
“Son las siete de la tarde de un viernes y te dice el cliente: ‘Ay, hazme lo que tú quieras, algo creativo’. Y yo pensando: ‘Eres el cliente número 12 que viene hoy’”. Sara Richart resume así la parte de su trabajo más invisibilizada: la creatividad, que también “se agota”. Lleva 17 años en el oficio, empezó “por vocación plena” y hoy trabaja como peluquera autónoma en el barrio madrileño de Delicias.
Sara, que comparte su trabajo en Instagram a través de su perfil @sararicharthairmadrid, insiste en que su profesión no consiste solo en cortar, teñir o peinar. Hay una parte técnica, otra física y otra emocional. Y todas pesan. “Mi trabajo es un trabajo muy creativo. Y es verdad que la creatividad se agota, como todo, a lo largo del día”, explica.
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Un oficio que no se aprende una única vez
Sara cree que una de las ideas más equivocadas sobre la peluquería es pensar que se trata de un trabajo sencillo o puramente manual. “La peluquería es un oficio que está en constante movimiento y transformación”, señala. Las tendencias cambian, las técnicas evolucionan y las redes sociales han acelerado aún más ese ritmo.
“No es un trabajo que tú estudies hoy y para toda tu vida ya tengas el conocimiento eterno, sino que es al revés”, afirma. En su sector, lo aprendido se queda corto si no se actualiza. “La peluquería en estos momentos, gracias a nuestra era de internet tan maravillosa que tenemos”, vive sometida a tendencias que “llegan muy rápido y desaparecen también rápido”. Para seguir ese ritmo, añade, las profesionales tienen que estar “siempre actualizadas para tener todas las herramientas y técnicas” a su alcance.
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Ese aprendizaje permanente también forma parte del esfuerzo invisible. La clienta ve el resultado final, pero no siempre el tiempo de formación o la responsabilidad que hay detrás de aplicar un tinte, una decoloración o un tratamiento.
La peluquería tiene algo de oficio manual, pero también de química, de diagnóstico, de cálculo y de arte: elegir un color, corregir una base, proteger el cabello y ajustar una expectativa que muchas veces llega marcada por una imagen vista en internet. Por eso, para Sara, mantenerse al día en un sector donde todo cambia tan rápido “parece una carrera de obstáculos”.
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Exposición a productos químicos
El trabajo en una peluquería implica la exposición a productos químicos. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) señala que los tratamientos del cabello incluyen tareas como cambios de color, decoloraciones, moldeados, alisados, lavados, acondicionados y peinados. Durante estos trabajos, los profesionales pueden estar expuestos a agentes químicos por contacto con la piel, inhalación de aerosoles o componentes volátiles y vía ocular.
En un folleto específico sobre la evaluación de esta exposición, el INSST recoge que el 98% de los productos contienen uno o más agentes químicos peligrosos y que el 25% están clasificados como peligrosos según el reglamento CLP, la norma europea que regula la clasificación, etiquetado y envasado de sustancias y mezclas químicas.
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Además, el organismo explica que la evaluación de estos riesgos se complica por la gran cantidad de compuestos involucrados y por la dificultad de realizar mediciones representativas y fiables. Unos datos que alejan el oficio de peluquera de la imagen ligera con la que a veces se mira desde fuera. Detrás de un cambio de look hay mezclas de sustancias, tiempos muy calculados, reacciones químicas y precauciones que la clienta no siempre ve.

“Nos duelen las lumbares, las cervicales, las manos...”
A los químicos se suma el desgaste físico. Sara bromea a este respecto: “A ver, es que yo soy joven todavía y no me duele nada”, dice entre risas. Pero enseguida cede la respuesta a sus compañeros, porque sabe que el cuerpo acaba pagando el oficio. Eva, que trabaja con ella, enumera algunas de las consecuencias más habituales: “Nos duelen las lumbares, las cervicales, las manos y, a veces, las piernas. También tenemos retención de líquidos, varices, todo lo que conlleva...”.
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Todas estas dolencias están asociadas a muchas horas de pie, posturas mantenidas y movimientos repetidos. En este sentido, la documentación preventiva del INSST sobre centros de peluquería y estética también recoge riesgos vinculados a las condiciones del local, la ventilación, la limpieza, la iluminación y la manipulación de productos y herramientas. Es otra parte del trabajo que suele pasar inadvertida ante la clienta.
Peluquera y... ¿terapeuta?
Pero el cansancio no termina en el cuerpo. En una peluquería se trabaja con el pelo, pero también con la expectativa, el humor y la historia de cada persona que se sienta delante del espejo. La peluquera ocupa a menudo un lugar extraño: no es terapeuta, pero escucha; no es amiga, pero acompaña; no decide por la clienta, pero ayuda a construir la imagen con la que esa persona sale a la calle.
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Sara lo explica con una frase que resume bien la carga emocional del oficio: “La gente que atendemos al final son diez historias, diez dramas, diez servicios, diez personas diferentes a las que también tienes que adaptarte tú como profesional para crear, digamos, un personaje, y un buen ambiente entre cliente y peluquera”.
Adaptarse significa escuchar, interpretar lo que quiere cada cliente y sostener una energía distinta en cada servicio. No es solo hacer bien una técnica: es crear de la nada una relación durante todo el tiempo que dura el trabajo. Manteniendo además la paciencia, el tono y la mirada creativa cuando ya han pasado muchas horas y la siguiente persona llega y pide algo único. “Desgasta mucho, es muy desgastante”, reconoce Sara.
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Lo cuenta incluso con humor, como quien sabe que amar un oficio no impide querer escapar de vez en cuando: “A veces, cada dos años, quiero tirarlo todo por la borda y poner un puesto en un mercado, porque tengo un burnout...”, bromea. Aunque detrás del chascarrillo, la profesional insiste en la idea que atraviesa todo su relato: su oficio esconde conocimientos, responsabilidades, creatividad y una empatía que no se aprecia en la foto final del peinado.
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