
La llegada de la primavera trae consigo un fenómeno que afecta a muchas personas y que es el verdadero signo de entrada de la estación. A la temporada de alergias se une un trastorno leve de cansancio, somnolencia e irritabilidad que suele durar una o dos semanas. Es lo que se conoce como astenia primaveral.
Aunque genera cierto debate en el ámbito científico, suele considerarse más un proceso de adaptación del organismo que una enfermedad en sí misma. Muchas personas experimentan en esta época del año una sensación general de cansancio y falta de energía que contrasta con la idea habitual de la primavera como una estación vital y activa. De hecho, se estima que más de la mitad de la población presenta alguno de los síntomas asociados a este cuadro durante las primeras semanas del cambio estacional, según los profesionales de Sanitas.
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Entre los síntomas más habituales de la astenia primaveral se encuentran el cansancio persistente y la somnolencia a lo largo del día, incluso después de haber descansado. También es frecuente notar una disminución de la energía y de la motivación para realizar actividades cotidianas. A esto se pueden sumar alteraciones del sueño, especialmente dificultad para conciliarlo o sensación de que el descanso no es reparador.
En el plano emocional, algunas personas experimentan irritabilidad, nerviosismo o ansiedad leve, así como problemas de concentración. Otros signos que pueden aparecer son la pérdida de apetito, dolores de cabeza y una disminución del deseo sexual. Todos estos síntomas, aunque molestos, suelen ser transitorios.
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Qué provoca la astenia primaveral
La causa principal de la astenia primaveral está relacionada con los cambios ambientales que se producen en esta época del año. Uno de los factores más importantes es el aumento progresivo de las temperaturas y de la presión atmosférica. A ello se suma el incremento de las horas de luz diurna, que altera los ritmos naturales del organismo. Además, el cambio de hora (cuando se adelantan los relojes) influye directamente en los hábitos de sueño y vigilia. Estos elementos, en conjunto, provocan modificaciones en la rutina diaria, como variaciones en los horarios de comidas, descanso y actividad.
Desde un punto de vista biológico, todos estos cambios afectan a los ritmos circadianos, que son los ciclos internos que regulan funciones esenciales como el sueño, la temperatura corporal o la secreción hormonal. Durante la primavera, el organismo debe reajustar la producción de hormonas como la melatonina, el cortisol o las endorfinas. Este proceso de adaptación puede generar un cierto desequilibrio temporal que se traduce en los síntomas característicos de la astenia. Es como si el cuerpo tuviera que “despertar” tras el invierno, una estación marcada por menos luz solar y menor actividad.
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En la mayoría de los casos, la astenia primaveral desaparece por sí sola en un plazo de una a dos semanas, una vez que el organismo se ha adaptado a las nuevas condiciones. No obstante, su duración puede variar según la persona y puede verse influida por otros factores, como la presencia de alergias estacionales, que pueden intensificar el malestar general.
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