
Si el cine tiene algún poder, es el de detener el tiempo y hacer que muchas de sus películas, a pesar del paso de los años, sigan siendo capaces de emocionarnos. Algo así ocurre con El mago de Oz, clásico indiscutible dentro del género de los musicales y una de las producciones más influyentes de los años 30.
Estrenada en 1939, la cinta fue pionera en el uso del technicolor y construyó un universo visual que marcó a generaciones de espectadores, hasta el punto de que la Unesco la introdujo en su día en el registro de Memoria del Mundo, un reconocimiento que comparten muy pocas obras cinematográficas.
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Sin embargo, detrás de este histórico éxito se esconde uno de los rodajes más peligrosos de la historia de Hollywood, que incluyó intoxicaciones, viajes urgentes al hospital y varios accidentes que convirtieron la filmación en una auténtica pesadilla. De este modo, la historia de Dorothy, una niña de 12 años que sueña con viajar “más allá del arco iris” y que atraviesa el mundo de Oz para poder regresar a su Kansas natal, no es tan feliz y colorida como podría parecer en la pantalla.
El calvario de la actriz protagonista
Si alguna vez has visto El mago de Oz, recordarás fácilmente las alucinadas expresiones de Judy Garland durante toda la película. Estas caras podrían haberse debido al fantástico mundo que Dorothy tenía a su alrededor, pero también podrían haberse originado en la cantidad de anfetaminas y barbitúricos que le daban a la actriz para que aguantara jornadas de hasta 16 horas de rodaje.
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No fue la única tortura a la que se sometió la intérprete. Judy Garland tenía 16 años cuando interpretó a Dorothy, un personaje pensado para una niña de 12. Para disimular su desarrollo físico, el estudio la obligó a usar un corsé muy ajustado. Pero no era una simple prenda de vestir: era un mecanismo de opresión física diseñado por el propio estudio que pretendía ocultar por completo las curvas naturales de su silueta y sus pechos, forzando una figura completamente plana e infantil.
Además, Garland contó mucho tiempo después que también sufrió acoso sexual durante el rodaje. Varios de los actores adultos metían las manos por debajo de su vestido de cuadros y de la cúpula del propio estudio. Louis B. Mayer, jefe de Metro Goldwyn Meyer, la llamaba “mi pequeña jorobada” y solía hacer que se sentara en sus piernas para tocar su pecho de manera inapropiada señalando “su gran corazón y talento”.
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Amianto, aluminio y fuego
El resto de miembros del elenco de El mago de Oz también pasaron por su propio calvario. Buddy Ebsen fue el primer actor elegido para dar vida al Hombre de Hojalata. Sin embargo, tras diez días de grabación tuvo que abandonar el papel: el polvo de aluminio usado en su caracterización le afectó a los pulmones y lo dejó en estado crítico. Jack Haley lo sustituyó y se le aplicó en adelante una pasta plateada para evitar riesgos similares. Sin embargo, el estudio decidió mantener algunas de las canciones ya grabadas por el primer intérprete.
Por su parte, Margaret Hamilton, que daba vida a la bruja mala del Oeste, resultó gravemente quemada cuando la grasa de su maquillaje entró en contacto con el fuego de una escena. La actriz permaneció seis semanas hospitalizada tras el incidente y, cuando volvió, se negó a filmar una secuencia en la que debía volar sobre una escoba humeante. Decidieron contratar a una doble de riesgo y, cuando finalmente se rodó esa escena, el mecanismo de la escoba falló y la sustituta sufrió un accidente que le causó heridas graves.
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El riesgo para la salud de los actores fue tan extremo que incluso en una de las escenas más recordadas de la película su vida corre peligro. Nos referimos a la famosa secuencia en la que Dorothy, el Espantapájaros y el León Cobarde se quedan dormidos por el hechizo de la bruja y cae nieve para despertarlos. Pues bien, no era nieve lo que caía, sino toneladas de amianto, un material tremendamente cancerígeno y responsable de causar graves enfermedades pulmonares.
Los trajes eran tan voluminosos que el elenco debía comer sin quitárselos. En algunos casos era difícil incluso masticar, así que muchos de los intérpretes tuvieron que mantener una dieta basada casi exclusivamente en líquidos durante buena parte del rodaje. Quien peor lo pasó en ese sentido fue Bert Lahr, actor que interpretó al león cobarde, cuyo pelaje (hecho con piel de león real) pesaba 40 kilos. El traje debía lavarse cada noche debido a la cantidad de sudor acumulado. Aun así, el olor nunca llegó a eliminarse del todo y, según relataron sus propios compañeros de rodaje, resultaba insoportable durante las largas horas de filmación.
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