¿Alguna vez te has encontrado comiendo tres veces más de lo normal en el bufé de un hotel? No es solo gula, hay una explicación científica.
Una escena que se repite en muchos hoteles. Llega el desayuno, la hora de la comida y la cena y comemos por encima de nuestras propias necesidades. En los buffet libre comemos el doble o el triple de lo que lo haríamos en casa, porque hacemos hueco para repetir o para probar ese postre que nos parece irresistible. Y la ciencia tiene una respuesta para explicar por qué ocurre esto.
En un buffet libre, la sensación de hambre no es el único factor que determina cuánto comemos. La abundancia, la variedad y la exposición constante a los alimentos pueden empujarnos a seguir comiendo incluso cuando nuestro estómago ya ha dado señales de saciedad. “Frente a un buffet no solamente comemos con el estómago, también intervienen mecanismos cerebrales relacionados con la recompensa, la atención y la búsqueda de alimentos”, explica Miguel Ducrós, nutricionista de Monarka Clinic.
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Comprender qué ocurre en el cerebro ante una oferta prácticamente ilimitada ayuda a entender por qué resulta tan difícil resistirse a la dinámica del buffet. No se trata simplemente de falta de voluntad, ya que nuestra relación con la comida está condicionada por mecanismos biológicos y psicológicos que evolucionaron en un contexto muy diferente al actual.

Por qué no podemos resistirnos al buffet libre
Durante buena parte de la historia humana, encontrar alimentos abundantes y energéticos no estaba garantizado. Cuando aparecía una oportunidad para comer, aprovecharla podía ser beneficioso ante la incertidumbre sobre cuándo llegaría la siguiente. Aunque hoy vivimos rodeados de alimentos y podemos acceder a ellos con facilidad, algunos de los sistemas relacionados con el apetito y la recompensa conservan ese funcionamiento.
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A menudo se habla de manera simplificada del supuesto “gen glotón” o del “gen ahorrador”, pero la realidad es bastante más compleja. No existe un único gen que determine cuánto comemos. La conducta alimentaria depende de una combinación de factores genéticos, fisiológicos, ambientales y conductuales.
“Podemos imaginar a uno de nuestros antepasados encontrando un árbol cargado de fruta madura. Aprovechar esa oportunidad podía tener sentido porque no había ninguna garantía de que al día siguiente siguiera disponible. El problema es que hoy nuestro cerebro se encuentra con algo parecido, pero a una escala completamente diferente: un ‘árbol de fruta’ que nunca se acaba”, señala Ducrós.
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El buffet reproduce precisamente esa situación de abundancia: no hay que esperar, desplazarse demasiado ni realizar un esfuerzo para conseguir más comida. Cuando terminamos el plato, podemos levantarnos y servirnos de nuevo. Además, los alimentos permanecen a la vista durante toda la comida, actuando como estímulos que mantienen nuestra atención centrada en comer.

Cuando llega el postre y vuelve el apetito
La variedad añade otra pieza al rompecabezas: la llamada saciedad sensorial específica. Cuando repetimos un alimento, su atractivo suele disminuir. Pero cambiar de sabor, aroma, textura o temperatura puede hacer que vuelva a resultar apetecible: “Por eso podemos pensar que estamos llenos y, de repente, encontrar un hueco para el postre”, explica el nutricionista.
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La clave, por tanto, no consiste necesariamente en evitar los alimentos que nos gustan, sino en ser conscientes de qué está impulsando el siguiente bocado: el hambre o la oportunidad de seguir comiendo.
Disfrutar con conciencia
Ante un buffet, observar todas las opciones antes de servirse puede ayudar a evitar que el plato termine lleno simplemente por acumulación. También puede ser útil priorizar alimentos saciantes, como proteínas, frutas, verduras, legumbres y otros ricos en fibra. “No hace falta prohibirse aquello que realmente nos gusta. Si hay algo que queremos disfrutar, podemos elegirlo y comerlo con tranquilidad. Lo que probablemente no necesitamos es consumirlo todo simplemente porque está disponible”, apunta Ducrós.
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Otra estrategia sencilla consiste en servirse una cantidad razonable y recordar que siempre existe la posibilidad de repetir. Sin embargo, antes de levantarnos para repetir, podemos preguntarnos si seguimos teniendo hambre o simplemente seguimos teniendo comida delante. “No se trata de comer menos por obligación, sino de reconocer por qué seguimos comiendo”, concluye.
En vacaciones, disfrutar de un buffet no tiene por qué convertirse en una batalla contra la comida. La cuestión es reconocer que, cuando todo está disponible y al alcance de la mano, no siempre comemos porque tengamos hambre.
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