
50 días. Ese es el tiempo que les basta a los niños de Chernóbil para reducir la carga de radiación que almacenan sus cuerpos. Un verano de aire limpio y alimentos no contaminados para desintoxicarse en España y “huir” de las zonas que todavía hoy, 40 años después, sufren las secuelas del mayor desastre nuclear de la historia.
Tras la evacuación, los llamados samosely o autoasentados (en su mayoría, ancianos) volvieron a sus casas, pese a la prohibición del gobierno ucraniano de asentarse en la zona de exclusión, que abarca un radio de 30 kilómetros alrededor de la planta. Poco más de 100 kilómetros separan Chernóbil de Kiev.
La zona contaminada se extiende por un área de unos 150.000 km2 y afecta a Bielorrusia, Ucrania y Rusia. En el momento de la explosión, una nube radiactiva se elevó pasados los 1.000 metros de altitud y más de la mitad de cesio-137, el principal elemento radiactivo liberado, se transportó por la atmósfera hasta llegar incluso a Cataluña y Baleares.
Una explosión de madrugada que marcó la historia
Lo que ocurrió en la madrugada del 26 de abril de 1986 marcaría un capítulo de la historia y sería, según los historiadores, el catalizador de la caída de la Unión Soviética. El desastre nuclear de Chernóbil sirvió como espejo al mundo de la situación de la URSS, puesto que se produjo debido a unas pruebas mal realizadas en una instalación anticuada.
Según recogieron las informaciones oficiales, el personal de la central se disponía a realizar unas pruebas para saber si las turbinas podían producir suficiente energía para mantener en funcionamiento las bombas del refrigerante en caso de que se produjera una pérdida de alimentación eléctrica. Para evitar cualquier interrupción a la potencia del reactor 4, los sistemas de seguridad fueron desconectados.

Solo 30 segundos después de que se iniciara la prueba, la potencia se incrementó inesperadamente y el sistema de parada de emergencia no pudo detener la reacción nuclear. La explosión, que alcanzó temperaturas superiores a los 2.000 grados centígrados, provocó la fusión del núcleo. El accidente liberó al medioambiente toneladas de material altamente radiactivo, cuya carga fue 200 veces mayor que las bombas atómicas que lanzó Estados Unidos contra Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.
El 27 de abril, el Kremlin ordenó la evacuación de los habitantes de Pripyat, una ciudad situada a solo 3 kilómetros y fundada en 1970 para los trabajadores de la planta y sus familias. Se les instó a llevar consigo una única maleta, puesto que volverían a sus casas en dos días. Hoy, Pripyat es una ciudad fantasma.
El desastre de Chernóbil, 40 años después
Cada verano, cientos de familias en España acogen a unos 800 niños procedentes de zonas contaminadas de Bielorrusia y Ucrania. Estas “estancias de sanación” están organizadas por fundaciones como la Federación Pro Infancia Chernóbil que, desde principios de los 90, tratan de alejar durante algo más de un mes a niños y adolescentes de las zonas que todavía hoy cuentan con alta radiación en su atmósfera.
En 2006, más de 5 millones de personas seguían viviendo en ciudades y pueblos altamente contaminados, según un informe de ese año elaborado por Greenpeace. Este mismo documento cuantificó en 200.000 las víctimas mortales atribuidas a la radiactividad liberada hasta ese momento en Bielorrusia, Ucrania y Rusia.
Cáncer de tiroides en niños, el rastro del desastre
El coste en la salud es aún, cuatro décadas después, incalculable. Los científicos de la Academia Rusa de la Ciencia hasta la Organización Mundial de la Salud y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) no terminan de ponerse de acuerdo sobre las cifras, pese a que el impacto que tuvo en la salud el accidente está más que documentado.
El informe de Greenpeace recoge el aumento de la incidencia de todo tipo de cánceres que se produjo en estas zonas afectadas en aquellos años. Entre 1990 y 2000, la tasa de cáncer (de riñón, vejiga, pulmones, mama, recto, colon, médula ósea...) creció en Bielorrusia hasta un 40%, llegando al 52% en la región de Gomel, y un 12% en Ucrania.
Entre estas patologías, el cáncer de tiroides sobresale en cada estudio, cuya incidencia en los niños aumentó hasta seis veces con un pronóstico agresivo. En números: se estima que Chernóbil causó más de 60.000 casos adicionales de este tipo de cáncer. Solo en Bielorrusia, hasta 2004, se identificaron 7.000 casos de cáncer de tiroides debidos al accidente, por lo que la tasa en niños aumentó 88,5 veces.
La mitad de todos estos casos aparecieron en niños que tenían menos de 4 años en el momento en que ocurrió la explosión nuclear. A su vez, los tumores se comportaron de forma mucho más agresiva y se asociaron a alteraciones genéticas específicas relacionadas con la radiación del área de residencia de los pacientes pediátricos.
El cáncer de tiroides comienza con la proliferación de células en la glándula tiroidea, ubicada en la base del cuello y cuya función es producir hormonas que regulan el metabolismo, controlan el ritmo cardíaco, la temperatura corporal, el peso, la digestión o el estado de ánimo.
En cualquier caso, el cáncer de tiroides no fue la única patología que se vio aumentada, pues una serie de enfermedades no oncológicas incrementaron su incidencia en los años posteriores al accidente de Chernóbil: problemas de huesos, envejecimiento prematuro en hasta 7 y 9 años, trastornos neurológicos, enfermedades cardiovasculares...

Mutaciones y anomalías que aún se estudian
El informe de Greenpeace alerta que la media de anomalías genéticas y mutaciones en estas áreas afectadas supera la media. Así, las anomalías aumentaron hasta tres veces en Ucrania y Bielorrusia. “Se han registrado aberraciones cromosómicas cuyo origen puede ser atribuible a Chernóbil en lugares tan alejados como Austria, Alemania y Noruega”, aseguran. Las mutaciones se corresponden, a su vez, con una mayor incidencia de diversas enfermedades no oncológicas, como trastornos psicopatológicos e inmunodepresión secundaria, así como problemas de crecimiento.
No obstante, una investigación más reciente publicada en la revista Science en 2021 contradice los informes más antiguos, al asegurar que los hijos de las víctimas del accidente de Chernóbil que recibieron altas dosis de radiación no nacieron con más mutaciones respecto a sus padres.
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