Daron Acemoglu, economista turco y premio Nobel, sobre la productividad y la IA: “Los beneficios de la automatización han sido enormemente exagerados”

Las inversiones millonarias en IA y las previsiones sobre su capacidad para impulsar el crecimiento económico han alimentado la expectativa de que su expansión provocará un gran cambio en la forma de trabajar, pero no todos los expertos piensan lo mismo

Daron Acemoglu, economista turco y premio nobel, sobre la productividad y la IA: “Los beneficios de la automatización han sido enormemente exagerados”. (Montaje Infobae con imágenes de Wikipedia y Canva)
Daron Acemoglu, economista turco y premio nobel, sobre la productividad y la IA: “Los beneficios de la automatización han sido enormemente exagerados”. (Montaje Infobae con imágenes de Wikipedia y Canva)
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La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una de las grandes apuestas de las empresas para mejorar la productividad, reducir costes y transformar el mercado laboral. Las inversiones millonarias en esta tecnología y las previsiones sobre su capacidad para impulsar el crecimiento económico han alimentado la expectativa de que su expansión provocará un gran cambio en la forma de trabajar. Pero no todos los expertos piensan lo mismo. Daron Acemoglu, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y premio Nobel de Economía en 2024, considera que “los beneficios de la automatización han sido enormemente exagerados” y que el impacto real de la IA podría ser mucho más limitado de lo que se espera.

El economista turco-estadounidense sostiene que el debate debería centrarse en cómo se utiliza la tecnología para mejorar las capacidades de las personas. En su opinión, automatizar tareas para reducir la plantilla no equivale necesariamente a generar grandes aumentos de productividad para el conjunto de la economía. Por esto, defiende que el desarrollo de la IA debería orientarse más hacia herramientas que ayuden a los trabajadores a desempeñar mejor sus funciones y menos hacia sistemas diseñados para reemplazarlos.

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Esta visión parte de la idea de que, aunque la innovación tenológica puede impulsar el crecimiento, sus beneficios no son automáticos ni se distribuyen de igual manera en toda la sociedad. Para Acemoglu es necesario analizar los resultados económicos reales de la IA y no dar por hecho que su implantación generalizada producirá una revolución de la productividad.

Impacto más limitado de lo esperado

Una de las principales aportaciones de Acemoglu es su intento de cuantificar cuánto puede contribuir la IA al crecimiento económico durante la próxima década. En su estudio The Simple Macroeconomics of AI, publicado en la revista Economic Policy en 2024, el economista analiza las estimaciones disponibles sobre las tareas que esta tecnología puede realizar y el ahorro de costes que podría generar para las empresas.

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Frente a quienes auguran que la IA elevará el crecimiento económico, Acemoglu calcula que su implantación podría incrementar el producto interior bruto (PIB) de Estados Unidos entre un 1,1% y un 1,6% acumulado durante diez años. Con este supuesto, el avance de la productividad sería bastante más moderado que el sugerido por algunos pronósticos.

Pedro Sánchez, analiza la dualidad de la inteligencia artificial, destacando su potencial para curar enfermedades y mejorar la educación, pero también los "enormes riesgos" que presenta.

Así, el investigador reconoce que cualquier avance positivo supone una contribución a la economía. A su juicio, el problema está en la distancia que hay entre esas estimaciones y las expectativas generadas. La productividad es uno de los principales motores del crecimiento económico a largo plazo y, cuando una empresa consigue producir más bienes o prestar más servicios con los mismos recursos, puede mejorar su eficiencia, aumentar su capacidad de inversión y contribuir a elevar los ingresos de sus trabajadores. Pero para que la IA produzca este efecto a gran escala, deben realizarse mejoras efectivas en los procesos productivos.

Además, Acemoglu advierte de que incluso sus cálculos podrían ser demasiado optimistas. Una parte de las tareas que la IA puede asumir con mayor facilidad son aquellas en las que resulta sencillo evaluar si el resultado es correcto. En cambio, otras actividades profesionales dependen de otros factores, del contexto y de la capacidad de tomar decisiones ante situaciones cambiantes. Por ello, los resultados obtenidos en las primeras aplicaciones no tienen por qué reproducirse en todos los sectores.

Automatizar tareas no es sinónimo de aumento de productividad

Para entender la crítica de Acemoglu, es necesario distinguir entre dos formas de incorporar la inteligencia artificial al trabajo. La primera consiste en utilizarla para sustituir a las personas en determinadas funciones; la segunda busca proporcionar a los profesionales información, conocimientos y herramientas que les permitan realizar mejor sus tareas.

El economista considera que las empresas tecnológicas están prestando demasiada atención a la primera opción. En una entrevista publicada por el MIT en diciembre de 2024, defendió que la IA se está utilizando en exceso para automatizar procesos y no lo suficiente para ampliar las capacidades de los trabajadores.

Esta diferencia tiene consecuencias económicas. Por ejemplo, un sistema automatizado de atención al cliente puede reducir los gastos de una empresa al disminuir la necesidad de contratar personal. Sin embargo, si el servicio que ofrece no es mejor que el de los empleados a los que sustituye, el ahorro empresarial no tiene por qué implicar una mejora equivalente de la productividad.

Una mujer con auriculares en una oficina junto a una interfaz gráfica azul con la figura de un robot y ventanas de diálogo.
Una interfaz digital con un robot conversacional y una operadora telefónica ejemplifican la combinación de automatización y soporte humano en la atención al cliente. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Acemoglu denomina a estas aplicaciones tecnologías de rendimiento mediocre (so-so technologies), herramientas que pueden resultar algo más eficientes que las personas en determinadas tareas o, sencillamente, permitir que las empresas hagan lo mismo a un coste inferior. Desde el punto de vista de una compañía, la inversión puede ser rentable, pero eso no significa que genere un avance sustancial para la economía en su conjunto. Frente a este modelo, el investigador apuesta por aplicaciones que complementen el trabajo humano.

Qué empleos pueden verse afectados por la IA

El economista prevé que la IA afectará especialmente a determinadas actividades administrativas y profesionales relacionadas con el tratamiento de datos, la elaboración de resúmenes, el reconocimiento de patrones y el análisis de información. Aun así, esto no significa que todas las ocupaciones que incluyen estas tareas vayan a desaparecer.

En su análisis, estas funciones representan una parte limitada de la actividad económica. Por ello, según su planteamiento, lo más probable es que determinadas tareas se transformen mientras otras siguen dependiendo de la intervención humana. Así, Acemoglu advierte que la sustitución de trabajadores puede deteriorar las condiciones laborales de quienes permanecen en sus puestos y reducir las oportunidades profesionales en determinados sectores. El resultado dependerá, en buena medida, de las decisiones que adopten las empresas al incorporar estas herramientas.

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