
El 26 de abril de 1986 se desató el desastre que cumple este domingo 40 años: el accidente nuclear de Chernóbil. La nube radiactiva cubrió buena parte de Europa, pero la península ibérica escapó de los efectos gracias a la situación atmosférica. Lo explica el meteorólogo Benito José Fuentes López a través del blog de divulgación de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) donde detalla cómo “en ocasiones, el viento también escribe la historia”.
Según explica el especialista a través de Aemet divulga, factores estrictamente meteorológicos impidieron que la nube radiactiva alcanzase el territorio español, a pesar de que la mayor parte del continente europeo estuvo expuesto a la radiación. La explosión en el reactor desencadenó una columna radiactiva de más de 1.500 metros de altura y provocó la dispersión de material contaminante hacia distintas regiones de Europa, la Unión Soviética y Próximo Oriente. Niveles inusuales de radiación fueron detectados desde Escandinavia hasta las islas británicas, pasando por el centro y el este del continente, así como por el Mediterráneo oriental, Turquía y Egipto. Pero no ocurrió lo mismo en España.
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A pesar de la magnitud que alcanzó la nube radiactiva, una simulación realizada por la Aemet, aunque simplificada al asumir que los contaminantes permanecieron a una misma altitud, muestra de manera fidedigna la evolución general del fenómeno, observándose cómo la península ibérica se mantuvo prácticamente al margen de las concentraciones más peligrosas. La clave de esta excepción estuvo en una configuración atmosférica muy concreta, caracterizada por la posición de vaguadas y dorsales que definieron el destino de la nube durante esos días, según ha explicado Fuentes.
Cómo los patrones atmosféricos desviaron la nube radiactiva
Los sistemas meteorológicos, y especialmente el comportamiento del viento en las capas medias y altas de la atmósfera, desempeñaron un papel esencial en el recorrido de la nube. La circulación de anticiclones y borrascas determina de modo habitual el movimiento del aire, pero es la presencia de ondulaciones —vaguadas y dorsales— la que condiciona trayectorias excepcionales. El 26 de abril, a las 12 UTC, una dorsal se extendía desde Chernóbil hasta Escandinavia y Rusia central, y los vientos, soplando a unos 1.700 metros de altitud (nivel de 825 hPa), impulsaron los contaminantes, primero sobre Europa del Norte, Bielorrusia y las repúblicas bálticas.
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El 29 de abril se produjo un giro en la dirección del viento, orientándose hacia el centro de Europa y, aparentemente, impulsando la nube hacia la península. Este viraje obedeció a la influencia combinada de una bolsa de bajas presiones extendiéndose sobre el Mediterráneo y de una dorsal que avanzaba desde Portugal, cruzando el canal de la Mancha y el Benelux hasta Polonia.
El posible impacto sobre territorio peninsular resultó inminente durante esas horas, pero entre el 1 y el 2 de mayo una nueva modificación en el patrón ondulatorio apartó el riesgo. La aparición de una vaguada sobre Europa Occidental modificó el flujo, provocando que los vientos del sur arrastrasen cualquier resto de radiactividad hacia las islas británicas, mientras la dorsal asentada desde Portugal se reforzó en el centro de Europa. Ese fenómeno redirigió las emisiones de Chernóbil hacia el sur del continente, afectando sobre todo a Italia, Rumanía, los Balcanes, Grecia, Turquía y el Cáucaso durante los días posteriores. La dorsal permaneció estacionaria al menos hasta el 5 de mayo, manteniendo a la península ibérica fuera del alcance de las concentraciones críticas de radiación.
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La simulación desarrollada pone de manifiesto que fue la dinámica atmosférica, más que cualquier otro factor de protección, la que determinó el alcance de los contaminantes radiactivos. De este modo, la historia ambiental de la península ibérica tras el accidente nuclear ha quedado marcada por la acción del viento y la singular configuración de ondas atmosféricas durante esos días de 1986.
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