
El 29 de diciembre de 2025, cuando los españoles estaban más preocupados por los preparativos de Nochevieja que por mirar al cielo, la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) anunciaba la llegada de la borrasca Francis. A partir de esta y durante casi dos meses, los cielos han permanecido cubiertos y han traído consigo fuertes lluvias, viento y temporales marítimos.
El tren de borrascas (nueve, en total) ha dejado en la España peninsular más de 200 litros por metro cuadrado, cuando el promedio normal para ese periodo es de 80 litros por metro cuadrado. “Dicho de otro modo, prácticamente ha llovido dos veces y media más de lo normal entre el 1 de enero y el 9 de febrero de 2026″, explicaba el portavoz de la Aemet, Rubén del Campo.
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El mal tiempo no solo ha traído lluvias y viento, sino también una sensación generalizada de tristeza, irritabilidad o incluso desesperación. “Este tiempo me afecta en el estado de ánimo y en querer salir de casa a hacer cosas”, confiesa Noelia a Infobae. Y aunque asegura que nunca ha cancelado ningún plan por lluvia, sí que siente el hartazgo de las personas, especialmente en el transporte público: “Se nota que son días más pesados. Uno o dos vale, pero dos semanas así afecta mucho al humor”.
Sin embargo, ¿es esto realmente así o caemos en una percepción que asocia el mal tiempo con la tristeza? ¿Qué dice la evidencia científica al respecto? Adrián Garrido, psicólogo del Grupo Telos, cuenta a este medio que, aunque es cierto que el clima influye en el estado de ánimo, el impacto es moderado.
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No obstante, existen ciertas diferencias individuales. “Algunas personas notan más cansancio, apatía o cierta bajada del ánimo en periodos con menos luz, algo que se ha estudiado especialmente en relación con los cambios estacionales". Sin embargo, el psicólogo aclara que esto no significa que un día lluvioso provoque tristeza de manera automática, pues “en muchos casos, lo que experimentamos es el resultado de una interacción entre factores físicos, como la luz o los ritmos de sueño, y factores psicológicos y sociales, como nuestros hábitos diarios o las expectativas que tenemos sobre ese tipo de días”.
La lluvia, la gran enemiga de los planes
A Eveling, el clima de precipitaciones y viento le perjudica no solo en su estado de ánimo, sino también en su vida social: “Me cuesta mucho más hacer planes. Me apetece estar en la cama. Cuando hace sol mi rutina es otra: tengo más ganas de salir, de ir a dar un paseo, de hacer más cosas en general“. En esta dificultad para socializar coincide Ana, a quien, además, le condiciona mucho realizar alguna actividad física: ”Estos días solo tienes la opción de quedarte en casa o de ir al cine, porque si no llueve, hace mucho frío o mucho viento. No hay manera de estar a gusto".
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Para la psicología, esto respondería a una combinación de costumbre y adaptación al entorno. “A nivel corporal, la falta de luz y el frío pueden favorecer que nos movamos menos, que salgamos menos de casa y que reduzcamos el contacto social, algo que de manera bastante natural puede influir en el estado de ánimo”. A ello se le une el “significado emocional” que nosotros mismos damos al mal tiempo, que es algo que se construye socialmente.
Para el psicólogo del Grupo Telos, este constructo social se ve claramente cuando pensamos en el lugar donde hemos crecido. “Para una persona nacida y criada en Londres, la lluvia suele formar parte de la normalidad cotidiana. No es algo que invite necesariamente a cancelar planes, porque la vida social, laboral y de ocio está organizada alrededor de ese clima. En cambio, para alguien que ha crecido en la zona de Levante, donde el sol y el buen tiempo son lo habitual, varios días seguidos de lluvia pueden vivirse como algo más pesado, ya que rompen con las expectativas y con la forma habitual de relacionarse con el entorno”.
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Plantarle cara al mal tiempo
Como no es posible adecuar el clima a nuestro gusto, la única solución es adoptar una postura estoica: “Más que intentar luchar contra el mal tiempo, suele ser más útil observar qué nos pasa a nosotros en concreto cuando llegan esos días”. Según explica Garrido, el malestar puede no venir solo del clima, sino de lo que cambia con él: menos salidas, menos movimiento, menos socialización... que nutre todo un círculo de apatía o aislamiento.
La clave estaría en introducir pequeños ajustes durante estos días, como intentar mantener algo de exposición a la luz natural, conservar mínimos de movimiento o adaptar los planes sociales en lugar de cancelarlos por completo. Todo ello “puede ayudar a que ese círculo no se cierre”, concluye el experto.
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