
Hay muchas formas de enfrentarse al poder, y la literatura puede ser una de ellas. La escritora colombiana Laura Restrepo, de quien el Nobel de Literatura José Saramago dijo que habría que “quitarse el sombrero” frente a su calidad literaria, ha hecho de esta cuestión su propia vida. Tras trabajar en la década de los 80 como periodista y desempeñar un importante papel en las negociaciones de paz en su país por el conflicto armado interno entre el Gobierno, las guerrillas y otros grupos armados organizados, comenzó a publicar novelas en las que lo humano y lo íntimo siempre se encontraba atravesado por lo político, por lo histórico.

Soy la daga y soy la herida
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Soy la daga y soy la herida (Alfaguara), publicada ahora en España, no es una excepción. En este nuevo libro, Restrepo se adentra con audacia en la oscuridad de los tiempos contemporáneos para explorar los engranajes del poder, la violencia institucional y la íntima posibilidad de la rebeldía. En un mundo donde la brutalidad es a menudo la regla y no la excepción, Restrepo escribe para recordarnos que “la defensa de la vida se impone”.
Ante eso, qué mejor que la historia de un verdugo. Un verdugo “ilustrado”, a decir verdad, llamado Misericordia Dagger, que tras muchos años cumpliendo con las órdenes de un dios oscuro y caótico llamado Abismo, se encuentra con una joven nadadora que lo cautiva y lo transforma, pese a que su misión es ejecutar a su abuela. Así, a medida que se acercan a las Fiestas Abisales, un evento de ejecuciones masivas y grotescas, Dagger se debate entre su obediencia a Abismo y su creciente, aunque ambivalente, necesidad de proteger a quienes ve más vulnerables. “Se permite la duda que nunca podría permitirse un verdugo”, señala su creadora: “Mato o no mato”.

Su experiencia frente a la masacre
“Es un libro sobre la rebeldía contra esas entidades de poder tan omnipotentes y tan lejos del alcance del ciudadano común o inclusive de los pueblos”, nos dice Laura Restrepo al principio de la entrevista. A medio camino entre la novela negra y el ejercicio paródico de nuestro presente, Soy la daga y soy la herida busca crear un espacio en la literatura como forma de rebeldía; más allá de un gesto aislado, una necesidad vital. Porque la vida, insiste, “hay que pelearla”. Por eso, su novela no deja de empezar como “un retrato a manera de parodia de ese poder omnipotente de los tanatócratas que ordenan la muerte”. Quien tiene el poder, posee la muerte como un “recurso inmediato”, al que también puede sumársele la fuerza del olvido.
La génesis del libro yace en la experiencia de la autora en los últimos años acompañando a Médicos Sin Fronteras. Retrepo rememora, incluso antes de la guerra en Gaza (cuando comenzó el conflicto se trasladó a Egipto, lo más cerca que le permitieron, y recogió testimonios de familiares y distintas organizaciones que sí habían estado allí), otros escenarios de violencia extrema que impregnan ahora su novela. “Estuve en Yemen y en Etiopía cuando la masacre estaba en movimiento”. De hecho, subraya lo impactante que resulta la ausencia de registros de tragedias como la de Yemen: “La matanza en Yemen nunca ni siquiera se dio a conocer”.
Restrepo sabe de lo que habla cuando escribe sobre Misericordia. “En Colombia conocí verdugos. En España se han logrado unos márgenes de seguridad y de defensa de la vida muy altos, pero en un país como Colombia eso no es ajeno. Allá las matanzas son una cosa que se vive de forma muy cotidiana, así que como periodista, y también como novelista en plena investigación, he podido conversar directamente con gente que está en el oficio de matar”.
La duda que nunca se puede permitir un verdugo
El protagonista de su novela es también un hombre entregado a la causa del oficio, “un tipo entregado a la ley de la obediencia debida”, y por ende al ego de Abismo. “Yo no era la banalidad del mal. Yo era la maldad del mal”, reconoce el propio verdugo. “Él mismo dice que, si tuviera demasiado corazón, sería una hermanita de la caridad, y si no tuviera nada, sería un carnicero”, explica la autora. Misericordia lee a Nietzsche, habla de Bertolucci, prefiere a los Rolling antes que a los Beatles, lo que, lejos de plantearle dudas, le hace incluso sublimar su profesión... hasta que un día, por pura casualidad, se encuentra con una joven que le genera una empatía profunda, una admiración y sí, también un “rayo de amor”. “Es ahí cuando se permite la duda que nunca podría permitirse un verdugo”, señala su creadora: “Mato o no mato”.
A partir de esta coincidencia que enfrenta lo racional, lo ilustrado y lo emocional —que fuerza a todas esas partes a reconocerse entre sí—, nace la chispa de la desobediencia. Un hecho que tiene que ver con una duda que había asaltado a Restrepo durante buena parte de sus experiencias fuera de la literatura: ¿es posible hacer ficción del horror de nuestro presente? “Estamos en una doble tenaza, por un lado, el genocidio, por el otro lado el ecocidio, una naturaleza que es nuestro único hábitat y está siendo destruido sistemáticamente”, analiza la escritora, quien llegó a la conclusión de que valía la pena escribir para abrirle la puerta a “una posibilidad de rebelarse” y a proteger todas aquellas cosas que son sagradas. “Romper ese ciclo de muertes”.

Una rebeldía ‘pop’
Restrepo resalta que la rebeldía auténtica es la rebelión que se ejerce en las trincheras de lo concreto y lo cotidiano. “Estamos en un punto tan básico de retroceso, tan enorme de las reglas de convivencia que tenemos que empezar por ahí”. Y qué mejor punto de partida que la literatura: un lugar en el que probar con el humor (“una de las grandes armas de rebeldía con que contamos los humanos, ya que es capaz de fastidiar el ego tan grande de los autócratas”), la parábola o el terror.
Por eso, es también desde lo más fundamental, la cultura pop y los mitos populares, que busca elaborar ese manual de resistencia y llevarlo a la práctica literaria. “Intentemos contribuir a la creación de mitos populares que permitan que la gente manosee un poco esa situación imposible, que te abruma, que te avasalla, que te deja derrotado”, propone. “Para eso sirven, para que te puedas identificar con algo familiar, cercano, que te remita a la situación de fondo, pero que medie un espacio intermedio”.
A pesar de tratarse de una novela, Soy la daga y soy la herida bebe de la cultura visual contemporánea: desde la novela gráfica y el manga hasta el cine y el arte urbano. Restrepo, quien considera a Banksy como uno de los artistas más importantes del momento “por su capacidad de llegarle a la gente representando el mundo”, expresa su deseo de que su historia fuera lleva a esos formatos. “Me encantaría que Misericordia se convirtiera en un personaje de novela gráfica o de tira cómica, inclusive: ablandar la literatura, porque la novela está muy encasillada en su propia dinámica”.
El papel de los jóvenes
Tanto hemos hablado de ser rebeldes que, al final de la entrevista, le preguntamos a Laura Restrepo si, tras todas las vivencias acumuladas a lo largo de las décadas, tiene algún consejo para las nuevas generaciones sobre la rebeldía. “La sola palabra ya tiene su propia magia, ¿cierto?”, sonríe la escritora. “Yo trabajé mucho tiempo como negociadora de paz en Colombia. Recuerdo uno de los principales grupos armados y su consigna: ‘¡Rebeldía, rebeldía, rebeldía!’” Para Restrepo, los jóvenes hoy carecen de un cauce para ejercer su rebeldía. Dicho de otro modo, no tienen consignas, algo que, contra lo que cabría suponer, acaba por convertirse en una ventaja. “Nosotros nos encasillábamos mucho en ciertas consignas que teníamos como verdad. Éramos sectarios”.
Frente a la fragmentación y la aparente dispersión de las luchas actuales, Restrepo subraya el valor de la creatividad y la diversidad de caminos: la “subversión a través de la cultura, los medios, las redes”. Aunque reconoce la cantidad de “basura” y la desinformación en el entorno digital, reivindica su potencial transformador: “La gran información hoy en día y la gran discusión está en las redes. Esta es una generación que está buscando sus propios caminos de rebeldía. Lo que pasa es que los mayores no sabemos leer sus cauces”. Si de algo está segura, después de tanto tiempo, es que la rebeldía no es algo que se grite: se escribe, se lee, se imagina y se encarga. A veces, basta con “no participar”, o con fabricar, para nosotros y para los demás, “un mundo libre” en el que encontrar refugio.
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