Andrés Neuman, escritor: “El ser humano tiene el mismo empeño en extinguirse que en sobrevivir; somos una especie infinitamente paradójica”

El autor hispano-argentino regresa a la poesía con ‘Vengo de ver’, una obra que, a través de las sutilezas cotidianas, busca encontrar ese hilo que conecta el dolor de las personas con la celebración por seguir vivos

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Andrés Neuman, autor de 'Vengo de ver'.
Andrés Neuman, autor de 'Vengo de ver'. (Sáshenka Gutiérrez/EFE)

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) se define a sí mismo como un “escritor de oído”. Para sus novelas, como Bariloche (1999), El viajero del siglo (2009, Premio Alfaguara de novela) o Hasta que empiece a brillar (2025), afirma que es mucho más importante la voz de sus personajes que su rostro, el cual a veces ni siquiera se imagina. “Es como si mi imaginación tuviese un dial que va buscando un sonido lo más nítido posible”, explica. “Necesito saber cómo habla, cómo respira cuando dialoga. Por eso no me siento seguro hasta que siento que se ha sintonizado esa voz”.

Sin embargo, en Vengo de ver (La Bella Varsovia), el proceso es completamente distinto. “En poesía escucho voces y voy negociando con los susurros que aparecen, más como un dictado interior”, precisa. “No es encontrar una voz, sino más bien encontrar cuál de las cuerdas de tu identidad o de las teclas de tus emociones es la que necesitas para que resuene el poema. Por eso nunca lo pienso en voz alta. Mi imaginario auditivo tiene más que ver con que estoy buscando una palabra y, hasta que no la encuentre, voy a permanecer en silencio”.

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En su nuevo poemario, Andrés Neuman empieza con un poema coral que, jugando deliberadamente con lo profético, cae con fuerza para devolvernos a los días de la pandemia, cuando todo el mundo, paradójicamente, grita. “Así, me parece que lo más contracultural es cultivar el susurro, un susurro que es una especie de concentración de lo muy pequeño, algo que casi no se escucha”. A través de esas profecías silenciosas llegan las preguntas, las alucinaciones, la ira y el amor, en un juego de lo que la vida da y destruye que desemboca, irrevocablemente, en el futuro.

Cubierta de 'Vengo de ver', de Andrés Neuman. (La Bella Varsovia)
Cubierta de 'Vengo de ver', de Andrés Neuman. (La Bella Varsovia)

“La literatura merece algo mejor que un vómito”

Neuman emplea una mirada visionaria y miope al mismo tiempo para diseccionar la realidad cotidiana, transformando lo ordinario en reflexiones sobre el lenguaje y la existencia, que llegan como pequeñas epifanías. “Todo el mundo tiene pequeñas inspiraciones cotidianas, todo el mundo. Y según a qué te dediques, se manifiestan de un modo u otro”, afirma.

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Al mismo tiempo, el autor defiende que esto, o el hecho de que este tipo de revelaciones encuentren su trascendencia en lo mínimo, no les quita valor. “Tenemos un estereotipo de la inspiración que es como algo muy intenso, algo muy grande, algo que se tiene que gritar”, observa. “La catarata y la catarsis son lo contrario a la reflexión y la sutileza. Dudo mucho que ninguna de las obras de arte que nos conmueven haya sido creada en estos términos: imagínate que un carpintero que, en un ataque de visceralidad, quiera hacer un mueble; imagínate quién se va a sentar allí después”.

Y es que, para él, la emoción necesita un cauce en el cómo para que discurra el qué, “no porque no haya una descarga emocional en juego, sino porque la descarga emocional necesita un cauce formal y tonal para que funcione”. Incluso en las expresiones artísticas más impulsivas, como los drippings de Jackson Pollock, insiste, hay una meditación y una búsqueda detrás de cada gesto: “También el arte aparentemente más impulsivo o visceral es producto del ensayo, el error y la búsqueda”.

Una persona mira el cuadro titulado 'Número 7A', pintado en 1948 por Jackson Pollock. (Eduardo Munoz/Reuters)
Una persona mira el cuadro titulado 'Número 7A', pintado en 1948 por Jackson Pollock. (Eduardo Munoz/Reuters)

“La pandemia es un ejemplo paradigmático de duelo no resuelto”

Andrés Neuman aclara que Vengo de ver no es un libro sobre la pandemia, aunque su inicio llegue con un poema extenso simbólicamente marcado por este episodio. “La pandemia no nos unió en absoluto, agudizó todas nuestras taras y conflictos. Hubo un espejismo de comunión, pero creo que más bien fue una especie de inflexión cultural”, opina. “Hay asuntos o conflictos como con una raíz muy larga que se agudizaron en la pandemia y que seguimos arrastrando de forma un poco agónica”.

Entre esos asuntos se cuelan también las emociones más difíciles de nombrar, así como las heridas colectivas. “El duelo es una parte tan importante de la literatura como el amor o la celebración, y la pandemia es un ejemplo paradigmático de duelo no resuelto”, apunta. “Vivimos en una sociedad de dolores un poco fantasmagóricos. Como si el dolor mismo te ghostease o el enemigo te ghostease. Ya no es que te ghostea una persona en una aplicación, te ghostea el sistema”.

Más adelante, el libro se divide en dos partes, Furia y Fiesta, para transitar desde ese inventario de daño compartido hasta la reconstrucción y el vitalismo, como una búsqueda de razones para seguir adelante. “Nuestra especie tiene el mismo empeño por la extinción que por la supervivencia, por la destrucción que por el placer. Somos una especie infinitamente paradójica”.

Andrés Neuman
El escritor argentino Andrés Neuman, reacciona durante una entrevista con EFE en la Ciudad de México (México). (EFE/ Sáshenka Gutiérrez)

“Cuando hay un exceso de visionarios, nadie tiene una visión irrefutable”

Así, en la última parte de Vengo de ver, Andrés Neuman aborda el amor desde diferentes modalidades, ampliando el concepto de poesía amorosa más allá de lo “ñoño”. Lo romántico aparece en lo erótico, en lo filial y en lo conyugal, así como en lo autoirónico, en poemas como El amor detrás de la oreja, donde se dice claramente: “Amor, moscas, etcétera. Poemas de amor todos o ninguno”. “Todo poema que vale la pena, propone el libro hiperbólicamente, es de algún modo un poema de amor a algo o a alguien”, defiende el poeta, que extiende este pensamiento hasta el propio fenómeno de la escritura, donde “sin una dosis de amor, solo tendríamos un silencio resentido”.

En la misma línea, si el propio título del poemario parece que nos hable de oráculos y profecías, el tratamiento de Neuman se aleja de lo canónico. Los visionarios aquí se muestran saturados, desbordados de visiones y de voces, al mismo tiempo que excesivos. “Cuando hay un exceso de visionarios, nadie tiene una visión irrefutable”, argumenta el escritor, cuestionando la autoridad de quienes se presentan como portadores de verdades reveladas en la actualidad.

Por eso mismo, subraya que decir “vengo de ver” no implica una visión única ni privilegiada, sino la necesidad de procesar y entender la acumulación de experiencias visuales. “En la portada hay alguien que, cargando con los bártulos de lo que ha ido viendo en la vida, está tan cargado que no ve nada. Va a tropezar en cualquier momento”, describe un Neuman que introduce también matices de humor y autocrítica, relacionando la figura del visionario con el desconcierto y la dificultad de asimilar el exceso de estímulos. “Vemos demasiadas cosas y pensamos demasiado poco en ellas”, concluye.

El escritor Andrés Neuman lee poemas del libro dedicado a la enfermedad y muerte de su madre

“No podemos dar por sentada ninguna palabra”

La poesía comparte y ordena lo que vemos, aunque el camino hasta que eso se produzca no sea sencillo. “La primera idea es la menos original. Lo primero que nos viene a la cabeza es un lugar común, una idea de otra persona, una copia involuntaria o directamente un plagio”, advierte Neuman. Para él, “lo original se excava” en un mismo acto que engloba escritura y reescritura, algo que no ocurre con tanta intensidad “en ningún otro género literario”, pues llega un punto en el que no se distingue lo uno de lo otro. “Una primera versión de un poema puede no guardar ninguna similitud con lo que será ese mismo poema, que a lo mejor años después no conservará ni el título, ni el primer verso ni el último”.

El cuidado de cada palabra es, para Neuman, inseparable del amor por la lengua, y cita a la filóloga y bibliotecaria española María Moliner y su Diccionario de uso del español como ejemplo de atención minuciosa al significado. “Ella nos recuerda que no podemos dar por sentada ninguna palabra, que toda palabra está sujeta a cambio, discusión y matiz”. Cuando cada significado está en juego, la poesía se vuelve ese “género literario exquisito” que Moliner menciona, capaz de afilar la lengua sin la cual “sentiríamos y pensaríamos menos”.

“No es que las emociones y las ideas preexistan ya hechas y puedan ser expresadas, sino que, en el proceso de trabajo con la lengua, se terminan de cocinar todas ellas”, concluye Neuman al final de la entrevista. “Cuanto menos amor a la lengua tengamos, menos ideas y sentimientos, y viceversa: la riqueza lingüística es amplitud emocional e intelectual, y creo que en la poesía, mejor que en ninguna otra parte, podemos sentir muy palpitantemente eso”.

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