
La relación entre Eve Babitz y Joan Didion ha resurgido en el debate literario gracias a la reciente publicación de varias obras que exploran su compleja amistad y rivalidad, así como su papel en el convulso Los Ángeles de las décadas de 1960 y 1970.
Ambos nombres han sido recuperados del olvido en parte por el análisis riguroso de la periodista Lili Anolik, quien ha profundizado en las vidas y obras de estas escritoras en el volumen Didion y Babitz (Random House), un ensayo que Anolik dedica a contraponer ambas figuras.
El libro también ha servido para revitalizar el interés por la inclasificable Babitz, a quien la propia Didion ayudó a despegar como autora al recomendarla a la revista Rolling Stone. En Los Ángeles de los sesenta y setenta, Babitz y Didion encarnaron dos formas opuestas de habitar una ciudad en transformación.
Joan Didion, llegada de Sacramento y formada en Manhattan, ha sido descrita como una observadora metódica y distante, narradora de las contradicciones emocionales de California, con una prosa calibrada y una frialdad que se percibía incluso al escribir sobre el duelo por la muerte de su hija y su marido. Su obra más importante, fue El año del pensamiento mágico, escrita tras el fallecimiento en un accidente de su esposo.
En el otro extremo, Eve Babitz, nacida a la sombra de Hollywood Hills y ahijada de Igor Stravinsky, ha representado la vibrante cultura bohemia de la ciudad. Babitz ha sido reconocida tanto por sus crónicas literarias como por su vida social, que incluyó una legión de amantes como Jim Morrison, Ed Ruscha o Harrison Ford y una capacidad innata para frecuentar a artistas e intelectuales.
La singularidad de Babitz radica no solo en la potencia de su prosa, genuina y sensual, sino también en la mitología que ella misma alimentaba sobre su figura pública. Ha sido célebre su autorretrato: “Me parecía a Brigitte Bardot y era la ahijada de Stravinsky”. Antes de publicar, diseñó portadas de discos para Buffalo Springfield o Linda Ronstadt, y fue retratada desnuda en la famosa foto en la que juega al ajedrez con Marcel Duchamp, imagen que marcó su salto al estatus de leyenda cultural.
El eje Babitz-Didion ha sido definido por Lili Anolik como el de dos polos opuestos que, sin embargo, comparten dedicación total a su arte. “En todos los sentidos, son opuestas. Se parecen tanto en su absoluto compromiso por ser artistas o escritoras, pero lo hacen de maneras opuestas”, ha explicado Anolik a Interview Magazine, refiriéndose a la disciplina metódica de Babitz y el distanciamiento emocional de Didion.

Anolik subraya, además, el papel de Didion al impulsar la carrera literaria de su rival, al tiempo que señala la ambivalencia de Babitz, que presumía de haberla despedido como editora mientras le debía buena parte de su éxito inicial.
El año pasado se publicó en España Días lentos, malas compañías. El mundo, la carne y L.A por Colectivo Bruxista y ahora ha coincidido la reedición de la recopilación de artículos Yo era un encanto, que incluye tanto el célebre recuento del accidente que casi acabó con la vida de Babitz como relatos sobre estrellas y ambientes decadentes de la capital californiana.
En estos textos, Babitz desvela la parte oscura tras la fachada del éxito hollywoodiense, su cara oculta y menos amable. Su mirada sobre la ciudad es la de quien nunca se resignó a la pasividad, como escribió en una de sus obras. Las tensiones y afinidades entre ambas creadoras se materializaron en diversas correspondencias, como la carta en que Babitz reprochaba a Didion su escaso interés por Virginia Woolf, y en la que cuestionaba su feminismo por ocultar su talento bajo una imagen frágil.
Anolik, tras hallar esta carta entre los diarios de Babitz, decidió enfocar su ensayo en torno a ese antagonismo, tomando partido por la californiana hedonista y atribuyendo a Didion cierto arribismo e incluso el cálculo en su timidez. “Eran las dos mitades de la feminidad”, considera Anolik, quien abre el libro con una afirmación de Babitz: “Prefiero averiguar las cosas mediante el cotilleo”.
Arte, excesos y el final de una era
La vida de Babitz también ha estado marcada por la tragedia, como el accidente de 1997 en el que un cigarrillo le provocó graves quemaduras al incendiarse su falda mientras conducía. Ella misma bromeó escribiendo sobre cómo había comprobado que fumar es malo para la salud. Sin seguro médico y arruinada, sus amigos y familiares organizaron una subasta de arte para financiar la recuperación.
Ya desde entonces, su figura quedó envuelta en la leyenda de una artista ajena a convenciones y dotada para transformar una existencia de excesos en arte literario. La cultura en la que Babitz y Didion desarrollaron su obra sufrió un cambio radical a partir de 1969, como analiza el libro de Anolik. El asesinato de Sharon Tate y el impacto del grupo de Charles Manson supusieron un punto de inflexión en la fiesta interminable del Los Ángeles más creativo. “No hubo más fiestas después de aquello porque no había motivos para hacer una fiesta. Para mí, ese fue el final de la fiesta”, afirmó Michelle Phillips, integrada en aquel círculo.

Para la escena de Franklin Avenue, donde se mezclaban músicos, actores y cronistas, los asesinatos representan el cierre abrupto de una era de hedonismo y libertad, y ambas, Didion y Babitz, vivieron de cerca la desintegración del ambiente que había impulsado sus mejores páginas.
El declive de la vida bohemia coincidió también con las muertes prematuras de figuras próximas, como Jim Morrison, con quien Babitz mantuvo una relación personal y al que retrató en sus escritos con una ambivalencia feroz. Si bien lo consideraba electrizante como objeto de deseo, despreció su faceta artística y la idolatría que generaban The Doors: “Los Doors eran una vergüenza, como su nombre”.
La mirada desmitificadora de Babitz contrasta con la fascinación que Didion mostraba por el entorno de las estrellas, aunque ambas coincidieron en que el brillo de aquel mundo ocultaba profundas fragilidades. El paso de Babitz de la vida de musa y groupie a la escritura estuvo ligado simbólicamente a la muerte de Morrison y a la de Rosalind Frank, figuras trágicas que representaban el precio de una belleza consumida por el exceso.
“La necesidad que tenía de lo auténtico, de ser artista, era demasiado fuerte”, señala Anolik, destacando la evolución de Babitz hacia una literatura capaz de transformar la experiencia en resonancia estética. En su madurez, ni Babitz ni Didion recurrieron a fórmulas de 'autoindulgencia’. Si Didion ha sido vista como friolera y calculadora, Babitz fue catalogada como indisciplinada y visceral.
Sin embargo, ambas resultan inseparables como cronistas de las tensiones entre libertad, fama, éxito y fracaso. Su final, además, tuvo una simetría trágica: fallecieron en diciembre de 2021 con pocos días de diferencia, Babitz en un funeral íntimo en Los Ángeles, Didion en un acontecimiento social en Nueva York, cuyas exequias acapararon la atención de la élite cultural.
El legado y la recuperación de Babitz
Mientras la figura de Joan Didion ha acumulado reconocimientos institucionales, documentales y traducciones al castellano, la reivindicación de Eve Babitz llega con este resurgir editorial que la eleva como símbolo de generación y objeto de culto literario para las nuevas generaciones. En palabras de su agente Erica Spellman Silverman, “Eve nunca estuvo enojada ni se sintió una víctima. Nadie la obligó a hacer nada. Ella nunca sintió que la estuvieran utilizando. Le encantaba su apariencia y como resultado, a todos los demás, también”.

La autenticidad, la libertad despreocupada y la transformación de la experiencia en relato convierten la obra y vida de Babitz en una referencia viva. Su estilo ha sido descrito como intuitivo y apasionado, a menudo más cercano a la poesía que a la prosa, y su retorno como figura canónica ha sido impulsado por la reedición de sus libros y la recopilación de artículos personales e íntimos para revistas como Esquire, Vogue o Rolling Stone.
New York Review Books ha incluido su obra en un proceso de rescate similar al de otros autores de culto, mientras su correspondencia y escritos inéditos prometen nuevas aproximaciones a una vida inseparable de la ficción. Tanto Babitz como Didion, separadas por su destino, pero unidas por la intensidad de su época, han consagrado su lugar en la literatura estadounidense. En las últimas líneas de los obituarios de 2021, la privacidad de Babitz y el relumbrón social de Didion en su despedida actúan como símbolo final de ese contraste esencial, una dualidad que sus biografías y obras recientes se encargan de recoger ahora.
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