
En las llanuras del Campo de Calatrava, al sur de la provincia de Ciudad Real, se yergue uno de los más notables testigos de la prehistoria ibérica: el yacimiento de Bocapucheros. Con más de 3.500 años de antigüedad, este monumental complejo funerario ha sido el foco de un exhaustivo estudio dirigido por una colaboración multidisciplinar de arqueólogos, geólogos y expertos en materiales. La misión del trabajo -’Caracterización arqueométrica de materiales de construcción de la Edad del Bronce Antiguo (entre el 3500 y el 2000 a.C.) en la Península Ibérica‘-, publicado en la revista Journal of Archaeological Science, ha sido descubrir los materiales y técnicas constructivas empleados; así como nuevas claves para entender la organización social y los avances tecnológicos de estas antiguas sociedades.
Bocapucheros se sitúa en un promontorio que domina visualmente parte del valle del río Jabalón y rutas naturales hacia Andalucía, lo que sugiere una función no solo simbólica o funeraria, sino también territorial y estratégica. El yacimiento, datado entre el 1900 y el 1700 a.C. gracias a análisis de radiocarbono, se compone de una gran plataforma artificial, cámaras funerarias cubiertas por falsas cúpulas y pasillos de acceso, todo ello construido con piedras extraídas y trabajadas localmente.
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Los constructores seleccionaron bloques de cuarcita —una roca muy dura y resistente—, aprovechando las fracturas naturales del terreno. Con herramientas sencillas, pero aplicando principios empíricos de la mecánica de fractura, lograron extraer y modelar las piedras necesarias. Estas piezas, colocadas en seco o con morteros de tierra, conforman muros de gran estabilidad que, pese a algunas fracturas observadas tras miles de años de existencia, siguen siendo estructuralmente sólidos.

La tierra jugaba un papel esencial
Aunque la imagen popular de las construcciones prehistóricas suele asociarse con grandes moles de piedra, el estudio demuestra que la tierra jugaba un papel igualmente esencial. Los análisis realizados a los morteros –el material que une los bloques de piedra– han revelado que estaban compuestos principalmente por arcillas de origen local, con presencia de moscovita, caolinita y cuarzo. Estos componentes daban como resultado una amalgama resistente y adaptable, capaz de actuar como pegamento estructural en las zonas más críticas, como las cámaras de enterramiento.
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A diferencia de otros yacimientos de la época, donde ya se experimentaba con la cal, en Bocapucheros no hay evidencias de que se empleara este material de forma intencionada para mejorar la dureza o durabilidad del mortero. Se detectaron carbonatos y otras sustancias, pero se ha demostrado que provienen del propio terreno y no de aditivos externos. Esta elección había de responder tanto a la disponibilidad de recursos como a una tradición técnica consolidada.
La introducción deliberada de restos orgánicos, incluidos fragmentos de huesos de animales consumidos durante la construcción, aportaba otras ventajas: mejoraba la trabajabilidad del mortero. Asimismo, ahora permite a los científicos fechar directamente el momento en que se prepararon y aplicaron estos materiales.
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Una sociedad bien jerarquizada y planificada
No es casual la monumentalidad de Bocapucheros, ni su perdurabilidad. Erigir una estructura así requería de una cuidadosa planificación, mano de obra numerosa y conocimiento técnico acumulado, indicativos de una sociedad jerarquizada donde el acceso a recursos y personas no era igual para todos. La arquitectura funeraria, más allá de su función ritual, es reflejo de poderes emergentes que ya a finales de la Prehistoria expresaban su dominio a través de obras comunales.
La investigación ha combinado técnicas arqueológicas clásicas con métodos científico-técnicos de vanguardia, como la difracción de rayos X, la microscopía electrónica o la espectroscopía Raman e infrarroja. Gracias a ello, ha sido posible caracterizar la microestructura y la composición de las piedras y morteros, identificar procesos de degradación y reconstruir las pautas de extracción, corte y aplicación de los materiales.
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Así, los resultados confirman una sofisticación notable en la organización del trabajo y la planificación de la obra: existe un conocimiento empírico de cómo distribuir cargas, mantener la estabilidad y adaptar los recursos naturales a las necesidades constructivas y simbólicas de la comunidad.
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