
El domingo 13 de enero de 1952, uno de los incidentes más dramáticos de la historia ferroviaria estadounidense dejó una huella imborrable en la memoria colectiva. El tren City of San Francisco, símbolo de lujo y modernidad, quedó sepultado por la nieve en la Sierra Nevada durante tres días. Esto enfrentó a sus 226 pasajeros a un desafío de supervivencia extrema.
El tren, operado por Southern Pacific Railroad, había partido con normalidad en su ruta entre Chicago y San Francisco. Sin embargo, la tormenta que azotó la cordillera de Sierra Nevada, con vientos de hasta 145 kilómetros por hora y acumulaciones de nieve de más de ocho metros, convirtió este viaje en una pesadilla.

Lo peor sucedió cuando el recorrido pasaba cerca de Yuba Pass, California. Allí, el tren fue golpeado por una avalancha de nieve que lo dejó completamente inmovilizado.
Tom Sapunor, el ingeniero a cargo, intentó avanzar y retroceder sin éxito. “Eso es todo. No podemos lograrlo”, declaró, según un artículo de Smithsonian Magazine.
Pasajeros atrapados en temperaturas bajo cero
Al principio, los pasajeros no mostraron signos de pánico. En el vagón salón, jugaron a las cartas, cantaron y mantuvieron la esperanza de un rescate inminente. “Mientras tuviéramos agua para calentarnos, la gente parecía perfectamente contenta”, dijo sapunor según el libro Snowbound Streamliner: Rescuing the 1952 City of San Francisco de Robert Church.
Sin embargo, el optimismo se desvaneció rápidamente cuando las baterías del tren se agotaron y las luces se apagaron. Afuera, las temperaturas alcanzaron los -6 °C, mientras que adentro del tren, el frío se hacía insoportable.

“Cuando los tanques de agua de los generadores de vapor se secaron, el calor también desapareció”, declaró el pasajero Howard Jones al New York Times en aquel entonces, según el artículo de Smithsonian Magazine.
Ante la falta de calefacción, los pasajeros se envolvieron en cortinas arrancadas de las ventanillas y quemaron muebles para intentar mantenerse calientes.
El peligro al acecho: monóxido de carbono y hambre
La situación se agravó cuando algunos miembros de la tripulación encendieron calentadores portátiles de propano, lo que provocó una peligrosa acumulación de monóxido de carbono. Decenas de pasajeros comenzaron a desmayarse. El médico Walter H.L. Roehll, que viajaba junto a su esposa, trabajó incansablemente para atender a los afectados.
“Lo único que hice fue lo que tenía que hacer”, dijo a Los Angeles Times, según Smithsonian Magazine. “Nos salvó la vida y no dejen que les diga que no lo hizo”, aseguró uno de los viajeros.

Mientras tanto, los suministros de comida se agotaban. Aunque el camarero Edward Tschumi intentó mantener el ánimo, y servía espaguetis con comentarios humorísticos, el hambre y la desesperación comenzaron a afectar a todos a bordo.
El rescate, un esfuerzo épico
Southern Pacific Railroad movilizó equipos de rescate, pero las condiciones extremas dificultaron los avances. Aun así, un grupo de esquiadores voluntarios del Hotel Soda Springs logró llegar al tren con mantas y alimentos.
Entre los rescatistas se destacaron equipos con trineos tirados por perros liderados por Rex, un samoyedo apodado “el Rey de la Ventisca”. Según el historiador Mark McLaughlin, Rex fue llevado en avión para encabezar esta misión.
“Este perro hizo rescates de aviones pequeños que se estrellaron en el Paso Donner como líder del trineo”, explicó McLaughlin según Smithsonian Magazine. Finalmente, un grupo equipado con un Sno-Cat (vehículo especial para nieve) logró abrir un paso hacia el tren.

Un regreso a la civilización
Tras tres días de aislamiento, los pasajeros fueron liberados el miércoles por la mañana. Caminaron hacia la carretera, donde vehículos los trasladaron al Nyack Lodge, un albergue cercano.
“Regresaron a la civilización con los ojos hundidos y cansados, con la marca de la terrible experiencia en sus rostros”, reportó el San Francisco Examiner.
Para el viaje final a San Francisco, la compañía proporcionó un tren especial con vagones clásicos de la década de 1920. En el vagón comedor, los sobrevivientes devoraron bifes y chuletas de cordero, cortesía de Southern Pacific. Exhaustos, la mayoría pasó el trayecto durmiendo.
El incidente dejó una marca profunda. Dos trabajadores perdieron la vida: Rolland Raymond, quien murió al volcarse la quitanieves que operaba, y Pershing Jay Gold, que sucumbió a un ataque cardíaco mientras intentaba abrirse paso entre la nieve.
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