Cuando la soledad y el edadismo parecen insuperables, el apoyo social actúa de salvavidas: “Aunque siga teniendo problemas, me ayuda mucho charlar con alguien”

A sus 89 años, Rosa afronta la pérdida, la discriminación y el aislamiento, pero ha encontrado en la compañía de una voluntaria y en la comunidad un espacio de apoyo ha vuelto a sentirse acompañada

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A Rosa, de 89 años, la soledad le afecta casi tanto como los problemas de salud que padece tras la negligencia médica que sufrió en 2016, cuando la operaron por artrosis en la rodilla equivocada, lo que dificulta desde entonces su movilidad. Su marido, con quien compartió 50 años de matrimonio, falleció en 2015, no tuvo hijos y solo le quedan algunos sobrinos que “ya ni llaman por teléfono”. Debido a su edad, cuenta a Infobae, también suele experimentar actitudes discriminatorias, como cuando en una tienda evitaron explicarle cómo usar una tablet y “le sugirieron que le ayudara un nieto”. Y es que el edadismo juega un “papel central” en la soledad no deseada de las personas mayores, limitando las oportunidades de participación y las expectativas sobre lo que pueden o no hacer, según un reciente estudio publicado por la Fundación Grandes Amigos, la organización de voluntariado a la que Rosa ha acudido en busca de apoyo.

“Cuando mi marido murió, me quedé sola, porque también han fallecido mis hermanos, y sentía que nadie me podía reconfortar. Al verme deprimida, la asistenta social me recomendó que acudiera a Grandes Amigos y la verdad es que allí he encontrado una voluntaria, Carmen, que se ha convertido en mi confidente. Aunque siga con mi dolor y mis problemas de movilidad, me ayuda mucho poder charlar con alguien”, explica. Reconoce que al principio resultó difícil entablar amistad, pero ahora comparten paseos, meriendas o eventos culturales, y hasta ha conocido a su familia. “Es un amor, una chica majísima”, resume.

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Rosa cuenta que, curiosamente, esa soledad no deseada también la sufrió durante su infancia y su juventud, ya que la Guerra Civil dividió a su familia: su padre, que era ingeniero de comunicaciones, se encontraba trabajando en Irún, zona republicana, mientras que su madre, que era maestra, estaba en zona sublevada. Tras el conflicto, su padre acabó teniendo una relación con otra mujer y nunca regresó, por lo que su madre tuvo que salir adelante sola y ponerse a trabajar dando clase en pueblos.

Desde muy pequeña a Rosa la enviaron a un colegio de monjas donde, recuerda, pasó una infancia muy dura marcada por el hambre: llegaron a comer las cáscaras de la fruta que las religiosas tiraban a las gallinas y a veces “debían esconderlas bajo tierra” para no correr riesgo de que las vieran. Salió de allí con 20 años, arrastrando las consecuencias de la desnutrición y la falta de afecto.

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Dos hombres jubilados hacen ejercicio en un parque en Barcelona. (David Zorrakino / Europa Press)
Dos hombres jubilados hacen ejercicio en un parque en Barcelona. (David Zorrakino / Europa Press)

“Solo pude convivir con mi madre hasta que tuve 28 años, cuando ella falleció, y a mi padre apenas le conocí”, señala. Tan solo unos meses después de la muerte de su madre, Rosa conoció a su marido y decidió casarse, aunque “no porque estuviera enamorada”, admite, sino por la necesidad de reconstruir su vida y no quedarse sola. “Yo no quería vivir en esa soledad y, como él era un hombre muy bueno, pensé que lo mejor era casarme. Pero también tengo que decir que después fui muy feliz junto a mi marido, disfrutamos juntos muchos años”, relata desde Móstoles, en Madrid, donde reside actualmente. También asegura que desde joven comprendió que debía trabajar para “ser lo más independiente posible” ante lo que la vida pudiera depararle.

El inicio de una nueva etapa

La vida de Rosa, sin embargo, ha dado un giro de 180 grados en los últimos meses, porque gracias a su participación en la Fundación Grandes Amigos, no solo ha ampliado su círculo de amistades y ha encontrado una confidente en Carmen, sino que también ha conocido a un hombre con quien ahora conversa todos los días. Aunque la distancia y las circunstancias personales impiden que puedan verse más en persona, ambos han construido una relación en la que comparten experiencias y se acompañan mutuamente.

Rosa sabe que, por su movilidad reducida, su situación es complicada, mientras que él debe atender sus responsabilidades en el campo y tampoco puede trasladarse, pero, a pesar de estas limitaciones, se preocupan el uno por el otro. Para ella, este vínculo representa una nueva forma de vivir el afecto y la compañía en la vejez, demostrando que “sin importar la edad” siempre es posible establecer lazos y recuperar la ilusión, incluso tras la pérdida y la soledad.

“Pese a todas las dificultades, me he dado cuenta de que hay otra forma de vivir, de tener cariño y amor, de preocuparte por otra persona, algo que nunca pensé que me iba a pasar”, asegura.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Cómo afecta el edadismo

La experiencia de Rosa se replica en la vida de muchas personas mayores en España, que también afrontan la soledad no deseada y las limitaciones impuestas por la edad, tal y como reflejan algunas de las conclusiones del estudio de la Fundación Grandes Amigos, que lleva por título Vinculación entre el edadismo y la soledad. Analizar, sensibilizar y prevenir la discriminación a personas mayores. En él los investigadores han constatado que el edadismo impacta desde tres niveles. Uno de ellos es el estructural, por el que la organización de los servicios, los sistemas de atención o las normas sociales llevan a menos autonomía y participación. Otro es el relacional, en el que la infantilización, la invisibilización o las dinámicas de exclusión implícitas en los espacios cotidianos provocan incomodidad y retraimiento y, en tercer lugar, está el nivel subjetivo, en el que las personas mayores internalizan el edadismo, autolimitando expectativas, decisiones y maneras de relacionarse.

“Esto les lleva a la autoexclusión y a retirarse de maneras de relacionarse socialmente para no sentirse una carga, lo que a su vez desemboca en una menor interacción social”, señalan los autores del estudio, que también han comprobado cómo el género condiciona la experiencia en la vejez. Así, mientras que las mujeres con proyectos vitales que han estado subordinados a los cuidados tienen menos diversidad relacional y sufren de desventajas económicas y disminución de la socialización, los hombres pierden estatus social y relaciones tras la jubilación.

Los investigadores destacan que los prejuicios edadistas restringen la vida social y comunitaria, pues las “barreras materiales, estructurales y simbólicas dificultan la participación y merman las redes relacionales”.

Varias personas mayores descansan en un parque de Barcelona. (David Zorrakino / Europa Press)
Varias personas mayores descansan en un parque de Barcelona. (David Zorrakino / Europa Press)

Abordarlo como un problema estructural

Frente a esto, los participantes han apuntado a que existen estrategias de afrontamiento y resiliencia, donde las personas mayores combinan adaptación y aceptación a las condiciones para sostenerse, así como acciones más activas para reconstruir sus vínculos y sentido vital. Por ello, destaca la importancia de reforzar “lo colectivo y la pertenencia” frente al individualismo, apuntando a que se requieren entornos “más comunitarios”. Asimismo, han abogado por avanzar hacia una sociedad que valore a quien envejece, potenciar las relaciones intergeneracionales y educar desde la infancia para prevenir el edadismo y la soledad.

Por último, desde Grandes Amigos reclaman más recursos comunitarios y espacios seguros para facilitar compartir experiencias, generar apoyo mutuo y mejorar la equidad en acceso a relaciones y actividades y no abordar el edadismo y la soledad como si fueran problemas individuales, sino como problemas estructurales que deben abordarse “mediante cambios sociales, políticos y culturales amplios”.

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