudes de nuevas ubicaciones para instalar más teléfonos renovados. Así fue como surgieron iniciativas populares en la Biblioteca Latham y también en un puesto informativo en Randolph, cerca de la Interestatal 89. Ahora, Schlott se prepara para instalar un nuevo teléfono gratuito en la Biblioteca Brownell de Essex, respondiendo a la demanda y al entusiasmo creciente de las comunidades locales por contar con esta alternativa de comunicación.
Hasta el momento, Schlott continúa cubriendo los gastos de cada teléfono, aunque contempla la posibilidad de buscar financiamiento externo en el futuro, dado el aumento del interés y el potencial de crecimiento del proyecto. Para él, no se trata solo de ofrecer un servicio útil, sino también de rescatar el valor de la tecnología antigua y evitar que estos equipos terminan como chatarra. Reutilizar y modernizar aparatos históricos como los teléfonos públicos demuestra que lo analógico puede seguir desempeñando un papel relevante, y que la innovación social muchas veces pasa por adaptar soluciones pasadas a nuevas realidades, en beneficio de quienes aún enfrentan desigualdades en el acceso a la tecnología.
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