Han tenido que pasar exactamente 72 años, incontables noches de frustración y un ejercicio de resistencia al límite en el BC Place de Vancouver, pero la maldición del fútbol helvético ha llegado a su fin. Suiza está, por derecho propio, entre las ocho mejores selecciones del planeta.
En un partido de altas pulsaciones, el combinado europeo derrotó a Colombia por 4-3 en la tanda de penaltis tras igualar 0-0 en los 120 minutos de juego, rompiendo un maleficio histórico que parecía incrustado en su ADN.
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Desde aquel lejano Mundial de 1954 en el que ejercieron como anfitriones, la barrera de los octavos de final se había convertido en una muralla psicológica infranqueable para Suiza en la era moderna.
Los dolorosos tropiezos en 1994, 2006 (donde cayeron sin conceder un solo gol en todo el torneo), 2014, 2018 y 2022 habían instalado un complejo de inferioridad en las instancias decisivas. Hoy, esta generación ha derribado ese muro con una demostración de madurez competitiva, orden táctico y una frialdad estremecedora desde los once metros.
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Resistencia y definición desde los once metros
Sobre el césped de Vancouver, la clasificación fue una auténtica batalla de resistencia. Colombia impuso condiciones en la primera mitad mediante una presión alta que neutralizó la medular europea, disponiendo de la ocasión más clara en el minuto 21 con un remate de Gustavo Puerta que atajó el portero suizo.
La respuesta helvética llegó al filo de la media hora con un potente disparo de Fabian Rieder salvado magistralmente por Camilo Vargas. Tras una segunda mitad de ida y vuelta donde Luis Suárez y Dan Ndoye acariciaron el gol, el drama se trasladó a la prórroga.
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Allí, el cansancio hizo mella y la suerte sonrió a Suiza en el minuto 98, cuando un cabezazo del colombiano Jhon Lucumí se estrelló en el travesaño, antes de que Daniel Muñoz perdonara la última oportunidad en los instantes finales, abriendo paso a la tanda fatídica.
Desde los once metros, Xhaka asumió los galones de capitán convirtiendo su disparo con una tranquilidad pasmosa, Kobel detuvo el disparo del Cucho y finalmente fue Rubén Vargas el encargado de ejecutar el tiro definitivo. El extremo suizo definió con maestría a la escuadra, desatando la locura en el banquillo y disolviendo más de siete décadas de decepciones mundialistas en un solo grito de desahogo.
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El eco de 1954 y la cita con la historia
Esta hazaña permite a la “Nati” regresa a la antesala de las semifinales, un territorio que no pisaba desde mediados del siglo pasado y que evoca los capítulos más memorables de su historia futbolística. Es apenas la cuarta vez que el país centroeuropeo alcanza los cuartos de final en un Mundial, tras haberlo logrado de forma consecutiva en las citas de Italia 1934 y Francia 1938.

Sin embargo, el recuerdo más imborrable y doloroso se remonta a Suiza 1954. En aquella edición, jugando ante su público, el combinado helvético protagonizó junto a Austria el célebre Hitzeschlacht von Lausanne (la batalla de calor de Lausana). Bajo temperaturas que rozaban los 40°C, Suiza llegó a ponerse por delante 3-0 en apenas veinte minutos, pero acabó sucumbiendo por un espectacular 7-5.
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Siete décadas después, aquel derbi alpino sigue ostentando el récord histórico como el partido con más goles jamás disputado en una Copa del Mundo, y supuso el cierre de la época dorada de una Suiza que hoy, por fin, vuelve a mirar a los ojos a la aristocracia del fútbol.

El próximo reto no será menor, ya que el sábado 11 de julio, la “Nati” se trasladará a Kansas City para medirse en los cuartos de final ante la vigente campeona del mundo, la Argentina de Lionel Scaloni, que llega tras certificar su boleto al eliminar a Egipto en una sufrida remontada. Suiza ya ha hecho historia rompiendo su peor racha contemporánea; ahora, el orden y la fe helvética buscarán el golpe definitivo ante los defensores del trofeo.
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