
La provincia de Lleida guarda en los Pirineos una concentración de patrimonio medieval que pocas comarcas del mundo pueden igualar. La Vall de Boí, en el Alt Pirineu, es el ejemplo más claro: un valle de alta montaña donde nueve iglesias románicas del siglo XI y XII, construidas por encargo de la familia Erill en pocas décadas, forman un conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000. Sus campanarios de piedra, sus ábsides lombardos y sus frescos originales han convertido este rincón del Pirineo catalán en uno de los destinos de turismo cultural más singulares de España.
En ese valle de monumentos y montañas, Durro es el pueblo que más sorprende. Con poco más de 80 vecinos, un entramado medieval intacto y dos bienes Patrimonio de la Humanidad, este pequeño núcleo de la Vall de Boí tiene la proporción más alta de patrimonio reconocido por habitante de todo el territorio español. Y cada año, a mediados de junio, añade un tercer elemento a esa lista: las fallas del solsticio de verano, una fiesta de fuego ancestral que la Unesco ha declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Es por ello que el National Geographic le ha nombrado el mejor pueblo para visitar en el mes de junio.
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La noche en que el fuego baja de la montaña
Conforme cae la noche de mediados de junio, el llano donde se sitúa la ermita de Sant Quirc se borra junto con las montañas que la rodean, con sus picos por encima de los 2.000 metros. Entonces, poco a poco, se van encendiendo las astas que pasan de mano en mano. La luz del fuego resplandece en la piedra y abajo, en el valle, aparecen las primeras luces en ventanas y farolas.
Las personas descienden en hilera con los dos metros de madera de pino envuelta en resina seca ardiendo en la espalda. Dibujan una gran serpiente de fuego que baja al trote hasta el pueblo. La antorcha que parte de la ermita de Sant Quirc acaba llegando a los pies de la iglesia de la Natividad, y en ese recorrido quedan unidos físicamente dos bienes Patrimonio de la Humanidad: el inmaterial de las fallas del solsticio y el material del románico lombardo.
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Las fallas de Durro forman parte de la declaración de la Unesco “Fiestas del fuego del solsticio de verano en los Pirineos”, que reconoce esta tradición como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Las de Durro son siempre las primeras en celebrarse en junio, lo que les otorga un carácter inaugural dentro del ciclo festivo pirenaico.
Dos Patrimonios de la Humanidad en el corazón de los Pirineos
La ermita de Sant Quirc, protagonista del inicio de las fallas, data del siglo XII y se encuentra a 1.500 metros de altitud, en una posición desde la que domina todo el valle. Su arquitectura destaca por albergar tan solo una única nave, ábside y espadaña. Además, su emplazamiento no es casual. La ermita ocupa un lugar crucial vinculado a la comunidad y a la tradición pagana de correr las fallas, una relación entre arquitectura, paisaje y rito que lleva más de ocho siglos intacta.
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Por otro lado, en la entrada del pueblo, la iglesia de la Natividad sorprende por sus proporciones, poco frecuentes en el contexto pirenaico y aparentemente desproporcionadas para la escala de Durro. Su fachada principal y el porche dibujan una especie de triángulo que la diferencia del resto de iglesias del valle. Las distintas intervenciones y reformas acometidas a lo largo de los siglos han dejado su huella en el edificio. El elemento más llamativo es la torre campanario, en el ángulo nordeste, con cinco pisos separados por impostas de arquillos ciegos y esquinillas. En el interior, la imagen de Nicodemo recibe al visitante desde su pasado erosionado: es lo que queda del Descendimiento de la Cruz original del siglo XII.
Tanto la ermita de Sant Quirc como la iglesia de la Natividad forman parte de las nueve iglesias románicas de la Vall de Boí, declaradas Patrimonio de la Humanidad el 20 de noviembre de 2000. La Unesco valoró tanto la coherencia estilística del conjunto como su estado de conservación, resultado de haber sido construidas por encargo de la misma familia, los Erill, en pocas décadas.
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