
El Alzheimer es una de las formas de demencia más habituales en nuestra sociedad. Según los últimos datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN), más de 800.000 personas sufren este problema en España. Por otra parte, su incidencia es notable, ya que cada año se detectan 40.000 casos nuevos.
Además, cabe destacar que es un problema neurodegenerativo y no tiene cura, por lo que es importante tomar ciertas medidas preventivas. En este contexto, no todos los factores de riesgo son modificables. La edad sigue siendo el principal condicionante en el desarrollo del Alzheimer, pero también existen elementos genéticos que influyen de manera significativa.
Sin embargo, la genética no actúa de forma aislada. Cada vez hay más evidencia de que su impacto puede verse alterado por diferentes variables. Entre ellos, la alimentación desempeña un papel especialmente relevante.
A partir de esta premisa, un equipo de investigadores de la Universidad de Harvard se planteó una cuestión fundamental: si un patrón alimentario saludable como la dieta mediterránea podría reducir el riesgo de demencia incluso en personas con predisposición genética. Los resultados, publicados en la revista Nature Medicine, demuestran que sí.
Para abordarlo, los investigadores recurrieron a dos de los estudios epidemiológicos más amplios y prolongados en el ámbito de la salud pública: el Nurses’ Health Study y el Health Professionals Follow-Up Study. En conjunto, analizaron datos de miles de participantes seguidos durante décadas, lo que permitió observar con detalle la evolución de sus hábitos y su estado de salud.
El análisis fue más allá de la alimentación. Los investigadores incorporaron datos genéticos, incluyendo el genotipo APOE, así como información metabólica obtenida a partir de muestras de sangre. Esta combinación permitió estudiar cómo interactúan la dieta, la genética y distintos compuestos presentes en el organismo en relación con el riesgo de deterioro cognitivo.
Las conclusiones del estudio
Los resultados mostraron que seguir estrictamente la dieta mediterránea se asociaba con un menor riesgo de demencia y con un mejor rendimiento cognitivo. Este efecto fue especialmente marcado en aquellas personas con mayor predisposición genética, lo que sugiere que la alimentación puede ejercer un papel protector incluso en contextos de alto riesgo.
Pero, ¿cómo debe ser exactamente una dieta mediterránea para que resulte beneficiosa a nivel cerebral? No se trata solo de incluir determinados alimentos de forma puntual, sino de seguir ciertos hábitos.
En primer lugar, la base de esta alimentación la constituyen los productos de origen vegetal. Frutas, verduras, legumbres y cereales integrales deben estar presentes a diario, ya que aportan fibra, vitaminas y compuestos antioxidantes que ayudan a combatir el estrés oxidativo.
Otro de los pilares fundamentales es el uso del aceite de oliva como principal fuente de grasa. Rico en ácidos grasos monoinsaturados, contribuye a mantener la salud vascular y cerebral. A esto se suma el consumo habitual de pescado que aporta omega-3.
También tienen un papel relevante los frutos secos, que proporcionan grasas saludables y otros nutrientes beneficiosos. En cambio, se recomienda limitar la ingesta de carnes rojas, productos ultraprocesados y azúcares añadidos.
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