
Venecia lleva 150 años hundiéndose. Pero la velocidad a la que sube el mar está acortando los plazos para tomar decisiones que ya no pueden esperar. Así lo ratifica un estudio publicado en Scientific Reports y liderado por el investigador Piero Lionello, que cartografía, por primera vez de forma sistemática, las cuatro grandes estrategias que tiene la ciudad para hacer frente al cambio climático, cuánto costarán y hasta cuándo podrán funcionar.
La conclusión es incómoda: sin una reducción drástica de las emisiones globales, el actual sistema de protección llegará a su límite antes de que acabe el siglo. Y preparar lo que venga después requiere entre 30 y 50 años.
En los últimos 23 años se han registrado 18 de los 28 episodios extremos de acqua alta documentados históricamente. El terreno sobre el que se asienta la ciudad se sitúa, en más de la mitad de su extensión, entre 0,80 y 1,20 metros sobre el nivel medio del mar, y su población ha caído hasta menos de 50.000 habitantes en 2024, mientras recibe más de 22 millones de visitantes al año.
Desde 2022, el sistema de barreras móviles MoSE, construido a lo largo de décadas y con un coste de referencia de 6.000 millones de euros, cierra las entradas de la laguna cuando se prevén mareas altas. Por ahora funciona.
Según las proyecciones del IPCC utilizadas en el estudio, el nivel del mar en Venecia podría subir entre 42 centímetros en un escenario de bajas emisiones y 81 centímetros, incluso hasta 1,80 metros, sin poder descartarlo, antes de 2100.
Sin ningún tipo de defensa, eso se traduciría en que entre el 15% y el 98% del centro histórico quedaría inundado diariamente durante las mareas máximas.

Las cuatro estrategias
Los investigadores identifican cuatro grandes caminos, que no son excluyentes y pueden combinarse en distintos momentos.
En primer lugar, mantener la laguna abierta. Es la estrategia vigente y preserva, por ahora, el patrimonio, el ecosistema lagunar y la calidad de vida de los residentes. Pero, como advierte el propio Lionello en el estudio, “su eficacia disminuye rápidamente a medida que la subida relativa del nivel del mar establece un límite funcional al MoSE por el incremento en frecuencia y duración de los cierres”.
El coste de operar el MoSE y afrontar esas consecuencias se estima entre 1.500 y 3.500 millones de euros hasta 2100, a lo que habría que sumar entre 250 y 1.100 millones para el sistema de bombeo y otros 300 millones para el tratamiento de aguas.

La segunda opción consiste en rodear el centro histórico y otros núcleos habitados con diques que los aíslen del resto de la laguna, que seguiría conectada al mar. Según los autores, preservaría “monumentos, áreas residenciales y la mayoría de las funciones económicas, a costa de romper la conexión física y cultural entre la ciudad y la laguna”.
Técnicamente escalable hasta seis metros de subida del mar, su coste de construcción oscila entre 500 millones y 4.500 millones de euros. Pero el estudio advierte de un riesgo adicional: si uno de los tramos del dique fallara durante una marea alta, la inundación del centro histórico podría producirse en cuestión de minutos, con muy poco margen para evacuar.

En tercer lugar está la opción de transformar la laguna en un lago costero mediante presas permanentes, siguiendo el modelo del IJsselmeer en los Países Bajos o Marina Bay en Singapur. “Maximiza la protección del tejido monumental y la vida urbana, al precio de perder el ecosistema tradicional de la laguna, que sería irreversiblemente transformado”, señalan los investigadores.
Podría escalarse para resistir subidas de hasta diez metros, pero sus costes son proporcionales a la ambición: podría alcanzar los 20.000 millones de euros en escenarios extremos, y forzaría además la reubicación del puerto, con un coste estimado de entre 4.100 y 4.500 millones adicionales.
Por último, si ninguna de las estrategias anteriores fuera sostenible, quedaría la opción de desmontar los monumentos más valiosos, trasladarlos a lugares más altos y abandonar la ciudad.
No obstante, reubicar entre 3 y 30 edificios costaría entre 1.000 y 10.000 millones de euros, y compensar a los residentes añadiría entre 5.000 y 6.500 millones más. Bajo un escenario de muy altas emisiones y colapso de la capa de hielo antártica, los autores no descartan que este desenlace pueda hacerse inevitable en el siglo XXII.
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