Emilio Lara, antropólogo y escritor: “Sin el aceite de oliva, nuestra civilización sería más sosa, menos saludable y con un nivel civilizatorio inferior”

Mucho más que un ingrediente gastronómico, el llamado “oro verde” ha moldeado la espiritualidad, la medicina, la filosofía y la geopolítica del Mediterráneo

El antropólogo Emilio Lara asegura que, sin el aceite de oliva, nuestra civilización sería menos saludable. (Montaje)
El antropólogo Emilio Lara asegura que, sin el aceite de oliva, nuestra civilización sería menos saludable. (Montaje)
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Antes de convertirse en el pilar fundamental de la dieta mediterránea, el aceite de oliva funcionó como medicina, combustible para candiles, ungüento sagrado e instrumento de influencia política en el Imperio romano. La historia de este producto se remonta a la domesticación del olivo silvestre en la antigüedad, un avance agrícola que transformó la economía y la cultura de la región.

El antropólogo, historiador y novelista Emilio Lara aborda este fenómeno en su nuevo libro, Un mar de oro verde. Criado en Jaén entre “bosques geométricos de los olivares”, Lara sostiene que el valor de la aceituna va mucho más allá de la cocina. Cuestionado en La Vanguardia sobre cómo sería nuestra civilización sin el descubrimiento del aceite, el autor responde tajante: “Más sosa, menos saludable y con un nivel inferior civilizatorio, dadas las poliédricas aplicaciones del aceite de oliva a lo largo de la historia”.

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A lo largo de los siglos, el cultivo del olivo estuvo íntimamente ligado a lo sagrado en una relación que Lara define como “larga y fructífera”. En el mundo antiguo, su valor ritual traspasaba fronteras: mientras “los antiguos profetas de Israel ungían a sus reyes con aceite” —de hecho, la palabra Cristo significa “el Ungido”—, a lo que añade: “Grecia embadurnaba con aceite las estatuas de algunas de sus diosas, y Roma lo empleaba en determinados ritos a sus divinidades”.

Esta conexión espiritual se mantuvo e incluso se reforzó con las grandes religiones monoteístas posteriores. Como detalla el antropólogo, “el cristianismo le imprime un sello sacramental al aceite”, mientras que la tradición islámica consolidó esa veneración al conferirle “un carácter sagrado al aceite y al olivo”, una devoción que se refleja en sus textos sagrados y en la vida cotidiana de sus comunidades.

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De pilar de la filosofía griega a la Antigua Roma

Aceite de oliva (Magnific)
Aceite de oliva (Magnific)

Uno de los planteamientos de Lara es el papel crucial de este producto en el origen del pensamiento occidental, al sostener que el aceite funcionó como “el líquido amniótico de la filosofía griega”. Según explica el antropólogo, la independencia económica que otorgaba el campo resultó clave para el desarrollo intelectual de la época, ya que numerosos pensadores eran propietarios de tierras y los ingresos del olivar les permitían liberarse del trabajo manual para entregarse por completo a la vida reflexiva.

A ese respaldo financiero se sumaba el bienestar físico que la cultura helena asociaba al cuidado corporal. En el modo de vida griego, el aceite resultaba imprescindible tanto en la gastronomía como en la higiene personal, usándose habitualmente para masajear el cuerpo durante la práctica deportiva y tras el baño. Para el autor, esa combinación entre relajación corporal, buena alimentación y holgura económica fue la que terminó por “fomentar la tranquilidad para pensar”.

En la esfera política, el valor del “oro verde” no pasó desapercibido para Julio César en Hispania, donde mantuvo “amistad con ricos e influyentes terratenientes aceiteros que fueron de enorme importancia para su posterior carrera, ya que el lobby aceitero gaditano lo apoyó en lo sucesivo”. Para ganarse el favor popular, César “repartió aceite entre la plebe y rebajó su precio”.

Cuchara metálica vertiendo jugo de limón amarillo brillante sobre aceite de oliva virgen extra, creando una salpicadura con pequeñas gotas en una toma macro de cerca.
Una cuchara metálica vierte aceite de oliva. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Siglos después, la civilización islámica convirtió en regadío los olivares de al-Ándalus, utilizando el producto no solo para alimentación o iluminación, sino para fabricar jabón y hasta con fines amatorios, pues “los médicos pensaban que lo engrosaba” al frotárselo. Aunque los intentos de Fernando el Católico por llevar el olivo al Nuevo Mundo “salieron rana” debido a que “los olivos se aclimataron mal”, la expansión triunfó en el siglo XVIII con las misiones franciscanas en California.

Hoy, el mercado del aceite mira hacia Asia. China incrementa progresivamente su producción propia mientras su clase media dispara la demanda, convirtiendo a España en su principal suministrador. “El futuro del aceite es extraordinario en aquel inmenso país”, augura Lara sobre una tradición agrícola que, en el fondo, representa “una historia de amor hacia la milenaria civilización mediterránea”.

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