Tres causas científicas por las que te cuesta poner límites a la gente, según una psicóloga

Ciertos procesos psicológicos profundos influyen en la dificultad para decir que no o expresar una cierta incomodidad

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Muchas personas son incapaces de
Muchas personas son incapaces de poner límites por miedo a ser rechazados. (Freepik)

Poner límites parece, a primera vista, una habilidad sencilla: decir que no, marcar hasta dónde se está dispuesto a llegar o expresar una incomodidad. Sin embargo, en la práctica muchas personas descubren que hacerlo resulta mucho más difícil de lo que imaginaban. En el trabajo, en la familia o incluso entre amigos, hay situaciones cotidianas en las que el silencio o la complacencia terminan imponiéndose.

Aceptar tareas que no corresponden, ceder ante peticiones que generan malestar o evitar confrontaciones por miedo a incomodar a otros son escenas habituales. A menudo, estas decisiones se justifican como gestos de educación, empatía o buena convivencia, pero detrás de esa dificultad para poner límites también hay procesos psicológicos más profundos.

Según explica la psicóloga Ainhoa Vila en uno de sus vídeos de TikTok (@ainhowins) existen varias causas científicas que ayudan a entender este fenómeno y que tienen que ver tanto con la evolución humana como con las experiencias tempranas y la forma en que se construye la identidad personal.

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En la incapacidad de poner límites depende de varios procesos psicológicos profundos. (Freepik)

Del miedo al rechazo a los apegos

Una de esas razones está vinculada al miedo al rechazo. “El imperativo biológico al miedo al rechazo. Te lo explico”. Según señala Vila, “desde la perspectiva evolutiva hablamos de que el ser humano estaba programado para el sentido de pertenencia. Por lo tanto, si no pertenecías, acababas [muerto]”. Es decir, en términos evolutivos, formar parte del grupo era una cuestión de supervivencia y ese mecanismo sigue teniendo consecuencias hoy en día.

Ese temor no es solo simbólico. “Lo importante del presente es que el cerebro y el dolor social en estudios de neuroimagen muestran que el rechazo social literalmente activa las mismas áreas cerebrales que cuando se siente el dolor físico”, señala la psicóloga. La consecuencia es que el organismo percibe el conflicto interpersonal como una “amenaza real a la integridad física”.

Otra causa importante se encuentra en la forma en la que se desarrollan los vínculos durante la infancia, es decir, “el condicionamiento y los apegos”. “John Bowlby sugiere que las primeras interacciones que nosotros tenemos con los cuidadores van a moldear nuestra capacidad de afirmación”, explica Vila. Esas primeras relaciones pueden influir profundamente en cómo una persona aprende a expresar o reprimir sus propias necesidades.

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El apego influye en la dificultad de poner límites. (Freepik)

La psicóloga explica que, cuando el afecto se percibe como condicionado, aparecen ciertos patrones de comportamiento. “Si de niño aprendiste que tu apego era condicional hacia tus figuras de autoridad, o sea que ‘solo te quiero si eres bueno’, vas a desarrollar un miedo crónico a que poner un límite te afecte literalmente más que a los demás”. En ese contexto, mantener la aprobación se convierte en una prioridad emocional.

A ese proceso se suma lo que Vila denomina complacencia aprendida. “Si en entornos autoritarios un límite es castigado, esto lo que va a crear obviamente es un esquema cognitivo donde la prioridad es la necesidad ajena para mantener tu propia paz”. En otras palabras, evitar el conflicto puede convertirse en una estrategia automática para preservar la estabilidad emocional.

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Un tercer factor tiene que ver con la construcción de la identidad individual dentro de las relaciones, por lo que también influye “la falta de diferenciación del yo”. “Murray Bowen, que fue el pionero en crear la terapia familiar, evidencia que saber diferenciar el yo es esa capacidad de poder mantener tu propia identidad y los valores mientras conectas emocionalmente con los demás”, explica la especialista.

Cuando esa diferenciación es baja, las emociones ajenas pueden sentirse como propias y esa fusión emocional puede provocar que cualquier reacción negativa del otro genere un fuerte malestar. El resultado es que la persona intenta repararlo incluso a costa de sí misma. “Si tú te enfadas, por ejemplo, porque yo pongo un límite, yo lo que voy a hacer es sentir tu enfado como propio y voy a intentar repararlo a toda costa anulando por completo mis límites”, concluye Vila.