
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, abrazó este lunes la doctrina del “destino manifiesto”, un concepto del siglo XIX que refleja su afán de expansionismo desde el canal de Panamá a Marte, pero que, según expertos, difícilmente le ayudará en su gran desafío internacional: la competición con China.
Días después de alarmar a varios aliados con sus pretensiones de controlar Groenlandia, Canadá y el canal de Panamá, Trump reafirmó esos impulsos en su discurso de investidura, en el que proclamó el inicio de una “era dorada” que convertirá a Estados Unidos en “la envidia de todos los países”.
Para lograrlo, el mandatario ha adoptado una postura abiertamente imperialista: como dijo en su discurso, su objetivo es que la suya vuelva a ser una nación “que expanda su territorio (...) y lleve su bandera a horizontes nuevos y bellos”.
“Seguiremos nuestro destino manifiesto hasta las estrellas, enviando a astronautas estadounidenses a plantar las barras y estrellas (de la bandera) en el planeta Marte”, sentenció.
Una doctrina decimonónica
Más allá de la sonrisa que le sacó esa frase a Elon Musk, que aspira a colonizar el planeta rojo con su empresa SpaceX, la declaración de Trump sorprendió a algunos por su vinculación explícita con una doctrina que muchos daban ya por aparcada en los libros de historia.
“La idea del destino manifiesto habla de un destino de Estados Unidos de ser diferente, de marcar la luz (en el mundo)”, explicó este martes Federico Steinberg, investigador principal del Real Instituto Elcano, en un acto organizado por ese centro de estudios en Madrid.
El concepto se remonta a 1845, cuando el columnista conservador John O’Sullivan defendió en un artículo la anexión de Texas como parte de un “destino manifiesto” otorgado por Dios y por el que Estados Unidos debía expandirse por toda Norteamérica.
Esa idea se utilizó para justificar la confiscación de territorios que pertenecían a México y a los nativos americanos, y más adelante sentó las bases de la ‘Doctrina Monroe’ de 1904, que atribuía derechos unilaterales a EEUU sobre el continente americano y que Trump también ha enarbolado, pese a su mala fama en América Latina.
Menos Groenlandia y más Panamá

Quizá por ese enfoque americano, el discurso de investidura de Trump no mencionó en absoluto su voluntad de controlar Groenlandia, pero sí insistió en su promesa de “recuperar” el control del canal de Panamá.
Aunque -según el Gobierno panameño- es falso que China controle el canal, fue revelador que el mandatario dedicara un párrafo a ese tema en un discurso en el que no mencionó ni al gigante asiático ni la guerra de Ucrania, sus dos supuestos grandes desafíos en política exterior.
Graham Allison, un profesor de seguridad nacional en la Universidad de Harvard, pronosticó este martes en un panel en el Foro Económico Mundial en Davos (Suiza) que Trump logrará “tomar las riendas del canal de Panamá”, y que las compañías chinas que ahora ayudan a operarlo “se irán”.
Lo que parece seguro es que Panamá se verá obligada a negociar sobre el canal con Trump, cuyo afán expansionista se reflejó también en otras dos medidas de su primer día en el poder.
La primera fue la decisión de cambiar el nombre al Golfo de México para llamarlo ‘Golfo de Estados Unidos’, y la segunda, la de eliminar la denominación indígena que Barack Obama otorgó al monte más alto del país, Denali, en Alaska.
Lo hizo para devolver a esa montaña su nombre anterior, que hacía honor al presidente William McKinley (1897-1901), al que Trump admira precisamente por su uso de los aranceles y por su historial colonialista.
“La caja de Pandora”
Fue bajo el mandato de McKinley -en 1898- cuando Estados Unidos declaró la guerra a España y le arrebató el control de las Filipinas, Puerto Rico y Guam, además de forzarle a aceptar la independencia de Cuba.
McKinley fue además un ferviente defensor de la doctrina del “destino manifiesto”, que sin embargo perdió peso -al menos bajo ese nombre- en el siglo XX y que ahora Trump rescata en un contexto de pérdida de influencia de Estados Unidos en el escenario mundial.
Sin embargo, es “un gran delirio” pensar que controlar Canadá, el canal de Panamá o Groenlandia permitiría a Estados Unidos “acabar con el desafío de China”, escribió recientemente el analista Howard W. French en la revista Foreign Policy.
Una expansión territorial no cambiaría el hecho de que Beijing ha invertido “en procesos industriales y tecnologías que tendrán un papel decisivo en el futuro”, y podría “legitimar la agresión de Rusia sobre Ucrania, o los reclamos de China sobre Taiwán”, advirtió el experto.
“En resumen: se está abriendo la caja de Pandora”, concluyó.
(Con información de EFE)
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