
Veterano de guerra, condecorado con el Corazón Púrpura, y poseedor de una green card tuvo que autodeportarse y salir de Estados Unidos
“Me estoy volviendo loco. No puedo parar de llorar, creo que el TEPT está azotando con fuerza”, escribió Sae Joon Park a su amigo Josh Belson, poco después de abandonar el país donde vivió casi toda su vida. “Solo quiero volver con mi familia y cuidar de mi madre. Estoy hecho un desastre.”
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Con estas palabras, el veterano del Ejército, condecorado con el Corazón Púrpura, resumió el impacto emocional de su reciente autodeportación a Corea del Sur, tras décadas en Estados Unidos.
Tuvo que salir de Estados Unidos tras llamarlo su hogar por casi 50 años

Park, quien llegó legalmente desde Corea del Sur a los siete años y creció en Koreatown y el Valle de San Fernando, se vio obligado a regresar a su país de origen a los 55 años, bajo amenaza de detención y deportación por parte de las autoridades migratorias federales.
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El lunes 23 de junio, abordó un vuelo hacia Incheon, tras recibir una orden final de expulsión debido a condenas por drogas ocurridas hace casi veinte años, las cuales, según él, fueron consecuencia del trastorno de estrés postraumático (TEPT) que desarrolló después de resultar herido en combate durante la operación militar estadounidense en Panamá en 1989.
En conversación telefónica desde Corea del Sur, Park expresó al periódico Los Angeles Times: “Es increíble. Todavía no puedo creer que esto realmente haya sucedido. Sé que cometí errores, pero no es como si fuera un criminal violento. No andaba robando a punta de pistola ni lastimando a nadie. Fue autoinfligido por los problemas que tenía”.
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La subsecretaria del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), Tricia McLaughlin, declaró que Park posee un “historial criminal extenso” y que se le otorgó la opción de autoexpulsarse.
La historia de Park comenzó con la separación de sus padres cuando era un niño pequeño. Su madre emigró primero a Estados Unidos y él la siguió un año después. Vivieron en Koreatown, luego en Panorama City y finalmente en Van Nuys. Se graduó en 1988 de la Notre Dame High School. Al principio, tuvo dificultades para aprender inglés y adaptarse, pero pronto se integró en la escena de skate y surf del sur de California en los años 80.
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En aquella época conoció a Belson, quien recuerda: “Siempre tenía una sonrisa, una energía muy vivaz. Era el tipo de persona con la que querías estar”. Tras graduarse, Park decidió no ir a la universidad de inmediato y se enlistó en el Ejército.
“El Ejército no solo me convirtió en hombre, también me dio el GI Bill para poder ir a la universidad después, y ellos lo pagarían. Además, creía en el país, en Estados Unidos. Sentía que hacía algo honorable. Me sentí muy orgulloso al unirme al Ejército”, relató.
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El despliegue que cambió su vida para siempre

Su pelotón fue desplegado en Panamá a finales de 1989. La primera noche vivieron un tiroteo. Al día siguiente, durante una redada en la casa de una de las supuestas “brujas” seguidoras de Manuel Noriega, encontraron una sala de culto vudú con partes de cuerpos y una cruz pintada con sangre en el suelo. Mientras patrullaba, escuchó disparos en el patio trasero y respondió al fuego. Recibió dos disparos: uno en la columna y otro en la parte baja de la espalda.
El impacto en la columna fue parcialmente desviado por su placa de identificación, lo que, según él, evitó que quedara paralizado. Una ambulancia militar no pudo llegar por el enfrentamiento, pero un veterano de Vietnam que vivía cerca lo rescató.
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“Recuerdo que estaba tirado en mi propio charco de sangre, con una hemorragia terrible. Así que fue a su casa, trajo su camioneta, me puso en la parte trasera con dos soldados y me llevó al hospital”, relató Park.
Fue evacuado a un hospital militar en San Antonio, donde un general de cuatro estrellas le entregó el Corazón Púrpura en la cama. El entonces presidente George H.W. Bush visitó a los soldados heridos. Park permaneció unas dos semanas hospitalizado y luego pasó un mes en casa hasta poder caminar.
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Tiempo después, comenzó a “automedicarse” con marihuana para conciliar el sueño, pero pronto usó drogas más duras como el crack.
Tras el incendio del negocio de su madre y padrastro durante los disturbios de 1992 en Los Ángeles, se mudó a Hawái y se casó. Tras separarse, se trasladó a Nueva York. Su adicción empeoró aún más.
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En una ocasión, a finales de los 2000, la policía rodeó su coche en un Taco Bell de Queens cuando iba a encontrarse con su proveedor de drogas, quien huyó dejando una gran cantidad de crack en la guantera. Un juez lo envió dos veces a rehabilitación, pero Park no logró mantenerse sobrio.
“No podía. Era adicto. Me costaba mucho mantenerme limpio. Estaba bien 30 días y recaía. Estaba bien 20 días y recaía. Era una lucha. Finalmente, el juez me dijo: ‘Señor Park, la próxima vez que entre a mi sala con orina sucia, irá a prisión’. Me asusté”.
Decidió no regresar al tribunal, condujo a Los Ángeles y luego volvió a Hawái, eludiendo la fianza, lo que constituye un delito grave. “No sabía que violar la libertad bajo fianza era un cargo grave, y combinado con mi consumo de drogas, eso es motivo de deportación para alguien como yo con mi green card”, explicó.
Los US Marshals lo buscaron y, al enterarse, se entregó en agosto de 2009 para evitar ser arrestado frente a sus dos hijos. Cumplió dos años de prisión y, tras su liberación, pasó seis meses detenido por inmigración mientras luchaba contra la orden de deportación.
Finalmente, fue liberado bajo “acción diferida”, una medida de discreción procesal del DHS para posponer la expulsión.
Desde entonces, Park debía presentarse anualmente ante las autoridades federales y demostrar que tenía empleo y estaba sobrio. Durante ese tiempo, tuvo la custodia exclusiva de sus dos hijos, hoy de 28 y 25 años, y cuidaba de su madre de 85 años, quien padece los primeros síntomas de demencia.
En su última revisión, estuvo a punto de ser esposado y detenido, pero los agentes migratorios le colocaron un monitor en el tobillo y le dieron tres semanas para organizar sus asuntos y autodeportarse. No podrá regresar a EEUU durante 10 años.
Teme perderse la muerte de su madre y la boda de su hija. “Eso es lo más importante. Pero, también podría ser mucho peor. Lo veo así”, reflexionó. “Estoy agradecido de haber salido de EEUU, supongo, sin ser detenido”.
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