“Ya le he igualado dos veces. Ahora solo me queda superarle”. Con esa frase se presenta María Teresa Perales, nadadora paralímpica que ha logrado un hito sin precedentes: la medalla número 100 en su palmarés. Se refiere a Michael Phelps, el campeón estadounidense con 28 medallas olímpicas.
Acaba de llegar del Europeo de Kocaeli y tiene la agenda cargada. Es más, fue ella misma quien se decidió por Leo Messi para el Premio Princesa de Asturias 2026, premio que también recibió ella misma en 2021. Aun así, recibe a Infobae en el edificio Joaquín Blume, donde entrena. “Un día sin nadar es una semana perdida”, dice mientras baja las rampas que dan a la pista de atletismo del Centro de Alto Rendimiento en Madrid.
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La piscina estaba en obras. “Es una pena”. No obstante, sus compañeros le dejan una parcela de la otra, más pequeña, que tiene el centro para que pueda ejercitarse todos los días. Parece que no, pero sabe que es la más mayor y saluda antes y después a los deportistas que nos vamos encontrando por el camino. Siempre intenta darles consejos porque cuando ella empezó, nada de esto existía.
La medalla número 100
Ha pasado ya un mes de aquel hito, pero lo recuerda con nitidez. Salió de la piscina y sus compañeros la esperaban con globos. En ellos estaba escrito el número 100. Más tarde, a la hora de la cena, sacaron la tarta. “Tenía que ser premeditado, imagínate que no lo consigo”, bromea Perales al recordarlo.
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Y es que las tres cifras fueron el colofón a un campeonato perfecto: cinco medallas (un oro, tres platas y un bronce) y “un pleno de podios”. La centésima llegó la última, con la victoria en los 50 metros espalda, una prueba que le devolvió sensaciones que echaba de menos: “Hacía seis años que no subía al oro y que no veía la bandera y el himno”.
La cifra llevaba tiempo rondándole la cabeza. Cuando empezó a competir, jamás imaginó que estaría tantos años en la élite, pero un día hizo cuentas. “Ostras, ya llevo muchas medallas, ¿qué tal aguantar hasta la cien?”, pensó. Incluso llegó a decir en público que se retiraría cuando la alcanzara. Ahora sonríe al recordar aquella promesa: “No me voy a retirar hasta que me apetezca”.
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La niña a la que descartaron
Lo curioso es que Teresa Perales era de todo menos nadadora. “No me gustaba, me daba mucho miedo”, confiesa. Y nunca aprendió realmente a nadar. Con apenas cuatro años la descartaron para ese deporte. “Fue la primera vez en mi vida que me descartaron”.
Encontró refugio en el kárate, aunque tampoco terminó de sentirse cómoda. Los katas, los kumités y la exposición delante del público le imponían demasiado respeto. Lo que realmente le gustaba era otra cosa: hacer deporte por el simple hecho de compartirlo: “Esa es la Teresa de verdad, la que le encanta vivir cada una de las experiencias, las buenas y las no tan buenas”.
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Una enfermedad que la hizo renacer
Entre esas experiencias está la de ‘renacer’. El 10 de mayo de 1995 es un día que sigue grabado en su memoria. “Fue el último día que pude correr”. El Real Zaragoza acababa de conquistar la Recopa de Europa con los goles de Esnáider y Nayim. Perales tenía 19 años y salió con una amiga, su hermano y su madre a celebrarlo a la Plaza de España. “No solamente caminar, sino correr, saltar, celebrar...”.
Al regresar a casa, recuerda, le dolían las piernas y los pies “un montón”. No sabía que aquellos eran los primeros síntomas de la neuropatía que acabaría dejándola sin movilidad desde la cintura hasta los pies. Llegó el duelo. El rechazo. La incertidumbre.
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Durante meses, lo primero que hacía cada mañana era mirar sus dedos para comprobar si se movían. Hasta que un día dejó de hacerlo. Ese olvido marcó un antes y un después. “Es como un videojuego. Cada vez que superas una traba, adquieres una herramienta”, explica. La vida le enseñó entonces una de las lecciones que más repite: “¿Saben qué es lo único que no tiene solución? La muerte”.
Lo dice mientras recuerda a su padre, fallecido a los 45 años. Ella ahora tiene 50. “Ya le he sobrevivido en edad y elijo lo que hago con cada segundo de mi vida”. Así, decidió que quería construir una vida útil, dejando una reflexión que va más allá del deporte: “Ojalá tengas la oportunidad de ayudar a alguien que no conoces de nada”. Después se ríe: “Te sientes francamente bien. Es una cuestión muy egoísta”.
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Aprender a nadar cambió el resto de su vida
Ahora sí, tocaba tirarse a la piscina. Aprendió casi por necesidad y su primer entrenador le convenció para competir. En 1997 debutó en un Campeonato de España con un oro y un bronce. Desde entonces ya no salió de la élite. Sídney, Atenas, Pekín, Londres, Río, Tokio y París. Siete Juegos Paralímpicos. 28 medallas olímpicas. Las mismas que el mítico Phelps.
Y una vida que tomó un rumbo que jamás había imaginado. Porque el deporte no solo le dio victorias. También le permitió cumplir un sueño mucho más antiguo: viajar. “No tenía dinero”. Ahora, cuando imagina tomándose un café con aquella Teresa de 19 años, sorprende: “No sabes lo que te espera, hija”.
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Los Juegos Olímpicos que más recuerda son Pekín 2008. “Fue el momento álgido de mi carrera”, apunta. Fue la abanderada del equipo español y ganó seis medallas. “Era la primera vez que se hablaba del deporte paralímpico y que nos igualaban a deportistas olímpicos”.

Después fue un no parar de subirse al podio hasta París 2024, cuando llegó la número 28. Entonces volvió a encontrarse con Michael Phelps. “Ahora solo me queda superarle”, dice entre risas. Pero llegar hasta ahí le costó ocho años, destaca. “En Río se me fue por dos. Llegamos a Tokio después de cinco años entrenando, con la pandemia de por medio, y solo una medalla y con suerte”, subraya.
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Incluso en París el bronce llegó por tres centésimas. “Estaba cortocircuitada del esfuerzo”, admite. Y no escuchó nada. Cuando recuperó aire, descubrió que el speaker había anunciado que acababa de igualar a Phelps mientras toda la grada coreaba su nombre. “Fue muy chulo”.

Despertarse para hacer los sueños realidad
Los Ángeles 2028 aparecen ya en el horizonte. Serán sus octavos JJOO. “Lo que espero es seguir sintiéndome orgullosa”, señala, describiendo su mentalidad como “muy aragonesa” y de tirar “pa’lante”, aunque ha aprendido que no siempre funciona.
Cuando habla con deportistas jóvenes insiste en dos ideas. La primera: “Hay que soñar a lo grande”. Y la segunda, que llega inmediatamente después. “Pero luego hay que atreverse a despertarte para hacer tu sueño realidad”.
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