
El Mundial avanza y, tras un apasionante partido inaugural y un par de partidos llenos de grandes giros de guion, es momento de volver al cine. Tras comenzar una serie en torno a las cinematografías de cada país participante en la competición, y analizar combinados como México, Sudáfrica, Suiza o Canadá, llega el turno de un nuevo grupo con el que descubrir un poco de historia y, sobre todo, grandes películas y personajes.
El grupo C del Mundial, con Brasil, Marruecos, Haití y Escocia, reúne cuatro cinematografías muy distintas, pero todas con una relación muy marcada con la identidad, la memoria y la forma de narrar el país propio. Como ocurre en el fútbol, el interés no está solo en la fuerza de cada nombre, sino en el estilo con el que cada uno se presenta. Y en el cine, esos estilos hablan tanto de historia como del presente.
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Brasil: energía, desigualdad y Cinema Novo
Brasil llega al grupo C con una de las tradiciones cinematográficas más ricas y visibles de América Latina, marcada por la tensión entre exuberancia vital y denuncia social. Desde los años sesenta, el Cinema Novo ha sido el eje de esa identidad, con Glauber Rocha como figura central y Deus e o Diabo na Terra do Sol como una de las obras más emblemáticas, donde la violencia rural, la fe y la política se entrelazan en una puesta en escena de fuerza casi visceral. Ese impulso de “hacer cine con lo que hay” no solo definió una época, sino que abrió una línea de continuidad que aún resuena en el cine brasileño contemporáneo.
En décadas más recientes, la tradición se ha renovado sin perder su origen crítico. Carlos Diegues amplió la mirada con historias más narrativas y populares, mientras Walter Salles llevó esa sensibilidad a una escala internacional con Estación Central y Diarios de motocicleta, cuando no la ya icónica Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles y Kátia Lund. Más cerca del presente, Kleber Mendonça Filho ha renovado la conversación con títulos como Aquarius, Bacurau o la reciente El agente secreto, que triunfó en el pasado Cannes y llegó con cuatro candidaturas a los Oscar. Películas donde la tensión política se cruza con una puesta en escena muy precisa y una mirada que no teme mostrar la complejidad de un país hendido por la desigualdad. Brasil, en cine, es a la vez un país de contradicciones fértiles y de una energía que nunca se disuelve en el cliché.
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Marruecos: tradición y modernidad con mirada social
Marruecos ha construido una filmografía de enorme personalidad, en la que tradición y modernidad conviven en un diálogo constante, muchas veces conflictivo. La obra de Nabil Ayouch ha sido decisiva para llevar al cine temas contemporáneos con una mirada directa y sin concesiones, como se ve en Horses of God, que explora la juventud y el extremismo, o en Much Loved, una película que aborda la vida de mujeres en los márgenes de la sociedad marroquí. Su cine ha ayudado a abrir el panorama nacional a historias que, hasta entonces, quedaban fuera de la pantalla.
Esa misma preocupación social se encuentra en Faouzi Bensaïdi, presente en Cannes en 2003 con Mille Mois, que aporta una sensibilidad más estilizada y reflexiva, con una puesta en escena que combina realismo y una mirada casi poética sobre el personaje y el espacio. También Laila Marrakchi ha contribuido a ampliar la presencia de miradas femeninas en el panorama marroquí, mostrando cómo la identidad se construye entre tradición familiar, expectativas sociales y deseo de libertad. El cine marroquí ha sabido moverse entre lo local y lo universal, apoyándose muchas veces en historias íntimas para hablar de transformaciones colectivas, y eso le da una voz muy reconocible dentro del cine africano y árabe.
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Haití: cine de resiliencia
Haití representa un caso especialmente interesante porque su cine ha tenido que desarrollarse en medio de enormes dificultades materiales, pero eso no le ha impedido generar obras de fuerte identidad y ambición política. Raoul Peck es el nombre más destacado, un cineasta que ha sabido conectar Haití con la historia política mundial a través de películas como I Am Not Your Negro, un ensayo visual sobre James Baldwin, o El joven Karl Marx, donde la historia pasa por su mirada sin abandonar nunca su vínculo con el país de origen. En su obra, Haití aparece no solo como lugar geográfico, sino como punto de partida para pensar la colonialidad, la violencia y la resistencia. Este mismo año, Peck ha estrenado Orwell: 2+2=5, documental en el que explora el legado de la obra de George Orwell 1984 en la actualidad.
El cine haitiano, en general, se percibe como una cinematografía de resiliencia, donde cada película tiene además el valor añadido de existir frente a múltiples obstáculos. No hay una gran industria, pero sí una voluntad clara de contar la historia desde dentro, sin reducir Haití a un estereotipo de tragedia. La mirada de Peck, y de otros autores que han trabajado en su entorno, muestra cómo el cine puede ser un espacio de memoria y de lucha política, no solo un reflejo pasivo de la realidad. En ese sentido, el cine haitiano es un ejemplo de cómo la creación puede mantenerse viva incluso cuando las condiciones materiales son mínimas.
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Escocia: Confort y alegría
Escocia completa el grupo con una tradición cinematográfica muy reconocible dentro del Reino Unido, aunque con voz propia, marcada por el realismo social y una veta poética que en ocasiones se vuelve profundamente amarga. Bill Forsyth dejó huella con Gregory’s Girl y Local Hero, dos películas que capturan con humor y ternura ciertas claves del carácter escocés: la vida cotidiana, la relación con el paisaje y cierta disposición a la introspección sin perder la ligereza. En ellas, el cine escocés se muestra capaz de ser divertido y reflexivo al mismo tiempo. Y, curiosamente, con un gran guiño futbolero en la primera, que tendría su secuela años después.
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Esa sensibilidad ha derivado, en generaciones posteriores, hacia un tono más duro y estilizado, sin perder la atención al personaje y al entorno. Lynne Ramsay llevó esa mirada a territorios complejos con Ratcatcher y Tenemos que hablar de Kevin, donde la violencia y la tensión familiar se traducen en una puesta en escena muy cuidada. Andrea Arnold también ha aportado una mirada incisiva en su retrato de los márgenes, mostrando cómo la identidad se construye en la intersección entre clase, territorio y deseo. Si se piensa en cine escocés, se piensa en paisaje, sí, pero también en clase, identidad y una melancolía que rara vez cae en el cliché.
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