
En Francia, la ley prohíbe el consumo de alcohol en el trabajo, aunque deja fuera de esa restricción al vino, la cerveza, la sidra y el poiré (un zumo de pera fermentado típico del país) . La excepción legal para estas bebidas fermentadas tiene raíces profundas en la cultura y la historia francesa, donde el vino y sus parientes han ocupado un lugar central desde el siglo XIX. Así lo expone un reportaje publicado por Radio Francia Internacional, que analiza cómo la legislación vigente refleja tradiciones sociales y percepciones heredadas.
La curiosa redacción del artículo R4228-20 del Código del Trabajo francés establece que “ninguna bebida alcohólica que no sea vino, cerveza, sidra o poiré está autorizada en el lugar de trabajo”. Según la interpretación de especialistas recogida por este medio, esta fórmula legal ilustra la persistencia de una distinción histórica entre las bebidas fermentadas y los alcoholes destilados. El historiador Didier Nourrisson, autor de Historia del vino sostiene que “son las bebidas que la sociedad ha aceptado desde el siglo XIX, porque se consideraban higiénicas”, retomando una visión popularizada por Louis Pasteur.
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El vino, recomendado en entornos laborales
Durante buena parte del siglo XIX y aún entrado el XX, el vino no solo era tolerado, sino recomendado en entornos laborales. La Academia de Medicina de Francia admitía que un trabajador podía consumir hasta un litro de vino por día. El vino, la sidra en el oeste y la cerveza en el norte solían acompañar la jornada laboral obrera, funcionando más como parte de la alimentación que como una vía para la embriaguez. “El vino era considerado una bebida completamente legítima para los trabajadores”, explica Nourrisson en el reportaje de la radio francesa. El alcoholismo existía, aunque se asociaba sobre todo a los abusos con los aguardientes y las bebidas destiladas.
“El vino era considerado una bebida completamente legítima para los trabajadores”
La línea divisoria entre fermentados y destilados también tenía su reflejo pedagógico. Existía, según el testimonio del historiador, un famoso cuadro del doctor Galtier-Boissière que separaba los “salubres” (vino, cerveza, sidra) de los peligrosos, los derivados de la destilación. El vino, además, conservaba un estatus de bebida nacional, “nourrissante”, símbolo de la sociabilidad obrera y de la identidad francesa. Nourrisson describe el periodo 1850-1950 como una “civilización del vino”, un tiempo en el que “nadie podía tocar el vino”.
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El giro en las políticas laborales llegó de forma gradual. Desde la década de 1920, algunas fábricas comenzaron a prohibir el ingreso de botellas a los lugares de trabajo. Según la reconstrucción de RFI, el cambio se consolidó después de la Segunda Guerra Mundial, gracias a la introducción de controles de alcoholemia, la expansión de los automóviles y el auge de las políticas públicas de prevención sanitaria. El vino, el cidre, la cerveza y el poiré pasaron a formar parte de una categoría legal aparte, pero la percepción de riesgo se extendió a todas las bebidas alcohólicas.
La legislación sigue hoy vigente
Hoy, la excepción sigue vigente en la legislación francesa, aunque ha perdido peso en el día a día laboral. El Instituto Nacional de Investigación y Seguridad (INRS) recuerda que el incumplimiento de la normativa puede acarrear sanciones de hasta 3.750 euros por cada trabajador implicado. Desde 2014 la ley permite que los empleadores restrinjan o prohíban el consumo incluso de estas bebidas excepcionadas, siempre que la medida esté justificada por la naturaleza de las tareas y sea proporcional al riesgo. En sectores como la construcción, la industria o en puestos que implican conducción o manejo de maquinaria, la tolerancia puede ser nula.
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El caso del poiré llama especialmente la atención. Esta bebida, muy popular en la región de Normandía, se elabora mediante la fermentación del jugo de pera y ha sido celebrada localmente como el “champagne normando”. Su inclusión en la lista de excepciones responde tanto a la tradición regional como a su reconocimiento como patrimonio cultural inmaterial desde 2019.
El debate sobre la excepción para el vino y sus parientes fermentados no se agota en Francia. Según la visión de Nourrisson, estudiar la relación de los franceses con el vino permite entender sus estructuras sociales, económicas y políticas. La cuestión gira en torno a cómo se previenen los accidentes, las adicciones y la responsabilidad legal de los empleadores en una sociedad cada vez más orientada a la seguridad y la salud pública.
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