Por qué nos gusta el terror cuando sabemos que no es real: qué ocurre en el cerebro cuando vemos una película de miedo

La ciencia explica cómo el cerebro transforma el miedo en una experiencia placentera y por qué algunas personas disfrutan de las películas de terror mientras otras prefieren evitarlas

Persona caracterizada de zombi. (REUTERS/Kim Soo-hyeon)
Persona caracterizada de zombi. (REUTERS/Kim Soo-hyeon)
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Tener miedo es, a priori, una emoción negativa. A pesar de que es un mecanismo natural del cerebro que ha sido clave para que los seres humanos sobrevivan a lo largo de la historia, solemos asociarlo con sensaciones desagradables que queremos evitar.

Sin embargo, cuando se trata de ver películas de terror o leer novelas de este género, la cosa cambia. Puede parecer una contradicción y, aunque es verdad que no todo el mundo disfruta de estas experiencias, hay una gran parte de la población que sí lo hace.

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Buscar este tipo de estímulos tiene una explicación científica más allá de la mera casualidad. Aunque el cerebro activa mecanismos similares a los que intervienen ante una amenaza real, saber que estamos a salvo permite experimentar esa tensión sin asumir sus consecuencias.

Qué dice la ciencia sobre disfrutar de este género

Cuando el cerebro detecta una amenaza, la amígdala participa en la activación de los circuitos que preparan al organismo para responder. A través de su comunicación con otras regiones, como el hipotálamo, pone en marcha el sistema nervioso autónomo y la respuesta hormonal al estrés. El resultado es una serie de cambios físicos, como la aceleración del ritmo cardíaco, la dilatación de las pupilas y un estado de mayor alerta, que nos ayudan a reaccionar ante el peligro.

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No obstante, el cerebro no responde igual cuando sabe que la amenaza es ficticia. Al ver una película de terror o participar en una experiencia inmersiva, como un escape room, se activan patrones cerebrales similares a los que aparecen ante un peligro real, aunque su intensidad suele ser menor.

La corteza prefrontal, implicada en el razonamiento, permite interpretar el contexto y reconocer que no estamos en riesgo. Esta percepción de seguridad es fundamental para disfrutar de la experiencia sin que el miedo llegue a resultar insoportable.

Mujer agobiada. (Freepik)
Mujer agobiada. (Freepik)

Pero ¿qué convierte esa activación en algo placentero? La explicación está, en parte, en los mecanismos cerebrales relacionados con la recompensa. Cuando el miedo se experimenta en un entorno controlado, la excitación física puede acompañarse de curiosidad, suspense y satisfacción.

El suspense también juega un papel importante: cuanto mayor es la tensión, mayor puede ser el alivio cuando el peligro desaparece. A esto se suma la satisfacción de afrontar una situación que nos asusta y comprobar que podemos soportarla.

Si, además, compartimos la experiencia con amigos, el miedo puede acabar dando paso a las risas y la complicidad. Así, lo que en una situación real nos haría estremecernos puede convertirse en una experiencia emocionante cuando sabemos que estamos a salvo.

Por qué no todo el mundo disfruta de las películas de terror

La reacción ante el miedo ficticio varía de una persona a otra. Algunas buscan emociones intensas y disfrutan poniendo a prueba sus propios límites, mientras que otras experimentan una angustia demasiado aguda como para encontrar placer en ellas.

También influye la edad: los niños pequeños pueden tener más dificultades para distinguir la ficción de la realidad, ya que todavía están desarrollando las capacidades cognitivas necesarias para interpretar estas experiencias.

Por último, la forma en que cada persona vive estas experiencias también es determinante. Mientras algunas disfrutan de la tensión y la adrenalina que generan las historias de terror, otras sienten un malestar que les impide encontrar diversión en ellas, aunque sepan que se trata de ficción.

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