
El aislamiento geográfico, la infraestructura limitada y la exposición a la crisis climática mantienen a Kiribati como el país con menos turistas del planeta, con apenas 9.500 visitantes anuales. Este pequeño archipiélago, compuesto por 32 islas dispersas en el Océano Pacífico de las cuales solo 20 están habitadas, se extiende sobre un vasto territorio marítimo. Su población ronda las 140.000 personas, una cifra similar a la de ciudades medianas como Lleida o Tarragona, según el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Además, su superficie terrestre no supera los 811 km², menor que la de áreas metropolitanas como Los Ángeles o Sao Paulo. Sin embargo, su territorio marítimo cubre cerca de 3,5 millones de km², lo que convierte al país en uno de los Estados con mayor extensión de aguas soberanas. Esto hace que Kiribati sea el único país del mundo que se reparte entre los cuatro hemisferios: norte, sur, este y oeste. Las islas principales se agrupan en las Gilbert, Fénix y de la Línea, donde destaca Kiritimati, el mayor atolón -isla con forma de anillo que conserva un lago en su interior- por superficie a nivel global.
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No obstante, el gobierno de Kiribati apuesta por mantener el turismo alejado de las dinámicas masivas que caracterizan a otros destinos del Pacífico. Las autoridades promueven la conservación del entorno natural y la protección de las playas de arena blanca y aguas turquesas que distinguen a las islas. Así, aunque “el país ofrece una gran variedad de playas vírgenes y paisajes intactos”, como describe la guía Lonely Planet, su limitada infraestructura no está preparada para recibir visitantes.
Más de 24 horas en aviçon desde Europa para llegar
La historia reciente de Kiribati está marcada por su papel en la Segunda Guerra Mundial. Tarawa, actual capital, fue escenario de una de las batallas más cruentas del frente del Pacífico en el islote de Betio. Allí murieron cerca de 6.000 personas, de las cuales más de 1.000 eran marines estadounidenses, en un enfrentamiento que concluyó con la victoria aliada. Desde entonces, la isla se ha comprometido con el acuerdo “Todo Menos Armas” de la Unión Europea (UE), que facilita el comercio con el bloque comunitario. Además, en octubre de 2023 se firmó un nuevo protocolo del Acuerdo de Colaboración de Pesca Sostenible entre Kiribati y la UE, el cual permite la pesca a cuatro buques cerqueros congeladores españoles durante 160 días al año.
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El acceso a Kiribati requiere una travesía de más de 24 horas en avión desde Europa. Australia, Fiyi, Estados Unidos y Nueva Zelanda son sus principales emisores de turistas. No existen rutas marítimas comerciales ni ferris que conecten el archipiélago con el mundo exterior. El país dispone únicamente de dos aeropuertos internacionales, uno en la capital, Tarawa, y otro en Kiritimati. Por lo que, para llegar, los viajeros deben realizar varias escalas en ciudades como Los Ángeles, Singapur o Hawái.

De esta manera, el precio de un viaje desde España oscila entre los 2.500 y los 4.000 euros, dependiendo de la temporada y las combinaciones de vuelos. Una vez allí, los visitantes pueden observar que el estilo de vida de Kiribati mantiene tradiciones ancestrales, especialmente en las islas más alejadas, donde la población subsiste gracias a la pesca, los cocos y el árbol del pan. Incluso en Tarawa, la mayoría de los habitantes vive en cabañas tradicionales de paja, aunque la influencia occidental se hace cada vez más visible con la llegada de automóviles, bares e internet.
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No todo es bonito en Kiribati: el impacto del cambio climático y el desafío sanitario
Pese a sus hermosos paisajes, la geografía de Kiribati impone desafíos considerables. La mayoría de los atolones apenas supera los seis metros sobre el nivel del mar, mientras que el punto más alto, en la isla de Banaba, alcanza solo 81 metros. Estas características convierten al país en uno de los más vulnerables a la subida del nivel del mar. En consecuencia, también lo es con respecto al cambio climático, que amenaza la supervivencia de varias de sus islas.
Las condiciones de las islas hacen que sea muy complicado habitarlas, por lo que la mitad de los cerca de 120.000 ciudadanos de Kiribati reside en la capital, Tarawa del Sur, una franja de tierra estrecha y densamente poblada. Además, el crecimiento urbano, impulsado por la migración interna desde las islas exteriores y una alta tasa de natalidad, agrava los problemas de hacinamiento, dificulta el acceso a servicios básicos y multiplica los desafíos medioambientales. Debido a ello, Médicos Sin Fronteras ha implementado una intervención médica con el objetivo de responder a las necesidades de salud, centrándose especialmente en la salud materno-infantil.
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Además, Kiribati registra algunas de las mayores incidencias mundiales de lepra, tuberculosis y diabetes, así como uno de los niveles más bajos de acceso a la atención primaria. Según la organización humanitaria, muchas necesidades sanitarias permanecen desatendidas, entre ellas, la alta vulnerabilidad ambiental: el 81% de la población ya ha sufrido directamente el impacto del aumento del nivel del mar. Y es que el punto más alto de Tarawa alcanza solo tres metros sobre el nivel del mar, lo que expone a la población a inundaciones y erosión costera.
El avance del mar provoca la pérdida de tierras, la salinización de fuentes de agua y suelos, y una mayor frecuencia de sequías y mareas extremas. También, la escasez de agua potable constituye un problema persistente. En Tarawa, el agua de los pozos está contaminada con agua salada y residuos, mientras que la reducción de la tierra afecta a los cultivos y la pesca, que se ha reducido considerablemente con el crecimiento exponencial de su población. Según las estimaciones de Médicos Sin Fronteras, el país requerirá un 50% más de alimentos para 2030.
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