
La madrugada del viernes, un terremoto de 7.7 grados estremeció Myanmar, provocando una devastación que aún sigue revelando su verdadero alcance. Más de 2.000 personas murieron y las imágenes de edificios derrumbados, aeropuertos colapsados y rascacielos agrietados recorrieron rápidamente las agencias internacionales. El epicentro del desastre se ubicó en la Falla de Sagaing, una línea de fractura de unos 1.300 kilómetros de longitud que atraviesa el país y marca el límite entre las placas tectónicas india y euroasiática.
Lo que durante más de un siglo fue una acumulación silenciosa de tensión subterránea, terminó por liberarse de golpe como si una enorme traba geológica se hubiera soltado. “Absolutamente, pensábamos que iba a ocurrir en algún momento de nuestras vidas, pero no hay manera de saber cuándo sucedería”, declaró el geofísico Eric Lindsey, de la Universidad de Nuevo México. “Es absolutamente devastador verlo ocurrir realmente”, agregó en diálogo telefónico con The Washington Post.
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La fuerza del temblor y el patrón de su origen han provocado inquietud entre los sismólogos de todo el mundo. Más allá del daño local, el evento se transformó en un espejo para evaluar riesgos similares en otras partes del planeta. Y todas las miradas, sin excepción, apuntan hacia California.
Una falla gemela a la de San Andrés
Lo que distingue al reciente terremoto de Myanmar no es únicamente su magnitud o el saldo de víctimas, sino la naturaleza de la falla que lo provocó. La Falla de Sagaing es un tipo de fractura geológica conocida como “strike-slip” o de deslizamiento lateral, donde los bloques de corteza terrestre se deslizan uno junto al otro de manera horizontal.
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Dentro de esta categoría, tanto Sagaing como la de San Andrés en California comparten una configuración “right-lateral”: si una persona se ubicara sobre un bloque de la falla, vería al otro moverse hacia la derecha durante un sismo.
La similitud no se limita al tipo de movimiento. Ambas tienen longitudes comparables —entre 1.200 a 1.300 kilómetros— y, quizá más importante, tasas de desplazamiento equivalentes. Los bloques tectónicos que conforman tanto la Falla de Sagaing como la de San Andrés se deslizan entre sí a una velocidad anual de entre 20 y 30 milímetros, es decir, de 0.8 a 1 pulgada.
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“Esta falla es un análogo muy directo de la Falla de San Andrés. Es muy, muy similar en casi todos los aspectos”, afirmó Lindsey. Esa condición convierte al sismo de Myanmar en un caso de estudio ineludible para anticipar un futuro evento sísmico en California.
La comparación adquiere mayor urgencia al considerar que ambas fallas están rodeadas de centros urbanos densamente poblados. Mandalay, una ciudad de más de un millón de habitantes, se encuentra cerca. En California, Los Ángeles —con más de tres millones de residentes— se sitúa a escasos 50 kilómetros de la Falla de San Andrés. La geología, el urbanismo y la historia sísmica de ambos territorios convergen peligrosamente.
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La brecha sísmica que comparten
Ambas fallas comparten un fenómeno que inquieta a los sismólogos desde hace décadas. Se trata del llamado “déficit de deslizamiento”, una acumulación gradual de tensión a lo largo de una falla cuando los bloques tectónicos deberían moverse, pero no lo hacen debido a la fricción que los mantiene trabados. Ese “atraso” mecánico termina por acumular energía como una cuerda tensa que, tarde o temprano, se rompe.
En el caso de Myanmar, esa tensión venía acumulándose durante más de un siglo, alimentada por el empuje constante de la placa india hacia el norte. Según explicó Lindsey, “debería haber casi una pulgada de movimiento cada año a través de la falla”, pero el segmento central permanecía bloqueado.
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Esa inactividad anómala derivó en lo que los geólogos definen como una “brecha sísmica”, es decir, una sección de la falla que, pese a estar activa, no ha liberado energía mediante un gran sismo en un tiempo prolongado. La última vez que la región de Mandalay sufrió un temblor de gran magnitud fue durante el terremoto de Ava en 1838.
California presenta una situación análoga. La sección sur de la Falla de San Andrés —la más cercana a Los Ángeles— no ha registrado un terremoto mayor en más de 300 años. Este tramo inactivo representa, al igual que en Myanmar, una brecha sísmica de magnitud desconocida, pero de consecuencias previsibles.
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Amanda Thomas, sismóloga de la Universidad de California en Davis, afirmó a The Washington Post que los modelos científicos estiman un futuro sismo de magnitud 7.8 en esa zona, “similar en alcance y tamaño al que ocurrió la semana pasada en Myanmar”.
La existencia de estas brechas no es solo un dato estadístico. Son marcadores físicos del tiempo que ha pasado sin que la Tierra libere la tensión que acumula. Y en regiones donde viven millones de personas, esa tensión se traduce en riesgo humano directo.
Supershear y licuefacción: lo que reveló Myanmar
El terremoto en Myanmar no solo confirmó los temores sobre una posible liberación de energía acumulada. También reveló características poco comunes que podrían repetirse si la Falla de San Andrés llegara a romperse. Una de ellas es el fenómeno conocido como “supershear”.
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Se trata del fenómeno que ocurre cuando la ruptura de la falla se propaga más rápido que la velocidad de las ondas sísmicas que normalmente trasladan la energía. Esto provoca un efecto parecido al estampido sónico: las sacudidas son más intensas de lo que se esperaría para un terremoto de esa magnitud.
Zhigang Peng, sismólogo del Instituto de Tecnología de Georgia, explicó al Post que este tipo de eventos “ocurren usualmente en fallas largas y maduras, como la Sagaing o la de San Andrés”, aunque los científicos aún no comprenden del todo qué condiciones exactas los desencadenan.
El análisis de este tipo de rupturas en Myanmar podría ofrecer pistas clave para anticipar el comportamiento del llamado “Big One” en California.
Pero no fue la única consecuencia geológica de importancia. El sismo en Myanmar también provocó licuefacción del suelo, un fenómeno en el que los sedimentos saturados de agua pierden su cohesión y se comportan como un fluido.
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Thomas comparó este proceso con la sensación de mover los pies en la arena mojada junto al mar. Esta transformación del terreno puede amplificar los daños sobre infraestructuras, ya que los cimientos pierden su estabilidad.
En California, una situación similar podría ser particularmente peligrosa por la proximidad de la sección sur de la Falla de San Andrés al Mar de Salton, una zona con alta saturación de agua subterránea. Peng alertó que si se produjera licuefacción en esa región, el impacto sobre los edificios podría ser mucho mayor y generar un número más alto de víctimas.
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