
Poco tienen en común, a priori, Giorgia Meloni, primera ministra de Italia y referente de la extrema derecha europea, y Mette Frederiksen, jefa del gobierno socialdemócrata de Dinamarca. Comparten muy poco en términos ideológicos; sin embargo, han mostrado cercanía entre ellas. Tanto, que en sus cuestas de Instagram se les puede ver posando juntas en un selfie durante una reunión del Consejo Europeo. Pero lo último que les ha unido ha sido la crisis migratoria en Ceuta, cuando decenas de miles de personas cruzaron la frontera desde Marruecos hacia la ciudad autónoma: las dos líderes fueron las primeras en reaccionar, y lo hicieron juntas.
El 1 de agosto, Meloni y Frederiksen firmaron una carta dirigida a los tres vértices del ejecutivo europeo: Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea (CE); António Costa, presidente del Consejo Europeo; y el primer ministro irlandés Micheál Martin, al frente de la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea (UE). En el texto, reclamaron una reunión de urgencia de los ministros del Interior de los Veintisiete para abordar la crisis. La petición tuvo eco: 20 capitales europeas más sumaron su firma, lo que dejó a España en una posición de aislamiento dentro del bloque (algo que poco después cambiaría y la UE pasaría a mostrar su “total solidaridad”). Solo Francia, Irlanda, Portugal y Luxemburgo se negaron a rubricar el documento.
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El tono del escrito era duro. “No podemos tolerar cruces masivos incontrolados en la frontera, la instrumentalización de las migraciones ni otras amenazas híbridas susceptibles de crear la ilusión de que una entrada ilegal en la Unión Europea es posible”, escribieron las dos jefas de gobierno. La carta cargaba también contra las regularizaciones masivas de inmigrantes en situación irregular aprobadas por el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, en los últimos meses, presentadas como un factor de atracción para los flujos migratorios.
La alianza Roma y Copenhague
Las diferencias entre Meloni y Frederiksen son tan amplias que su entendimiento resulta difícil de explicar sin acudir al único terreno en el que convergen: la política migratoria. La italiana llegó al poder en 2022 con un discurso de corte identitario, centrado en la preservación de la cultura italiana frente a la llegada de migrantes. La danesa, en cambio, construyó su proyecto político sobre la defensa del modelo de bienestar nórdico, que a su juicio requiere un control estricto de los flujos migratorios para sostenerse. Los objetivos difieren, pero los instrumentos que ambas proponen son los mismos: tolerancia cero con la inmigración irregular.
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Más allá de la política, el contraste personal es llamativo. Meloni mantiene una relación de relativa cercanía con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pese a algunas fricciones. Frederiksen, por el contrario, es una de las voces europeas más críticas con el mandatario estadounidense, que ha manifestado abiertamente su deseo de anexionar Groenlandia, territorio bajo soberanía danesa. Meloni se opone al aborto; Frederiksen lo defiende. Su afinidad ideológica se agota, en la práctica, en un único punto.
Esa convergencia, no obstante, ha resultado políticamente fértil. La alianza entre Roma y Copenhague se forjó durante las negociaciones del Pacto sobre Migración y Asilo de la UE y se ha consolidado en los últimos años como uno de los ejes más activos en el impulso de una política migratoria europea más restrictiva. Las dos primeras ministras ya habían firmado una carta conjunta en marzo de este año para alertar sobre el riesgo migratorio derivado del conflicto armado que Donald Trump y Benjamin Netanyahu desencadenaron contra Irán a principios de 2026. “No podemos permitirnos revivir los flujos de refugiados y migrantes hacia la UE que vimos desarrollarse en 2015-2016. Sería no solo una catástrofe humanitaria para las personas directamente afectadas, sino que también podría comprometer la seguridad y la cohesión de nuestra Unión”, escribían entonces.
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El año 2015 funciona como referencia permanente en el discurso de ambas líderes. Entonces, más de 1,3 millones de personas solicitaron asilo en la Unión Europea. La mayoría llegó desde Siria, en plena guerra civil, pero también desde Afganistán, Irak, Eritrea y otros países de Oriente Medio y África. Ahora, tras la difusión de las imágenes de Ceuta, Frederiksen ha vuelto a hablar de aquella situación en su cuenta de Facebook: “No aceptaremos que se repita la situación de 2015. La inmigración descontrolada es una amenaza para Europa. Y para Dinamarca”, escribió. La invocación de aquel año —cuando más de un millón de personas llegaron a Europa huyendo de la guerra en Siria y de otros conflictos en Oriente Medio y África— es una constante en el argumentario de quienes defienden un endurecimiento de las políticas de control fronterizo.
El “modelo Albania”
La propuesta más concreta que el dúo Meloni-Frederiksen lleva al debate europeo es la extensión del llamado “modelo Albania”: centros de retorno de migrantes instalados en terceros países ajenos a la UE, financiados con fondos comunitarios. Italia ya desarrolló este esquema con Albania, aunque chocó con la justicia europea en su aplicación. Dinamarca, por su parte, exploró durante años un sistema similar con Ruanda, siguiendo el modelo que intentó implantar el Gobierno británico.
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El gobierno de Meloni llevó esta propuesta a la reunión telemática de los 27 ministros del Interior celebrada este martes. El objetivo es cerrar acuerdos con terceros países antes de diciembre para poder abrir los primeros centros en 2027. Entre los candidatos figuran Ruanda, Uganda y, en menor medida, Montenegro, aunque su prevista adhesión a la UE en 2028 complicaría su estatus como país receptor.

La presión del eje italo-danés ya dio sus frutos antes de Ceuta. En junio de 2026, la UE aprobó un nuevo reglamento de retornos que autoriza a los Estados miembros a suscribir acuerdos con países terceros considerados seguros para externalizar parte de su política de asilo. Meloni y Frederiksen celebraron el resultado con otro selfi.
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Pedro Sánchez respondió a la ofensiva de sus socios europeos con una carta a las instituciones comunitarias en la que reivindicó el cumplimiento de los tratados europeos. “La solidaridad y la empatía son opcionales. El respeto de los tratados europeos no lo es”, escribió Sánchez en X. La tensión adquiere una dimensión adicional si se considera que Frederiksen, líder del Partido Socialdemócrata danés, es aliada del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Sánchez en el Parlamento Europeo. Todo una paradoja.
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