Nina, la camella parisina que a sus 16 años repartía cocaína por los barrios más ricos con su mochila de clase: “Las chicas llamamos menos la atención”

Escondía la cocaína en su estuche mientras decía a su madre que repartía hamburguesas, hasta que la policía la pilló a las dos semanas

repartidores con mochilas, jóvenes mirando el celular, fila de trabajadores de delivery, bicis y motos estacionadas, apps de reparto - (Imagen Ilustrativa Infobae)
Una mujer joven mirando su móvil, imagen generada con IA. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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“¿Quieres trabajar?”. La pregunta, lanzada entre bromas una noche en una calle de París, cambió la vida de Nina para siempre. Con solo 16 años y tras haber salido a cenar con una amiga, aceptó la oferta atraída por el dinero fácil. Solo catorce días después fue arrestada por la policía, poniendo fin a dos semanas como ‘mula’ del narcotráfico. Un breve periodo que ha descarrilado su futuro y que hoy le sirve para advertir a otros jóvenes: “Solo hay problemas que ganar”.

El contexto de Nina viene marcado por la precariedad familiar, tras el divorcio de sus padres y el posterior impago de las pensiones de manutención. Con la intención de aliviar la carga económica en su casa, la joven llegó a matricularse en un ciclo de formación profesional en seguridad para intentar hacerse policía. Sin embargo, la falta de motivación la llevó a abandonar las aulas a mitad de curso.

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Fue precisamente en ese momento cuando le plantearon la opción de ganar entre 500 y 1.000 euros a la semana. Ante su madre, la menor justificó sus salidas diarias asegurando que trabajaba repartiendo comida a domicilio. En realidad, cada mañana recogía las dosis de cocaína que le entregaba un desconocido encapuchado a las puertas de su edificio. Ocultaba los paquetes en su estuche, los metía en la mochila de clase y ponía rumbo al centro de París haciéndose pasar por una estudiante cualquiera de camino al instituto, según el relato que la joven ha ofrecido al diario Le Parisien.

Una mano abierta sosteniendo una pequeña bolsa de plástico transparente con cierre de cremallera, que contiene una cantidad de polvo blanco.
Una mano sostiene una pequeña bolsa. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La logística del ‘call center’

El grupo para el que trabajaba operaba mediante el sistema de call center, una fórmula que evita el contacto directo previo entre el repartidor y el comprador. “Yo no tenía ningún contacto con los clientes. Cuando llegaba abajo de las direcciones, llamaba a ese chico por Snapchat, y él llamaba al cliente para decirle que yo ya estaba allí”, detalla al periódico. Una vez completada la entrega, la centralita le exigía borrar de inmediato el historial de direcciones de su navegador para no dejar rastro.

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Las rutas diarias de Nina discurrían por los barrios más acomodados del oeste parisino, como el distrito XVI o el entorno de los Campos Elíseos, donde el gramo de cocaína cotiza a más de 60 euros. Aquellas dos semanas le sirvieron para romper prejuicios sobre quién consume: “Era gente impecable, jamás sospecharías de ellos”. En su teléfono aún guarda vídeos y fotos de los palacetes donde entregó mercancía a señoras de 60 años, pilotos de avión o camareros de lujo.

Sin embargo, el trabajo en la calle también le mostró situaciones incómodas. La menor recuerda el caso de un agente inmobiliario sesentón, cliente habitual, que la retuvo en el ascensor realizándole caricias e insinuaciones. Pese a que Nina le mintió asegurando que tenía 14 años para intentar frenarle, el hombre no desistió, lo que llevó al intermediario de la red a retirarle ese punto de entrega.

De la ventaja de ser mujer a caer en manos de la policía

Aun así, ser mujer representaba un activo muy codiciado por la organización para esquivar la vigilancia policial. “Una chica llama menos la atención para repartir, sobre todo de día. En cuanto los traficantes pueden poner a una mujer a trabajar, no se lo piensan. A un chico lo paran y lo controlan mucho más que a mí”, explica la adolescente.

Un miembro de las Fuerzas Militares de Colombia revisan una cargamento de cocaína incautado, imagen de archivo. (REUTERS/Stringer)
Un miembro de las Fuerzas Militares de Colombia revisan una cargamento de cocaína incautado, imagen de archivo. (REUTERS/Stringer)

La espiral de jornadas de 11 horas diarias terminó de golpe al inicio de su segunda semana. Un despiste al desorientarse en una calle cercana a la plaza de la República la puso cara a cara con una patrulla de la policía. Al intentar rectificar el rumbo de forma precipitada para eludirlos, levantó las sospechas de los agentes, que la interceptaron metros más adelante y hallaron la droga escondida entre sus enseres.

Tras pasar por comisaría y afrontar su primera detención, donde evitó delatar a sus superiores, la joven quedó en libertad a la espera de juicio. La reacción de la red ante la pérdida del material reflejó la frialdad de estas tramas: “Son los riesgos. Se juega y se pierde... No me devuelvas nada, no te preocupes”. De forma inmediata, la red procedió a reemplazarla por otra persona.

Hoy, Nina espera la decisión del juez de menores con la incertidumbre de si una condena le cerrará definitivamente las puertas del mercado laboral. Expulsada de su centro educativo e incapaz de conseguir plaza en otros institutos de la zona, se encuentra fuera del sistema formativo tras haber rechazado las llamadas posteriores de la red para reincorporarse al negocio.

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