
Sentirse mal por algo es una experiencia humana, pero también una de las más difíciles de gestionar. Ya sea por un error cometido, una decisión tomada o incluso por circunstancias que están fuera de nuestro control, la culpa y el malestar emocional pueden instalarse en la vida cotidiana y afectar tanto a la salud mental como a las relaciones personales.
En un contexto donde cada vez se habla más de bienestar emocional, surge la necesidad de entender por qué nos sentimos así y cómo podemos afrontar este tipo de emociones de una forma saludable sin caer en la autoexigencia o el castigo constante.
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Por ello, la psicóloga Alba Guijarro ha planteado, en su cuenta de TikTok, una reflexión acerca de cómo la sociedad percibe el malestar y la incomodidad emocional. “Sentir malestar o incomodidad por algo no es necesariamente una señal de que algo va mal”, explica. Esto es una premisa que desafía de raíz los supuestos habituales sobre salud mental y afrontamiento emocional.
Reconsiderar el papel de las emociones desagradables en la vida cotidiana
La perspectiva de que sentir malestar no necesariamente indica que algo va mal es una perspectiva que invita a reconsiderar el papel de las emociones desagradables en la vida cotidiana y la interpretación automática de toda incomodidad como un síntoma de disfunción.
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La experta defiende que no todas las sensaciones incómodas indican que exista un problema serio que deba resolverse. Conviene subrayar el dato que aporta sobre la investigación en evitación experiencial. Según Alba Guijarro, cuánto más se evita aquello que provoca malestar, mayor poder adquiere esa emoción o situación en la vida de la persona.
Cuando se trata de identificar lo que significa una emoción incómoda, Alba Guijarro ha explicado que el hecho de estar nervioso no justifica automáticamente un diagnóstico de ansiedad, del mismo modo que estar triste no debería llevar necesariamente a buscar una solución inmediata. Según la experta, tendemos a interpretar que cualquier malestar es una señal de que hay un problema importante que resolver, pero matiza que “las emociones difíciles o desagradables no son negativas, no son errores del sistema, son el sistema trabajando”. Esto desmitifica la necesidad de erradicar cualquier malestar emocional.
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Al abordar la función del malestar, Alba Guijarro precisa que sentir incomodidad “no es una vida sana, es una vida anestesiada”. Estas emociones cumplen un papel adaptativo al advertir, movilizar y proteger al individuo. “Muchas veces lo que pasa no es que estés mal, es que te estás enfrentando a algo difícil”, añade, poniendo de ejemplo situaciones como mantener una conversación complicada, poner límites o afrontar un cambio. Así, proporciona una distinción clave: “una vida sin incomodidad no es una vida sana, es una vida anestesiada”, una idea que representa un giro respecto al discurso que iguala el bienestar con la ausencia de malestar.
La función del malestar emocional
Apoyándose en estudios sobre la evitación experiencial, Alba Guijarro subraya que la evidencia concluye lo siguiente: “Cuanto más evitas lo que te genera malestar, más poder le das”, lo que sugiere que emplear la incomodidad como referencia exclusiva para tomar decisiones puede conducir a reacciones desadaptativas y a una vida progresivamente más limitada. La psicóloga advierte del riesgo de usar la incomodidad como una señal para frenar la acción: “El problema es que si has utilizado la incomodidad como brújula para evitar cosas, cualquier sensación de incomodidad sirve como una señal de ‘stop’. Y eso, pues te va cerrando poco a poco”.
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Además, la experta hace una advertencia relevante: no todas las señales desagradables deben ser desatendidas. Alerta de que “hay incomodidades que sí que avisan de algo importante, como que un vínculo no funciona, que una situación no es buena para ti”, reconociendo la complejidad de diferenciar cuándo la incomodidad es una señal útil y cuándo forma parte del proceso natural de adaptación o cambio.
La psicóloga concluye que aprender a distinguir entre estas distintas incomodidades constituye parte esencial del desarrollo personal, al afirmar que “aprender a distinguir una cosa de la otra es parte del trabajo personal”, reforzando la invitación a replantear la relación con las propias emociones.
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