La psicología concluye que los hermanos mayores responsables han desarrollado unas habilidades emocionales únicas que usarán cuando sean también adultos

La experiencia de cuidar a los hermanos menores desarrolla un ‘entrenamiento emocional’ constante que moldea un perfil particular caracterizado por una alta madurez y empatía

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Dos hermanos, uno de 11 años llorando, se toman de la mano en una calle mojada mientras un hombre se aleja corriendo con su perro mediano.
Un niño junto a su hermano pequeño en una calle. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La psicología ha demostrado en incontables ocasiones que las vivencias que tenemos durante la infancia condicionan la manera en que nos relacionamos con el mundo. Los primeros años de vida nos suceden muchas cosas que pueden ser anecdóticas, casi invisibles, pero en realidad dejan una huella profunda en nuestra personalidad. Una de las más significativas, según los expertos en salud mental, es haber ejercido de cuidador de los hermanos pequeños durante la infancia.

Para muchas familias es una responsabilidad que se asume con total normalidad como parte de la rutina diaria, pero, precisamente por haber tenido que asumir las responsabilidades de adulto antes de la edad esperada, los estudios demuestran que estos cometidos se asocian con el desarrollo de distintas habilidades como la empatía, la madurez emocional y una mayor capacidad para gestionar el estrés.

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El análisis del rol que ocupan los hermanos mayores dentro de la familia ha recibido especial atención en la investigación psicológica. A través de diferentes enfoques, los expertos han identificado que quienes asumen responsabilidades desde edades tempranas presentan patrones emocionales y conductuales particulares. Estas experiencias contribuyen a moldear su forma de afrontar desafíos, su relación con la autoridad y la manera en que establecen vínculos sociales a lo largo de su vida.

El desarrollo de capacidades únicas

Según un estudio publicado por la revista científica Current Opinion in Psychology, quienes han pasado por esta experiencia en la infancia suelen desarrollar un perfil emocional muy particular. Esto se debe a que las habilidades emocionales no solo se aprenden con palabras, sino que se obtienen mediante la práctica del día a día. Este ‘entrenamiento’ constante sirve como aprendizaje social.

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Cuidar de otra persona implica anticipar sus necesidades y responder emocionalmente, por lo que sirve esencialmente para desarrollar habilidades de comunicación práctica, pudiendo comunicarse de una manera más clara y efectiva, una gran empatía y una mayor capacidad de observación emocional. Además de ponerse en el lugar del otro, se consigue aprender a ser responsable y capaz de priorizar tareas. Asumir obligaciones con mayor antelación supone avanzar en estas habilidades con mucha más rapidez. También se fortalece la regulación emocional, la resolución de conflictos y se perfecciona la noción para detectar los cambios de ánimo, necesidades o molestias del hermano menor.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Hermana mayor con su hermano menor. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por otro lado, al sentirse útiles, logran generar una sensación de capacidad y valor personal que construye y fortalece su autoestima y confianza futura, lo que puede resultar clave a la hora de manejar diferentes situaciones.

Otro aspecto en el que coinciden las diferentes personas que han cuidado de sus hermanos menores es que, a la hora de afrontar situaciones de estrés en su vida adulta, este aprendizaje les ha servido para enfrentarlas de la mejor manera.

Aun así, hay que dejar claro que cada persona es un mundo y esta experiencia no afecta de la misma manera a todos. Y, como conclusión, también hay que mencionar que no todo es positivo. Cuando la responsabilidad que hay que afrontar es desproporcionada o excesiva, puede generar un gran desgaste o sobrecarga emocional. Sin embargo, hasta ante las adversidades, cuando se requiere repetir, esperar y sostener situaciones que no siempre son cómodas, se fortalece la paciencia.

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