
Oz Perkins (Nueva York, 1974) no quiso desvelar qué aspecto tendría el villano que da nombre a su nuevo largometraje, lo que ayuda a presentarse a la proyección de Longlegs con escasa información acerca del perpetuador de los crímenes que se narran en la película. Cuando uno acude a ver la que públicamente se denomina como ‘la cinta de terror del año’, las expectativas no siempre bailan con el éxito. Son frases de ornamento que suelen añadir toppings a los largometrajes que buscan una publicidad exacerbada para colapsar la taquilla. Como en el caso de las comedias francesas, un 90 por ciento de las cintas de terror que aterrizan en la taquilla son, también, las más laureadas del los últimos doce meses.
En su caso, Longlegs está a la altura del hype que ha generado en Estados Unidos, donde ha superado los 50 millones de dólares de recaudación (siendo así el estreno más exitoso de la historia de Neon, su productora, y mejorando las cifras de Parásitos). El historial de los Perkins (el director es hijo de Anthony Perkins, que interpretó a Norman Bates en la Psicosis de Alfred Hitchcock, y nieto de Osgood Perkins, actor de cine mudo en Hollywood) puede ser motivo suficiente para ahondar en la filmografía de un cineasta que, tras La enviada de mal (2015), Soy la bonita criatura que vive en esta casa (2016) y Gretel & Hansel. Un oscuro cuento de hadas (2020), se perfila en el género con una obra con la que pretende explicar el oscuro historial familiar que le precede.
Su abuelo murió en la bañera tras un paro cardíaco a los 45 años, su padre falleció a causa de una neumonía asociada al sida que padecía (los rumores sobre su sexualidad eran un secreto a voces) y su madre murió en los ataques del 11-S en Nueva York. Un complicado árbol genealógico que explora en Longlegs mediante el uso de una narración con la que pretende exorcizar sus demonios. Oz Perkins crea una atmósfera de profundo terror que navega con su protagonista, Harper Lee (interpretada por una icónica Maika Monroe), una agente del FBI que es designada a investigar diversas muertes asociadas a un asesino en serie que se hace llamar ‘Longlegs’ (interpretado por Nicolas Cage).
Las niñas que están a punto de cumplir 14 años son su diana mortal, pero su satanismo se imprime en los cómplices inesperados que le ayudan a llevar a cabo los odiosos crímenes. Harper, que está conectada de una forma macabra con el hombre al que persigue, irá poco a poco descifrando los faux pas que marcan el patrón del asesino. Cuándo decide atacar, por qué y donde. En dicho proceso irá descubriendo por qué su mente parece estar unida a la de ‘Longlegs’.
La sitúan como un híbrido entre Seven (1995) y El silencio de los corderos (1991) y, pese a que muchos quieren considerarla como un capítulo más del ‘nuevo terror’ (que apadrinan Ti West, Ari Aster o Jordan Peele), su director admite no estar a la orden del día en torno a lo que define o no al género. La propia narración de Longlegs va agrandando la leyenda de un villano con tintes satánicos que culmina en meme. La actuación de Cage se pasea por todas las casillas posibles: misterioso, creepy, un progenitor boomer y una señora divorciada con bótox en la cara que veranea en Sancti Petri. A veces da miedo, a veces risa y siempre (o casi siempre) asusta por la imprevisibilidad de su aspecto, que se oculta hasta casi la mitad del largometraje.
Cage sigue gestando un capítulo diverso en su laureada trayectoria como actor tras Mandy, El insoportable peso de un talento descomunal y Dream Scenario con un personaje icónico, grotesco y cringe a partes iguales. A su lado, una Maika Monroe que lleva el peso interpretativo a sus espaldas (y que muestra cierta animadversión hacia el título de scream queen que le otorgaron tras su aparición en It Follows). Longlegs no es un filme de grandes sustos o jumpscares (una tendencia que parece desvanecerse en las cintas de corte independiente que se adscriben al género), pero sí mantiene con grandeza la tensión malrollera que se aplica desde el minuto uno. Perkins ahonda en el trauma generacional con una simpleza visual que busca romper la maldición del apellido familiar. Vayan por el furor, quédense por el resto.

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