
En el corazón de la Ría de Arousa, en Pontevedra, se encuentra uno de los puntos más bellos y salvajes de Galicia: un islote rodeado de playas cristalinas y rocas graníticas que conforma un paisaje de ensueño. Estamos hablando de magnífico islote Areoso, una estrecha lengua de arena blanca que esconde dólmenes y monolitos en un enclave paradisiaco. Con una extensión de 600 metros de largo y 200 de ancho, cuyo punto más alto apenas alcanza los nueve metros sobre el mar, parece una versión gallega de las Seychelles, solo que bajo la superficie esconde secretos milenarios, tal y como apunta el National Geographic. Más que una playa de postal, es un yacimiento arqueológico único.
Además, Areoso forma parte del Complexo Intermareal Umia, un espacio protegido bajo la catalogación ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves), y es que en este paraje se pueden observar aves tan importantes como la gabita, una especie en cuidadosa protección. Este distintivo protege el islote y regula su gestión.
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Paraíso y prehistoria a la vez
Tal y como señala el portal web del Areoso, el origen de la isla está estrechamente relacionado con la formación de la ría de Arousa. Una conclusión a la que se llega gracias a diferentes estudios y excavaciones que se realizaron en el islote, donde se consiguieron muestras de la evolución que tuvo el lugar. Así, se demuestra que la formación de la ría supuso el anegamiento de zonas como el entorno de Areoso, lo que produjo su aislamiento.

Las excavaciones posteriores han encontrado hallazgos de un asentamiento perteneciente a la Edad de Bronce, periodo en el que pudo haberse producido dicho aislamiento. Aunque, fue a finales de los años ochenta cuando el arqueólogo J. Manuel Rey reveló el primero de los hallazgos: una estructura megalítica que desvelaba la presencia, hace más de 4.000 años, de pobladores que levantaron túmulos funerarios en lo que entonces no era isla, sino península unida al continente.
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Los vestigios —dólmenes y tumbas— emergen en la mitad sur del islote, evidenciando cómo el mar ha ido transformando el paisaje una vez más, amenazando los restos de aquellas civilizaciones con su avance imparable. Pero más allá de sus restos prehistóricos, la zona norte cuenta con la duna más extensa del islote junto a una playa de fina arena que, por el contraste entre el blanco del arenal y el azul turquesa de sus aguas, evoca ambientes propios del Caribe.
Por su parte, el sur de Areoso presenta una cara más salvaje y menos transitada, distinguida por albergar el dolmen mejor conservado de la isla, el único de los cinco identificados que aún permanece completo. A su vez, la isla es también un destino privilegiado para los entusiastas de la fauna, ya que está integrado en la Zona de Especial Protección para las Aves dentro del Complexo Intermareal Umia.
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Una belleza en peligro de extinción

La ironía más dura de Areoso reside en que el mismo océano que lo dota de un encanto paradisíaco es el responsable de su lenta destrucción. Cada marea, cada temporal del invierno gallego y, sobre todo, la subida constante del nivel del mar, desgastan sin pausa la arena de sus orillas. Según los expertos, la duna norte ha perdido el 28% de su volumen desde mediados del siglo XX, y entre 2008 y 2014 algunas playas vieron desaparecer casi un metro de arena, tal y como recoge el National Geographic.
Los arqueólogos han documentado ya cinco estructuras megalíticas, aunque una se la tragó el mar “hace pocos años”. Para minimizar el impacto sobre el entorno, la Xunta de Galicia ha establecido un cupo que restringe el acceso a un máximo de 150 personas diarias, y siempre bajo estrictas condiciones.
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“Por razones de seguridad y para evitar un mayor deterioro del islote Areoso, durante determinados turnos y días, no se darán autorizaciones para acceder”, advierten, haciendo hincapié en que, con determinadas mareas, la playa puede llegar a desaparecer por completo. La autorización administrativa, a gestionar gratuitamente por internet, es el primer paso de una pequeña odisea: desde el puerto de Pau, en la isla de Arousa, solo un taxi acuático permite pisar este fragmento de prehistoria.
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