
La civilización nazca es una de las culturas más fascinantes y misteriosas de América del Sur. Habitaron la costa sur de Perú a partir del 100 a. C. y allí permanecieron hasta el siglo IX, demostrando un gran desarrollo ingenieril y artístico que todavía puede encontrarse en el país andino. Entre sus mayores misterios, figuran las famosas Líneas de Nazca, kilométricos geoglifos que se extienden por el desierto de la región de Ica y que, durante mucho tiempo, pasaron completamente desapercibidos.
Sin embargo, hubo alguien que logró adivinar para qué servían. Su nombre es Maria Reiche y fue una matemática alemana nacida en 1903. Su historia es la que protagoniza Lady Nazca, la película de Damien Dorsaz en la que cuenta la historia real de cómo esta mujer (interpretada por la actriz Devrim Lingnau) llegó al país andino y cómo descubrió las figuras, se obsesionó con ellas y decidió dedicar toda su vida a averiguar su significado.
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El propio Dorsaz tuvo la oportunidad de conocer personalmente a Reiche hace 25 años y, de hecho, ese encuentro fue el que, mucho tiempo después, conduciría primero a un documental y más tarde a esta película. “Cuando yo la encontré, me transmitió una gran fuerza con su vida y con lo que estaba haciendo. Mi idea era transmitir al público esa sensación tras entrar en su interioridad y sus emociones". La ficción le permitía acceder a ese plano más íntimo que biográfico, con el que transmitir no solo un hito de la arqueología, sino también la determinación de alguien dispuesto a descubrir la verdad por amor al pasado y a todo lo que este puede enseñarnos sobre el mundo.
Una europea que no se lleva nada
En Lady Nazca, nos encontramos con Maria Reiche ya en Perú. Graduada en matemáticas, física y geografía, esta mujer se marchó a Latinoamérica por la crisis económica tras la Primera Guerra Mundial y el ascenso del nazismo en los años 30. A pesar de encontrarse en un país que no era el siuyo, no obstante, no dejó de interesarse por el país que la había acogido desde un profundo respeto. “Es una mujer que llega al desierto como una occidental”, remarca el cineasta, “pero poco a poco establece una conexión diferente con el mundo”.
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En una expedición anecdótica, acaba topando con gigantes geoglifos en el desierto, y decide abandonar todo lo que hacía para dedicarse a estudiarlos. Una sacrificada tarea por la que incluso algunos la toman por loca, pero en la que también encuentra la colaboración de la población indígena de la zona. “Ella no es como el típico europeo que viene y dice: ‘Yo lo encuentro todo, lo sé todo’. Es un encuentro entre todos”. Por eso, Reiche acaba también asimilando el modo de vida de sus convecinos, teniendo más en común con ellos que con otros europeos, al mismo tiempo que valora mucho más el pasado arqueológico de la zona que muchos otros peruanos.
Pero ¿dónde está la línea que separa el colonialismo y el expolio del respeto por la historia? “Esta es una pregunta muy importante y la respuesta no es fácil”, reconoce Dorsaz. “Para mí, que los europeos tomen lo que no es suyo y que los peruanos lo destruyan son, en realidad, dos problemas diferentes”. El director confiesa que él mismo, la primera vez que estuvo en Perú, se sentía “como un Indiana Jones” legitimado para llevarse lo que fuera. Tardaría un tiempo en darse cuenta de que estaba equivocado, y conocer a Maria Reiche tuvo mucho que ver en ella. “Es exactamente lo contrairo a Indiana Jones. Es una pasión, pero sin llevarse nada. Es una pasión por observar y entender el mundo”.
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Cuando cuidar el pasado es cuidarnos a nosotros
En la actualidad, la teoría más aceptada del significado de las figuras del desierto de Nazca es la que propuso en su momento Maria Reiche: un gigantesco calendario astronómico, el más grande de la historia, realizado para medir los ciclos agrícolas. En la película de Dorsaz la seguimos hasta alcanzar esta intuición, aunque quizá importe más todo lo que la precede: su acto de proteger todos esos geoglifos, y su entendimiento por el hecho de que cuidar la historia de la región es, también, una forma de cuidar el mundo.
En ese sentido, vemos en Lady Nazca como la mujer no solo restaura los geoglifos, sino que además se enfrenta directamente con personas de mucho poder que no veían en esos dibujos sino restos inútiles de una civilización ya extinta. Su vida se vuelve mucho más difícil de lo que era, sus condiciones son cada vez más duras, pero como le dice a su pareja Amy (una ciudadana inglesa que era dueña de un conocido salón de té a la que conoció tras enseñarle alemán), “siento que por fin estoy donde debería estar”.
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“Cuidar el pasado es cuidar esas líneas, que son parte de nuestra historia y son parte de nosotros. Ella tiene esa idea: no es tanto proteger las lineas sino es algo más general, cuidar en general”, explica el cineasta. Sin embargo, para él la idea va más allá: “Para mí la película habla también de cómo encontrar una conexión con el mundo, sobre todo ahora, y cómo podemos cambiarla. Estoy casi seguro de que en los años que están por venir, más que de la guerra y de todo, hablaremos sobre cómo tener una conexión más suave como el mundo”.
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