Javier, cura de 27 años, sobre las mujeres: “Por supuesto que me han gustado. No una, sino muchas. Puedo decir si es guapa o no, aunque procuro moderarme”

Un sacerdote de Vallecas relata cómo gestiona la atracción por las mujeres, el celibato y su adicción a las pantallas

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Javier, un cura de 27 años, habla sobre su celibato en un podcast. (Montaje)
Javier, un cura de 27 años, habla sobre su celibato en un podcast. (Montaje)

Comprometerse con el celibato a los 27 años, en plena era de las aplicaciones de citas, podría parecer una locura para muchas personas. Sin embargo, para Javier, un joven sacerdote destinado en una parroquia de Vallecas, renunciar a formar una familia tradicional no ha sido una limitación impuesta, sino una decisión libre y vivida con una felicidad que choca de frente con los esquemas de su propia generación.

Este joven sacerdote ha protagonizado, junto a Pablo, un cura de 29 años, una conversación sin filtros en el pódcast “Se Buscan Rebeldes”. En ella, Javier desmonta sin tapujos los clichés sobre la soltería sacerdotal. A través de su sinceridad relata cómo es su día a día: desde la gestión de la atracción por las mujeres hasta la batalla diaria contra la distracción de las pantallas.

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“Por supuesto que me han gustado. No una, sino muchas chicas”

Para este joven sacerdote, el celibato no se presenta como una prohibición impuesta, sino como una elección libre. De hecho, Javier huye de la idea de que los curas sean inmunes a la atracción y explica que la soltería sacerdotal tiene un sentido de entrega radical: “Cuando nosotros vivimos el celibato, lo que estamos haciendo es gritar a los cuatro vientos: ‘Señores, existe el cielo’”.

Durante la entrevista, Javier explica que la atracción física es algo completamente humano que no desaparece al llevar el alzacuellos, y que el proceso de discernimiento implica aprender a ordenar esos sentimientos con madurez. Al ser preguntado si de joven le atraían las chicas, responde con total naturalidad: “Por supuesto que me han gustado. No una, sino muchas chicas”.

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Primer plano del torso de un sacerdote adulto mayor con camisa clerical negra y cuello blanco, sus manos entrelazadas en el regazo. El rostro no es visible.
Un sacerdote con el alzacuellos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Incluso ya estando en el seminario, Javier admite que esos pensamientos normales de cualquier joven seguían apareciendo: “En algún momento en el que, ya viéndome comprometido, uno puede decir: ‘Joé, es que me cae mejor’ o: ‘Qué guay que venga esta tía al plan’”. Lejos de reprimirlo, explica que su método consistía en “abrir el alma en canal” en el sagrario para discernir si se estaba buscando a sí mismo o si era amor verdadero. “Lógicamente, veo a una chica y puedo decir si es guapa o no, aunque procuro moderarme”, añade.

Frente al temor social de la soledad, Javier rechaza definirse como alguien “reprimido” o resignado: “El corazón de un sacerdote joven también se enamora. O pones tus afectos en Jesucristo, o es normal que te enredes”. Para él, el secreto de su fidelidad está en cómo termina el día: “A mí lo que me ayuda es llegar por la noche y decir: ‘No soy un solterón, estoy enamorado de Jesucristo’”, un compromiso que sella antes de dormir rezando “tres avemarías de la mano de la Virgen”.

El día a día en Vallecas

La vida cotidiana de Javier se aleja mucho de la tranquilidad de un monasterio. Su jornada en Vallecas es un auténtico “carrusel” de colegios, catequesis, confesiones de niños, expedientes matrimoniales y atención a los más necesitados. En ese frenesí diario, el sacerdote confiesa librar las mismas batallas que cualquier joven de su generación, como la dependencia tecnológica.

Él era sacerdote y ella monja. Se conocieron trabajando en actividades parroquiales y lo que comenzó como una amistad se transformó en un amor que los obligó a dejar los hábitos. Conoce la historia de Daniel Genovesi y Mercedes Tarragona, quienes 30 años después, siguen juntos.

Javier admite tener su teléfono móvil “súper capado” por sí mismo para poder cuidar sus ratos de silencio en mitad del ruido cotidiano. “Si quieres rezar bien, tienes que saber cortar a veces por lo sano”, explica, revelando que se quitó Twitter para desintoxicarse, aunque todavía cae en la tentación cotidiana de “leer el Marca diecisiete veces al día”.

Incluso reconoce sin tapujos que el cansancio físico le pasa factura, admitiendo que a las tres y media de la tarde, cuando se pone a rezar, a veces lo hace “sufriendo para no dormirse”. Ante este agotamiento, Javier confiesa que su única vía de escape no son las técnicas de relajación de moda, sino “encontrar el amor de Dios en la oración”.

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