
Aunque muchas personas se enfocan en los alimentos sólidos para controlar la inflamación del estómago o el intestino, muchos se dejan fuera otro factor determinante en este proceso: las bebidas más comunes en el día a día. Muchos especialistas en nutrición señalan que los líquidos que se ingieren también pueden asociarse a las enfermedades crónicas de inflamación.
Por esto mismo, recomiendan prestar atención a la frecuencia y cantidad con que se consumen estos productos. Según Samantha Peterson, dietista especializada en medicina funcional y fundadora de Simply Wellness, la inflamación rara vez se debe a un solo alimento o bebida. “El riesgo aumenta debido a la combinación de factores como el consumo regular, la calidad de la dieta, el estrés, el sueño, la actividad física y los hábitos de vida”, ha señalado Peterson para Real Simple.
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De esta forma, la experta insiste en limitar algunas bebidas y adoptar patrones alimentarios antiinflamatorios para mejorar la salud a largo plazo. En concreto, existen seis tipos de bebidas que se consumen habitualmente y que pueden potenciar estas consecuencias.

Las bebidas bomba
Los refrescos son una de las fuentes más comunes de azúcar añadido en la dieta diaria. Peterson advierte que “una de las mayores preocupaciones con los refrescos convencionales es la rapidez con la que aportan una gran cantidad de azúcar añadido sin apenas otros componentes que ayuden a ralentizar su absorción”. Este componente presente en estas bebidas se integra de forma rápida al torrente sanguíneo, ya que los refrescos carecen de fibra, proteínas o grasas que moderen este proceso.
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Según la experta, este fenómeno no solo puede generar picos elevados de glucosa, sino que también influye en una respuesta insulínica más intensa, sobre todo cuando la ingesta es frecuente. Y es que A largo plazo, dicho patrón puede incrementar las señales inflamatorias y ejercer presión sobre sistemas clave como la regulación del azúcar, la sensibilidad a la insulina y la salud cardiovascular.
Además, muchos refrescos contienen ácido fosfórico, cafeína, colorantes artificiales y conservantes, ingredientes que, si bien se consideran seguros en dosis moderadas, pueden alterar la flora intestinal o afectar la calidad del sueño en quienes los consumen de forma habitual. “En personas sensibles, el consumo frecuente puede aumentar la inflamación debido a fluctuaciones del azúcar en sangre y otros factores”, indicó Peterson.
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Cuidado con las bebidas deportivas e isotónicas
Las bebidas deportivas suelen asociarse con beneficios para la hidratación y el rendimiento. Sin embargo, Alexander LeRitz, nutricionista deportivo y entrenador personal en JM Nutrition, destaca que muchas “contienen jarabe de maíz de alta fructosa, un tipo de azúcar añadido que se absorbe con rapidez y puede elevar la glucosa en sangre”.
Cuando este proceso se repite con regularidad, la ingesta elevada de azúcar puede contribuir a una mayor presencia de citoquinas, proteínas que participan en la respuesta inflamatoria. Estos productos en exceso pueden asociarse con un mayor riesgo de enfermedades metabólicas. Ante ello, LeRitz recomienda optar por versiones con menos de 10 gramos de azúcar añadido por porción o preparar alternativas caseras para controlar la cantidad de azúcar.
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Los zumos demasiado edulcorados
El zumo de frutas procesado suele percibirse como una opción saludable. De hecho, Peterson aclara que “algunos zumos contienen nutrientes beneficiosos”. Sin embargo, “suelen tener bajo contenido en fibra y un alto nivel de procesamiento”. La ausencia de fibra permite que el azúcar llegue rápidamente al torrente sanguíneo, lo que favorece picos de glucosa e insulina.
Según LeRitz, el consumo frecuente de zumos endulzados puede elevar los marcadores inflamatorios y reducir la oportunidad de incorporar frutas y verduras enteras a la dieta. Incluso los zumos sin azúcar añadido aportan una dosis concentrada de fructosa natural, por lo que su ingesta abundante y regular resulta un factor de riesgo
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Los refrescos que incrementan la presión cardiaca y nerviosa
Por su parte, las bebidas energéticas, populares entre jóvenes, suelen contener tanto azúcar añadido como altos niveles de cafeína. “El azúcar y la cafeína presentes en estas bebidas pueden potenciar sus efectos de manera conjunta, incrementando la presión sobre el sistema cardiovascular y nervioso”, señala LeRitz para Real Simple.
Aunque la cafeína en cantidades moderadas, como la del café, puede tener un efecto neutro o incluso antiinflamatorio, las dosis elevadas y frecuentes de las bebidas energéticas alteran el metabolismo y favorecen la inflamación. En definitiva, la combinación de estos dos ingredientes en altas concentraciones convierte el consumo regular de bebidas energéticas en una preocupación para la salud metabólica.
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Los cafés acompañados de jarabes, cremas y azúcar
Los cafés saborizados, lattes y bebidas mezcladas suelen incorporar jarabes, cremas y coberturas con alto contenido de azúcar y grasas saturadas; son igualmente malos para tu organismo. Peterson advierte que “el azúcar añadido y algunas grasas presentes en estas bebidas pueden provocar inflamación y afectar el ambiente intestinal, especialmente en personas sensibles”.
Como destaca la experta, el intestino desempeña un papel esencial en la regulación inmunitaria e inflamatoria, y los aditivos artificiales pueden alterar su equilibrio. Peterson puntualiza que el café solo, sin aditivos, contiene antioxidantes y puede formar parte de una dieta saludable. El problema aparece al añadir grandes cantidades de azúcar y crema espesa. Por su parte, LeRitz sugiere elegir tamaños pequeños, jarabes con menos sabor y leche en lugar de crema para reducir el impacto inflamatorio.
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La bebida que afecta “el revestimiento intestinal”
Por último, otra bebida que interfiere en tu metabolismo es, sin duda, el alcohol. El alcohol mantiene una relación documentada con la inflamación y el desarrollo de enfermedades crónicas. LeRitz explica que “el alcohol altera el revestimiento intestinal, permitiendo el paso de endotoxinas al torrente sanguíneo, donde activan células inmunitarias y desencadenan la liberación de citocinas proinflamatorias”.
Además, el metabolismo del alcohol genera acetaldehído, compuesto que produce estrés oxidativo y daña células y tejidos. Igualmente, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), los efectos inflamatorios del alcohol resultan más preocupantes con un consumo excesivo. La recomendación actual es no superar una bebida diaria en el caso de las mujeres y dos en el de los hombres, para minimizar los riesgos asociados.
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