Recomendarle qué debería hacer a un amigo, familiar o compañero de trabajo suele ser fácil, pero aplicárselo a uno mismo, no tanto. La calma y el apoyo que se trata de transmitir a un ser querido cuando pide ayuda no siempre puede ponerse en práctica cuando se tiene un problema. De ahí que este sea un tema frecuente sobre el que reflexionan los psicólogos y otros expertos. De hecho, la terapeuta Yvonne Castañeda explica cuál es el motivo por el que se evitan los propios consejos.
Cuando se trata de aconsejar a otros, la serenidad suele imponerse. La distancia emocional permite observar la situación desde otra perspectiva y sugerir soluciones con objetividad, ya que las consecuencias no recaen sobre quien orienta. Esa posición facilita el pensamiento claro y la expresión de ideas con firmeza.
En cambio, la escena cambia por completo cuando la persona debe aplicar esos consejos en su propia vida. Ante decisiones difíciles e incómodas, la seguridad que se muestra al aconsejar a otros se desvanece. No se trata de una pérdida de criterio, sino de la aparición de mecanismos internos que intentan proteger frente al posible sufrimiento.
Un mecanismo de defensa para protegerse de los problemas

Según indica la psicóloga Yvonne Castañeda en la revista Psychology Today, muchas personas experimentan cada domingo una sensación de opresión en el pecho al anticipar la vuelta al trabajo. Durante la semana, la irritabilidad y el cansancio persisten, pese a un descanso suficiente. Tareas cotidianas como revisar correos electrónicos o participar en reuniones se perciben como obstáculos difíciles de superar, y la expectativa del viernes se convierte en el principal aliciente.
Esta rutina, que se prolonga en el tiempo, suele acompañarse de una racionalización del malestar. En vez de reconocer que el entorno laboral resulta perjudicial o que la motivación ha desaparecido, la insatisfacción se minimiza. Frases como “ningún trabajo es perfecto”, “todos los empleos generan estrés” o “quizá solo necesito más formación” surgen como justificación. El foco se traslada al salario, la estabilidad o el prestigio del cargo, factores que ayudan a evitar el cuestionamiento de la situación de fondo.
Para Castañeda, este proceso responde a la negación, un mecanismo psicológico que actúa como defensa ante realidades difíciles de asumir. La negación opera de forma sutil, alterando la percepción y difuminando la urgencia de los problemas, lo que retrasa la toma de decisiones.
De la negación y la evasión a la acción

La psicóloga explica que la negación, ese mecanismo que ayuda a suavizar la realidad, suele romperse ante situaciones inesperadas y difíciles de ignorar. Un cuadro de ansiedad que se transforma en ataques de pánico, un diagnóstico médico preocupante o una ruptura sentimental pueden actuar como detonantes que obligan a enfrentar la verdad pospuesta: el malestar no era solo cansancio, sino una profunda insatisfacción laboral.
Este despertar, según Castañeda, puede aliviar momentáneamente, ya que deja de ser necesario fingir. Sin embargo, el cambio no siempre se materializa de inmediato. La estabilidad y la rutina proporcionan una sensación de seguridad, y el miedo a lo desconocido favorece la aparición de la evasión: se reconocen los problemas, pero se pospone la acción con excusas y justificaciones.
Tanto la negación como la evasión son, según la especialista, mecanismos humanos que protegen frente al sufrimiento y la incertidumbre, aunque impiden tomar decisiones. Cada persona transita este proceso a su propio ritmo; para algunas, el cambio llega rápido, mientras que otras requieren tiempo, reflexión y experiencias difíciles. El momento de actuar suele identificarse cuando el malestar de permanecer supera al temor de cambiar.
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