La iglesia de Abuna Yemata Guh lleva siglos desafiando a quienes se atreven a visitarla. Excavada en la roca en el siglo V, se alza sobre un precipicio vertical en la región de Tigray, al norte de Etiopía, a más de 2.600 metros de altitud. Para llegar hasta ella hay que escalar una pared sin arneses, sin cuerdas y sin ninguna red de seguridad, con 250 metros de caída al vacío como único aspecto seguro. Es, según quienes la conocen, la construcción humana más inaccesible del mundo.
Uno de los últimos en comprobarlo fue Álvaro Cuadrado, presidente de la Fundación Hambre Cero, una organización humanitaria presente en 46 países que interviene en guerras y catástrofes. Cuadrado no viajó hasta allí como turista, pues estaba en Tigray trabajando en proyectos de cooperación cuando decidió tomarse un fin de semana libre tras tres misiones consecutivas en el Congo, Ruanda y Etiopía. “Hacía mucho tiempo que había oído hablar de Abuna Yemata, pero ya ni me acordaba de que estaba en Etiopía”, reconoció Cuadrado a Infobae. Cuando buscó información, el templo estaba a apenas dos horas de donde se encontraba.
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La construcción fue excavada en la roca en el siglo V por Yemata, uno de los llamados Nueve Santos, los predicadores que extendieron el cristianismo por el país en sus primeros siglos. Y además, forma parte de un conjunto de 35 cavidades talladas sobre un precipicio vertical, con una caída de 250 metros. El acceso es una escalada libre, sin arneses, sin cuerdas y sin ningún tipo de medida de seguridad. “Piensa que es una pared de casi 2.600 metros y es un desfiladero de unos 1.000 metros. Es una escalada libre, sin protección, de un ascenso que obviamente no es para todo el público”, señala el presidente de la Fundación Hambre Cero.
La dificultad técnica, aclara, no es extrema para alguien con experiencia en montaña. “La ascensión no es de las escaladas más complejas que he hecho”, admite. El riesgo real viene de otro lado: las aristas quebradas, el viento y la ausencia total de protección ante una caída. “En cuanto a visitar una iglesia, claro, obviamente es la más compleja”.
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El camino como parte del ritual

Pero antes de la subida, hay un camino mucho más largo hasta la iglesia. En este caso, el viajero pidió que el vehículo lo dejara antes de la base para hacer la aproximación a pie. No quería saltarse ningún tramo. “Quería que el acceso fuese lo más puro posible; de hecho, gran parte del camino lo hice con un niño cabrero”, explica a este medio. Esa elección no fue casual. Para él, la ascensión y el templo son una sola cosa, inseparables. “La clave es entender la iglesia con el ascenso. De hecho, por eso se hizo en un lugar tan inhóspito”, señaló.
Durante toda la subida no encontró a ningún otro viajero, solo gente local. La región todavía cargaba con las cicatrices de una guerra reciente, y el ambiente, según sus palabras, “estaba muy enrarecido”. Pero una vez terminada la subida, la iglesia se muestra en todo su esplendor y su interior sorprende gracias a los frescos que cubren todas las paredes. Apóstoles, escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, pinturas que aprovechan la propia roca para dar forma y color a los trazos y que se conservan desde el siglo VI.
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“Cuando llegué arriba hubo como una sensación de alivio, pero más emocional, no tanto físico. Me eché a llorar de emoción. Hay una especie de comunión con la tierra, muy especial”, contó Cuadrado. Para él, la experiencia no reside solo en lo que se ve al llegar. “El planteamiento no es en sí la iglesia, sino cómo se construyó ahí, la dificultad que tuvo, el peregrinaje que hubo de otras personas antes de los que pasaron por ahí”.
Tanto es así que Cuadrado ha visitado Machu Picchu, Tikal en Guatemala y Angkor Wat, y ninguno lo supera en inaccesibilidad. “Para mí ha sido la construcción humana más inaccesible a la que he estado”, afirmó.
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Un viaje dentro de una misión

Pero la visita a Abuna Yemata Guh guarda un significado mucho más profundo que la subida y la llegada al templo. Cuadrado llegó a Tigray en el marco de las operaciones de Hambre Cero en Etiopía, una fundación que nació el primer día de la pandemia en Madrid con 50 litros de leche repartidos en un coche de alquiler y que hoy opera en 46 países, con más de 37 millones de raciones de comida distribuidas.
En Etiopía, la fundación trabaja en tres frentes: la fabricación de compresas reutilizables para evitar el absentismo escolar de niñas durante la menstruación —más de dos mil unidades repartidas hasta ahora—, cooperativas de emprendimiento para mujeres viudas por la guerra y la recuperación de 28 pozos de agua abandonados por falta de mantenimiento.
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Cuadrado describe la situación de Tigray con una observación que resume su experiencia sobre el terreno: “Siempre pensé que la zona más afectada de un país es cuando está en guerra. Aquí me di cuenta de que es cuando se va la guerra, deja de llegar la ayuda y la gente se olvida del país”.
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