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Bingo, cartas y noches en el coche: la vida de los evacuados por los incendioss en Madrid

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Isabel Rodríguez Ramiro

Villamanta (Madrid), 27 jul (EFE).- Un bingo improvisado con piruletas y un ejemplar de El Quijote como premio, partidas de cartas y algunas actividades organizadas por los voluntarios sirven para llenar unas horas que, cinco días después de la evacuación, pesan cada vez más entre los vecinos desalojados por los incendios forestales del oeste de la Comunidad de Madrid.

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En el polideportivo de Villamanta, convertido desde el jueves en refugio para cientos de personas de Aldea del Fresno y otras zonas próximas, todos comparten la misma pregunta: cuándo podrán volver a casa.

"Lo peor sigue siendo la incertidumbre de saber cuándo vamos a volver", resume Inma, una de las evacuadas. Ella y su familia abandonaron su vivienda cuando la Guardia Civil recorrió las calles avisando de que había que salir "urgentemente".

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"Cogimos lo puesto. Ni ropa ni nada", recuerda. Ahora pasan los días en el pabellón y las noches repartidas entre el coche y casas de familiares. Han podido comprobar que su vivienda sigue en pie, pero la tranquilidad no termina de llegar mientras no puedan regresar definitivamente.

La escena se repite en conversación tras conversación. Nadie esperaba que una evacuación que parecía de apenas unas horas se prolongara casi una semana. "Pensábamos que iba a ser un día o una noche", explica Sonia. En lugar de eso, la rutina quedó suspendida de un mensaje en el teléfono móvil.

Lo que más echan de menos no son grandes cosas: dormir en su cama, abrir la puerta de casa, ir a la panadería, trabajar, ducharse con tranquilidad o simplemente recuperar una vida que hasta hace unos días parecía completamente normal.

"Como en casa no se está en ningún sitio", resume en una entrevista con EFE María, vecina de la urbanización Las Picadas.

María Luisa y su marido ni siquiera duermen en el pabellón. Llevan cinco noches en el coche. Cuando llegaron había pocas camas y entendieron que las personas mayores o con problemas de movilidad tenían prioridad.

"Nunca había probado a dormir en un coche, pero te puedo asegurar que es muy complicado", cuenta a EFE con una sonrisa resignada.

El fuego no solo preocupa por las viviendas. María Luisa piensa también en los caballos de las fincas, en los jabalíes, los zorros o los ciervos que habitan la zona. "Lo del paisaje ya lo lloraremos después", dice. "Pero los animales... eso es muy serio".

La evacuación permanece grabada en la memoria de todos. El sonido de la alerta en el móvil, los coches de la Guardia Civil recorriendo las calles con la megafonía y la sensación de tener que decidir en apenas unos minutos qué parte de una vida cabe dentro de una mochila.

"No sabes si coger una toalla, la pasta de dientes o la documentación", recuerda María Luisa.

A pesar de todo, si hay una palabra que se repite entre los evacuados es agradecimiento. "Nos están atendiendo perfectamente", dice Inma. "Mejor imposible", añade Ángeles.

La solidaridad ha llegado desde todos los rincones de Villamanta. Hay vecinos que se acercan con ropa limpia, voluntarios que preparan comida a cualquier hora del día y Protección Civil pendiente de cada necesidad.

Rosario recuerda cómo una mujer del pueblo escuchó que necesitaba ropa para cambiarse y regresó minutos después con un pantalón, una camiseta y un vestido sacados de su propio armario.

También habla de un niño que el primer día permanecía "bajo un sol abrasador", sosteniendo una flecha dibujada a mano para indicar a los evacuados el camino hasta el polideportivo. Al día siguiente seguía allí, esta vez repartiendo agua. "Estoy aquí para ayudar", les decía el chico.

Con el paso de los días, la convivencia también ha cambiado. Al principio predominaba el alivio de haber salido a tiempo. Ahora empiezan a aparecer el cansancio y la impaciencia.

"Ya se nota la tensión", reconoce Ramón. "Al principio todo el mundo estaba tranquilo. Ahora hay gente que pregunta por qué seguimos aquí, por qué no podemos volver".

Para aliviar esa espera, los voluntarios han comenzado a organizar actividades. Hay bingos, partidas de chinchón, juegos para los niños y propuestas deportivas en el campo de fútbol cercano. No borran la preocupación, pero ayudan a que las horas pasen un poco más deprisa.

Muchos podrían haberse marchado a casa de familiares. Algunos lo hicieron durante una noche. Sin embargo, varios terminaron regresando al pabellón.

"Prefería estar aquí", explica María Luisa, que pasó una noche en casa de su hija. "Aquí hablas con los vecinos, todos estamos pasando por lo mismo, nos entendemos".

Porque, en realidad, el polideportivo se ha convertido en algo más que un alojamiento provisional. Es el lugar donde los vecinos comparten noticias, intercambian rumores sobre la evolución del incendio y esperan juntos la llamada que les permita regresar a casa. EFE

(vídeo)

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