Algunas de las grandes ciudades inmortalizadas en la historia del cine no son reales. No hablamos ya del maravilloso mundo de Oz o el planeta Tatooine, o de que Gotham haya sido Chicago igual que Liverpool. Hablamos del desierto de Almería imitando el desierto árabe de Lawrence de Arabia, Hawaii como Okinawa en Karate Kid o casi cualquier estudio para recrear Nueva York o la mismísima ciudad de Casablanca. Los lugares más icónicos del séptimo arte no siempre han necesitado del espacio real para sacar su mejor versión, y en el caso de la última película que ha llegado a cines no es diferente. Una película que ha conseguido hacer de El Cairo una ciudad oscura y corrupta a la altura del Los Ángeles de Chinatown y otras tantas películas de cine negro... sin ni siquiera haber pisado El Cairo.
“Es complicado, desde luego. Pero también ofrece muchas posibilidades. Me inspiré un poco en Amarcord y cómo Fellini recreó su hogar", cuenta Tarik Saleh, director egipcio exiliado desde hace años, que con Águilas de El Cairo vuelve a la ciudad que lleva años sin pisar. “Para mí, El Cairo es muy difícil de recrear, porque es un organismo vivo que late. Es una de las ciudades más antiguas del mundo. Mi intención era rodarla en Casablanca, pero unas semanas antes de empezar a rodar, el ministro de Interior de Marruecos dijo que no era posible. Al final se rodó en Estambul, que tiene cosas que me recuerdan al Cairo. Es el corazón de un imperio. Tiene el mismo tipo de riquezas. Hablamos de dinero antiguo, dinero viejo”, apunta Saleh, quien señala que a su vez “El Cairo es una ciudad mucho más femenina que Estambul. Egipto en sí es un país femenino, mientras que Turquía es un país muy masculino”.
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En Águilas de El Cairo conocemos a George Fahmy (Fares Fares), una gran estrella del cine egipcio que se ve en horas bajas y acaba siendo presionado para protagonizar un biopic sobre el presidente de Egipto, Abdelfatah el-Sisi. Aunque al principio se muestra reticente, pronto descubre que es una cuestión de vida o muerte para él y su familia, pero también que el país está en manos de gente muy peligrosa con la que es mejor no disentir. Mientras la película avanza, Fahmy se va adentrando en una gran red de mentiras y conspiraciones que van mucho más allá del cine.

Cine negro para explicar la corrupción real
“Me encanta el género, pero el cine negro es como el cinturón negro, el más difícil. Cuando escribes un guion sobre el género negro, el protagonista y el antagonista son los mismos. Es un género existencialista”, explica Saleh, quien menciona con cariño títulos clásicos del género como El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder: “Es la mejor película que se ha hecho jamás sobre Hollywood y ninguna otra se le acerca. Quizá Barton Fink", razona el cineasta, quien a pesar de todo admite que su país natal sí ha tenido una larga tradición de cine negro, aunque no tan conocida. “Es una de mis grandes fantasías. Si me perdonan y me dejan volver a Egipto, haría algún remake de alguna de las grandes películas egipcias”, confiesa.
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Aunque nacido en Estocolmo, Saleh ha centrado la mayor parte de su obra en Egipto, de donde es su familia. A raíz de sus películas en torno a El Cairo, comenzadas con El Cairo confidencial (2017) y continuadas con Conspiración en El Cairo (2022), el director ha sido vetado en Egipto y sus películas prohibidas, aunque a Saleh no le preocupa del todo. “El cine o la televisión egipcia es una realidad paralela. Los militares producen todo. Pero siguen haciendo, hacen culebrones y la gente no quiere ver la realidad. Siempre ha sido así. Han creado una realidad paralela en la que la gente no dice tacos, cuando en Egipto se habla mal, es un idioma muy salvaje en la calle”, explica Saleh, quien desvela que hasta a su propia familia le resultan problemáticas sus películas. “Ellos no se reconocen así. Me dicen ‘pero, eh, espera, que nosotros no hablamos así’. Hasta mi padre reacciona de una forma airada: ‘Pero ¿de verdad hace falta usar ese tipo de lenguaje? Es vulgar’, me dice”.

La censura de la libertad
Saleh pone como ejemplo la cruzada del Gobierno egipcio contra los divorcios. “En los gobiernos autoritarios, la censura se instala en la mente. Siempre hay un control que puede ser religioso o moral, según los valores que imponga el líder. En Egipto, Al-Sisi quiere que el cine y la televisión promuevan familias unidas y valores tradicionales, pero esto no coincide con lo que realmente buscan los espectadores, que buscan los culebrones turcos de infidelidades”, comenta. “Los fascistas siempre han intentado controlar la cultura. Les interesa más la cultura que a la mayoría de los políticos liberales, por desgracia para nosotros. Siempre buscarán la minoría en la sociedad”.
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Saleh reconoce que ha recibido en algún momento propuestas para trabajar para un régimen autoritario, pero, como su personaje en la película, se cuestiona si es ético. “Como cineasta, me identifico con la idea de ser una minoría. Y ahora mismo en Europa, ser de ascendencia árabe te mete en intereses políticos muy opuestos. Puedo ir a Arabia Saudí a acogerme al fondo del cine del Mar Rojo. Podría hacer una película sobre lo grande que es Arabia Saudí o puedo ir a Israel a hacer una sobre un espía israelí viviendo en Egipto”, reflexiona Saleh, quien insiste en que esta cuestión está presente incluso en países occidentales.
“Desde Suecia se exportan mucho las obras sobre grandes detectives capaces de resolver cualquier caso. Y sin embargo, la verdad es que la policía sueca no sirve para nada. Tenemos una de las cuotas de crimen más altas del mundo. Todavía no se sabe quién mató a Olof Palme después de tantos años. En Estados Unidos tienes a los superhéroes. ¿Y qué es la película de superhéroes? Es alguien que se enfrenta al maltratador, al bully... Y tienen un país que realmente está bajo las órdenes de un bully”, argumenta Saleh, aludiendo a la figura de Donald Trump. “Creo que todo esto viene de mi origen como grafitero, plantear cada película como si fuera un gran golpe, que la gente lo vea y piense: ‘¿Quién permitió eso? ¿Quién pudo atreverse?’. Todavía adoro esa sensación y me gusta hacer películas que no deberían existir, que no deberían ser posibles”.
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