
Algunos de los alimentos ampliamente consumidos en nuestro país generan un severo impacto medioambiental en el que normalmente no reparamos. Ocurre con la soja, el cacao, el café o el aceite de palma, que contribuyen a la deforestación en los lugares en los que se produce.
Otros productos que encontramos en los supermercados también siguen un modelo industrial dañino para el medioambiente. La cuestión es que, al ser producidos en otras partes del mundo, los países que los importan externalizan su huella ecológica.
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Es lo que ocurre con el langostino industrial en Ecuador, donde esta producción ha derivado en la destrucción en algunas zonas de hasta el 90 % de los manglares, ecosistemas costeros clave que albergan una importante biodiversidad y que contribuyen de una forma muy eficaz a mitigar el cambio climático a captura y almacenar carbono. El consumo de la Unión Europea y especialmente de España influyen en esta devastación.
Así lo denuncia un reciente informe internacional publicado por el Observatorio de Bienestar Animal (OBA) en colaboración con Protección Animal Ecuador, a partir de una investigación de la organización Foodrise. El documento señala que en Europa se consume tres veces más langostino de granja intensiva ecuatoriana que el salvaje capturado por las floras pesqueras comunitarias, lo que contribuye a “una crisis climática, ecológica y humana de enormes dimensiones”.
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“Es inadmisible que el langostino que se consume a diario en España se sustente sobre la destrucción de las costas de Ecuador”, sentencia Miriam Martínez, directora de Bienestar Animal en el OBA. “Las empresas que los ponen al alcance de las personas consumidoras deberían conocer bien el impacto de sus productos tanto a nivel de bienestar animal como de impacto ambiental. Y, más importante, deberían ser transparentes sobre esto para que sus clientes puedan realizar compras con toda la información”.
La destrucción de los manglares y las emisiones de carbono
Ecuador se ha convertido, según señala el informe, en el mayor exportador mundial de este crustáceo, alcanzando en 2025 una facturación histórica de 8.400 millones de dólares. Con respecto a quién importa este producto, España se sitúa como el principal de la Unión Europea, además de uno de los países europeos con mayor consumo de mariscos. De hecho, el puerto de Vigo (Pontevedra) es el principal punto de entrada en la Unión Europea para las importaciones de langostinos ecuatorianos.
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Los impactos medioambientales de esta acuicultura intensiva no se limitan a la destrucción de los manglares. El estudio apunta a que la producción de pienso para la cría dispara las emisiones de dióxido de carbono al depender masivamente de la soja y de harinas de pescado. Este impacto es doble si tenemos en cuenta que esta industria —que ocupa ya unas 220.000 hectáreas de suelo costero— destruye un ecosistema clave para la captura del carbono. Junto a esto, se vierten a las aguas de los ríos y costas circundantes parte de los piensos y los propios desechos metabólicos de los animales.
Además, el informe, en base a datos recopilados junto a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), apunta a que el 63 % de los operarios acuícolas carecen de contrato formal, lo que cronifica la precariedad laboral.
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“La ciudadanía tiene derecho a saber que el precio sumamente bajo de este producto se está pagando con destrucción ecológica y precarización laboral en otros países; no podemos seguir externalizando nuestro impacto ambiental sin asumir ninguna responsabilidad corporativa ni ética”, apunta Martínez.
Las hembras son mutiladas para aumentar su reproducción
El impacto de la industria del langostino no se limita a Ecuador ni al medioambiente: en países como Indonesia —otro de los grandes productores mundiales, aunque las exportaciones a España son significativamente menores en comparación a las de Ecuador—, según señalan desde OBA, algunas empresas llevan a cabo prácticas que implican sufrimiento animal.
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La denuncia de la organización se realiza a partir de las imágenes captadas por la asociación internacional de fotoperiodismo We Animals, que ha documentado la práctica de la “ablación del péndulo ocular”. Esta técnica, realizada en la industria desde los años 70 y 80, consiste en extirpar, cortar o aplastar uno de los ojos de la hembra —sin ningún tipo de anestesia— para destruir la glándula que regula la inhibición de la reproducción.
De esta manera, se provoca una alteración hormonal forzada que acelera la maduración de los ovarios y aumenta entre 10 y 20 veces la producción natural de huevos.
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“Tras sufrir la ablación, las hembras son alimentadas con una dieta hipercalórica para estimularlas antes de ser emparejadas”, detallan desde OBA. “Aquellas que sobreviven a la intervención son sometidas a este ciclo de desove repetitivo de forma constante, utilizándolas varios meses para conseguir hasta 10 puestas por hembra”. Cuando su capacidad de desove decae, “son descartadas y vendidas a precios irrisorios en mercados locales”.
Esta práctica supone un sufrimiento para el animal, tal y como señaló la London School of Economics (LSE) en un informe de 2021 en el que concluyó que existe evidencia científica sólida de que los crustáceos decápodos son seres sintientes y pueden experimentar dolor.
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“Lo que hemos documentado en Indonesia no es una anomalía ni un caso aislado, sino la práctica estándar y estructural de buena parte de la industria”, denuncia Martínez. “Aunque en algunos países y algunas empresas están empezando a abastecerse de langostinos que no han sido criados tras la realización de esta práctica a las hembras, todavía queda un largo camino para la eliminación total de esta aberración”.
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