Luis Miguel Pascual
París, 28 may (EFE).- Cuando los cataríes aterrizaron en el París Saint-Germain, allá por 2011, buscaron atajos para asentar al club en la élite europea. A base de millones, buscaron a las estrellas más brillantes que les condujeran a lo más alto del continente.
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Doce años más tarde, fue la llegada al banquillo del español Luis Enrique Martínez, un técnico de carácter explosivo, ideas claras y confianza plena en el colectivo por encima de las individualidades el que ha terminado por conducir al equipo al éxito.
El entrenador asturiano, que llegaba tras haber fracasado con España en el Mundial de 2022, se ha impuesto como la pieza esencial del engranaje parisiense, el elemento que ha dotado al club entero de un alma que no fueron capaces de comprar en los años anteriores.
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Luis Enrique ha tomado el papel central que desde 2012 habían tratado de encarnar Zlatan Ibrahimovic, David Beckham, Neimar, Lionel Messi o Kylian Mbappé, algunas de las piedras sobre las que los propietarios cataríes habían intentado edificar su proyecto.
Ninguna de ella pasó de apuestas más o menos osadas, todas ellas muy onerosas, brillantes de cara a la galería pero carentes del impulso necesario para afrontar a los grandes de Europa.
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Fracaso tras fracaso, el proyecto acabó en manos de un técnico con reputación de ganador, que había logrado todos los títulos en su etapa en el Barcelona, entre 2014 y 2017, pero sobre todo que tomó el control total del club.
El volantazo fue inmediato. El PSG debía dejar de ser una constelación para convertirse en un proyecto colectivo en el que la calidad de sus componentes tenía que ponerse al servicio del equipo y no al revés.
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A ello sumó una idea de fútbol moderno, vistoso para el aficionado que enseguida abrazó sus tesis y lo elevó a los altares.
Su llegada coincidió con la salida de Messi y Neymar y con una difícil convivencia con un Mbappé que tras un año convulso, en el que el tira y afloja por su continuidad marcó la actualidad del club.
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La mejoría fue inmediata, aunque en su primera temporada se quedaron en las semifinales de la Liga de Campeones. Paradójicamente, la salida de Mbappé camino del Real Madrid favoreció al entrenador, que veía desaparecer al último obstáculo que podía oponerse a su proyecto de fútbol total.
Contra el abandono de la última gran estrella, Luis Enrique emergió como el antídoto y la receta fue perfecta para el técnico, con plenos poderes y una plantilla de grandes jugadores, no tan mediáticos como los que habían salido, pero más comprometidos con su credo.
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El único que inicialmente pareció levantar la voz fue Ousmane Dembélé, pero un castigo puntual le devolvió al redil y el exjugador del Barcelona acabó convirtiéndose en el estilete del equipo, convencido de que Luis Enrique le condujo a ganar el Balón de Oro de 2025.
En el camino, el técnico se apuntó cuatro títulos, Supercopa, Copa, Liga y, sobre todo, la Liga de Campeones, el trofeo que sin descanso añoraban en Doha y que por fin entró en las vitrinas del PSG.
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Ya no había duda. Luis Enrique era el elemento perfecto para un equipo, el catalizador de una manera de jugar pero, sobre todo, el aliento que insufla al equipo un alma que se ha convertido en una de las señas de identidad del equipo.
El PSG juega bien, pero además juega todo el partido, no baja los brazos y ese espíritu de resiliencia, que le lleva a sobreponerse a los golpes bajos, le ha convertido en una temible arma de guerra.
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A Luis Enrique le gusta decir que su equipo nunca se rinde y con esa bandera atenaza al rival que sabe que tendrá que doblegarle varias veces para hacerle hincar la rodilla.
El técnico español ha encajado como un guante en un club que no tenía todo menos el alma y ahora busca marcar una era del fútbol europeo. EFE
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